Testimonio haitiano de Valérie Baeriswyl

Valérie Baeriswyl en la quietud de su Broye natal. "En Suiza vivimos en una burbuja" ©Thomas Kern/swissinfo.ch

A partir de una apacible campiña en la Suiza francófona, recorrió diversos sitios del planeta hasta llegar a Haití. Como testigo del mundo, Valérie Baeriswyl prepara un libro sobre las bodas en el país que se convirtió en su segunda patria.

“Cuando era pequeña, en las vacacione íbamos al mercado y teníamos derecho a elegir un regalo. Mi hermana pedía una Barbie, mi hermano un cochecito y yo una máscara africana o un tambor... siempre y cuando fuera algo de otro lugar”.

“La foto llegó hace unos 10 años”. Su padre es un fotógrafo aficionado y revela él mismo sus rollos. “Me enseñó a hacerlo. Nos instalábamos en el sótano, lo que a menudo hacía refunfuñar a mi madre porque era el lugar donde lavaba la ropa y nuestro equipo ocupaba mucho espacio”, recuerda con una sonrisa.

Entre los 10 y los 15 años, Valérie invita regularmente a sus amigas (a veces también amigos) a sesiones fotográficas, la mayoría de las veces en el campo de su Broye natal, a caballo entre los cantones de Vaud y Friburgo. “La idea era mostrar a la gente, con ropa bonita y fuera de lo común. Que se vieran a sí mismos de forma diferente. Esas eran fotos bastante posadas, escenificadas. Y mis modelos siempre estaban felices con el resultado”.

La llamada del mar

Un día, el gusto por los objetos de otros lugares se convierte en deseo de ir a otros lugares. “Hasta donde puedo recordar, nunca he tenido prejuicios o miedo a lo desconocido. Sin embargo, no vengo de una familia que viaje mucho, pero siempre tengo mucha curiosidad, quiero conocer gente, ver cómo vive, qué hace, qué come... y también probarlo”.

A los 17 años viaja con una compañera a Bulgaria. “Qué idea tan rara… ¿por qué van allá? ¿dónde está? Nos preguntaron nuestros amigos”. Luego, al final de su formación como documentalista, cuando otros podrían estar soñando con Miconos, Rímini o Ibiza, ella voló a Perú. “Fue una elección un poco aleatoria. Tengo una tía peruana que vivía allí en ese momento. De esa manera empecé, sin hablar español, ni siquiera inglés.  

El viaje dura cinco meses, recorre buena parte de Sudamérica, con mochila, sin preocuparse por la comodidad o las inevitables complicaciones inherentes a ese tipo de periplos con un presupuesto mínimo. Vuelve con 40 rollos de película para revelar en casa.

Primera exposición, primeras bodas

“Cuando todavía estaba allá, escribí a mi comuna de St-Aubin para proponer una exposición de mis fotos en el castillo del pueblo”. Sin saber siquiera cómo estaba el contenido de los rollos, la idea era bastante atrevida, pero así es Valérie: voluntariosa, optimista y generosa.

“Empezó a gustarme hacer exposiciones e hice muchas en la región, en cafés y bibliotecas. Pagué todo yo misma, las impresiones, los marcos. Al principio vendí bien, porque mi familia y mis amigos me apoyaban. Pero después de un tiempo, eso decayó…”

Así que, además de su trabajo en la biblioteca de una escuela secundaria de Lausana, comenzó a cubrir eventos para los periódicos locales. Luego acudió a bodas, acompañando a un amigo fotógrafo. Ella se hacía cargo de las imágenes secundarias, de aquellas de lo que sucede entre bastidores. Su amigo, de la historia principal, la que tenía lugar en el ayuntamiento, la iglesia y en la fiesta.

“No, no es cursi tomar fotografías de bodas. La gente te invita a su intimidad, es una buena señal de confianza. No todos quieren que asistas a los preparativos, pero cuando puedo hacerlo, las fotos son más interesantes, porque las personas son naturales, hay muchos pequeños detalles, cosas preciosas que ver”.

De París a Puerto Príncipe

En 2011, a los 26 años, Valérie decide hacerse profesional. “No me sentía con la legitimidad necesaria frente a tantos fotógrafos. Sentía un poco como si estuviera robando el lugar de alguien más. Necesitaba un diploma”. Lo obtiene en París y aunque no recuerda que se lo hayan pedido alguna vez en el transcurso de su carrera, admite que su formación como fotoperiodista “le enseñó a construir una historia”. Y a construirla bastante bien, ya que ganó el Gran Premio de Fotorreportaje Estudiantil de la revista Paris Match por un trabajo sobre una francesa convertida al islam.

Realiza luego más viajes: a Albania, Asia Central, África del Norte, después de haber descubierto el sur de África un poco antes. En 2015 se encuentra en la República Dominicana y, un poco por casualidad, a través de encuentros, cruza la frontera con Haití, una de las regiones más pobres del mundo, pero también un país que reivindica con orgullo su título de más antiguo Estado negro independiente del mundo.

Sin haberlo planeado, se instala allí, para regresar a Suiza solamente por unos meses en verano. Un cambio total de escenario. “A veces me siento como una esquizofrénica de tan opuestos que son los dos lugares”, comenta Valérie, desde la comodidad del apartamento de su hermana en Broye.

“Cuando se ve la opulencia en la que vivimos en Suiza, las facilidades que tenemos... Uno no se da suficiente cuenta de que es una bendición poder ir a la escuela, tener un camino para llegar a ella, tener hospitales que funcionan y que permitieron gestionar la crisis del coronavirus”.

“En Haití la gente no puede quedarse en casa todo el día, porque para tener comida en la noche, tiene que ir a trabajar por la mañana. La mayoría no tienen reservas. Viven en una economía informal. Así que para ellos es mejor no pensar en una cuarentena”.

Repatriada

Este año la pandemia la obliga a volver a casa antes de tiempo. Regresa por la insistencia de su familia, aunque hubiera preferido quedarse en Puerto Príncipe para poder dar testimonio.

Cuando llega a Francia, como las fronteras están cerradas, pasa un mes en casa de un amigo en Noisy-le-Sec. “Incluso ahí, en ese suburbio de París, vi que 12 personas vivían en un pequeño apartamento, jóvenes merodeando por la calle y con algunos problemas con la policía... Y sin embargo no estamos en el otro lado del mundo, son solamente cuatro horas en TGV desde Suiza. Así que realmente, me digo a mí misma que aquí vivimos en una burbuja”. 

Con su elección de vida y la dirección de su trabajo, Valérie es una especie de activista. Pero su compromiso es más bien social, no se involucra en la política. “Ser un fotoperiodista siempre significa ser un poco privilegiado como testigo, ser capaz de contar la pequeña historia en la grande. No todos los reportajes son siempre increíbles, pero un día servirán de memoria para los que vendrán”.

¿Y ser blanca en Haití, el país que ahora es suyo y cuya lengua habla? “No quiero ocultarlo, no siempre es obvio. La mayoría de las veces va muy bien. En vista de la carga histórica del país y del daño causado por la ayuda internacional, de vez en cuando hay pequeños comentarios contra los blancos, los extranjeros en general. Es inevitable. Pero a menudo, basta con una broma en criollo y se calman los ardores. Además, si se piensa en lo que la gente negra de todo el mundo pasa a diario, esto no es realmente mucho. Mire las noticias ahora mismo, con el movimiento Black Lives Matter (Las vidas negras importan).

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