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El árbol de Navidad

El árbol de Navidad recuerda el respeto y temor que la naturaleza puede infundiar en el ánimo del hombre.

(Keystone)

Es un ritual ancestral que se repite año tras año. ¿Cuál fue el origen de esta tradición?

Cubierto con listones, candelas y luces intermitentes o decorado con esferas de múltiples colores, el árbol de diciembre se viste cada año para encenderle a la vida un nuevo fuego de luz y de energía.

Por las calles de la ciudad o en los escaparates de lujosos almacenes y tiendas pequeñas aparecen desde el mes de noviembre árboles de todo tipo, sabores y colores. Una fiesta para los ojos asombrados de niños y adultos.

¿Por qué al final de cada año se recurre a esta costumbre? ¿Qué es lo que nos empuja a repetir este ritual cambiante y, al final, el mismo en todo el mundo?

La vuelta a los orígenes

Desde siempre el destino del hombre se vio unido a los cambios producidos por la naturaleza.

Así por ejemplo los ciclos de la luna, los movimientos alternativos de las mareas, la inclinación de los rayos solares durante el año, o el paso de las estaciones y su influencia en el desarrollo de la agricultura.

Todo ello debió provocar un enorme impacto en la imaginación del hombre, pues al verse desprovisto y solitario frente a las fuerzas naturales comenzó a venerarlas por medio de varios rituales.

Entre ellos se encontraban los llamados ritos de regeneración, que no eran más que una forma de renovar la vida. Por eso se pensaba que para alcanzar esa renovación total había que regresar a los orígenes del mundo, al caos primigenio del que hablaban los presocráticos de la Grecia antigua.

Este culto implicaba no sólo terminar un ciclo, como el del año, sino que se creía que la tierra, el alma de los seres vivos y el cosmos mismo tenían que ser regenerados.

Al regresar al principio de principios, el hombre pensaba que los elementos de fertilidad servían para avivar el mundo con un fuego nuevo: un ciclo terminaba, otro daba comienzo.

Estos ritos de fertilidad se manifestaban de varias maneras: uno de ellos fue el culto a la columna, la cual era concebida como un sostén o soporte, un eje en torno al cual giraba sin cesar la esfera del mundo, un 'axis mundi'.

El culto al árbol

Del culto a la columna se pasó al culto del árbol, cuya sola presencia aseguraba fertilidad y buenas cosechas durante el año.

Símbolo de vegetación que se renueva, el árbol tenía otros atributos: era ante todo el árbol del cosmos y de la vida inagotable, y por tanto representaba el centro de la energía vital regeneradora; de ahí que se llamara también el ombligo del mundo.

Ya en épocas más tardías y provenientes de una tradición del norte de Europa, empezaron a aparecer en diciembre árboles ornamentados con objetos de varios colores para mantener vivo ese deseo del hombre de renovar el fuego del mundo.

Esta vieja costumbre perdura hoy día en el tradicional árbol de Navidad.

En Suiza abundan los adornos navideños. En Zúrich, sobre todo en los escaparates de la famosa Bahnhofstrasse y en la estación central de ferrocarriles, cada año se levanta un árbol de casi 20 metros de altura decorado espléndidamente con figurillas del reconocido cristal swarovski. ¡Un verdadero derroche de grandeza y de buen gusto!

Resultado de un ritual ancestral, el árbol de Navidad es un elemento más que recuerda el respeto y el temor que la naturaleza puede infundir en el ánimo de los hombres.

Araceli Rico, Zúrich

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