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El consentimiento para donar los órganos, una pesada carga para la familia

Un riñón listo para ser trasplantado entra en el quirófano del Hospital Universitario de Lausana. Keystone / Leandre Duggan

Ante la escasez de órganos en Suiza y para poder hacer frente a los trasplantes, se está debatiendo un proyecto de ley que pretende reformar el modelo del consentimiento para que se dé por hecho que todas las personas son donantes. Esto plantea cuestiones éticas. 

Este contenido fue publicado el 01 junio 2021 - 11:00

La vida de Ruth Allimann dio un vuelco cuando Stéphane, su hijo de 23 años, intentó poner fin a su vida. Aunque han pasado ya 25 años, el recuerdo de la tragedia sigue siendo doloroso. Stéphane no murió en el acto; su tentativa, sin embargo, le provocó daños irreversibles en el cerebro. “Tuve que pedirle a la enfermera que lo desconectara”, cuenta a swissinfo.ch.

En Basilea, donde estaba hospitalizado el joven, el médico se reunió con la familia para abordar el tema de la donación de sus órganos. En aquella época, los trasplantes eran una técnica todavía reciente. Los padres no tenían ninguna opinión sobre el tema y nunca habían hablado de ello con su hijo.       

En su caso, la respuesta llegó espontáneamente. “Mi marido y yo, sin pensarlo, dijimos que sí a una donación total, como si Stéphane hubiera respondido por nosotros”, confiesa Ruth Allimann. Pensar en las vidas salvadas les ayudó a dar sentido a la trágica muerte de su hijo.

Pero es raro que la decisión se tome como algo natural. “Perder a alguien en esas circunstancias es una conmoción terrible”, dice Ruth Allimann. En esos momentos en los que “todo es difícil de entender”, la mayoría de las familias prefiere rechazar la donación de órganos si desconoce los deseos de la persona fallecida.

Cientos de personas a la espera

En Suiza, la donación de órganos después de la muerte se rige por el modelo del consentimiento expreso: se considera donante a la persona que en vida ha dado su consentimiento, y siempre se consulta a su familia.

La Fundación Nacional de Donación y Trasplante de Órganos, Swisstransplant, considera que este enfoque restrictivo agrava la persistente escasez en el país. Dos personas, de media, mueren todas las semanas por no recibir un órgano a tiempo.

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El número de donantes de órganos fallecidosEnlace externo (unos 150 al año, es decir, una tasa de 18 por millón de habitantes) va en aumento, pero sigue siendo inferior a las necesidades. Casi 1 500 pacientes esperan un trasplante, una cifra que en diez años ha aumentado en más de un tercio. 

Entre 2019 y 2020 el número de órganos de donantes fallecidos trasplantados ha descendido, de 500 ha pasado a 460.

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Suiza, a la zaga de sus vecinos europeos

Suiza (incluso antes de la crisis sanitaria) estaba muy por detrás de España –el país del mundo con más donaciones de órganos– y de numerosos países europeos.

“Nunca podremos salvar a todos los pacientes, pero en Suiza deberíamos ser capaces de duplicar el número de donantes para alcanzar una tasa comparable a la de los países vecinos, en torno a 25 o 30 por millón de habitantes”, defiende Franz Immer, director de Swisstransplant. El objetivo oficial es de 22 donantes por millón para finales de 2021.

¿En qué casos se pueden extraer los órganos?

Se pueden extraer los órganos de las personas con muerte cerebral o que han muerto por paro cardíaco, pero solo si han fallecido en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Se descarta por completo a quienes padecen determinadas enfermedades, como el cáncer activo o la sepsis. Los criterios decisivos son el estado de salud y el funcionamiento de los órganos, no la edad de la persona. No obstante, según Franz Immer, de SwisstransplantEnlace externo, la elevada tasa de donantes en España también se debe, en parte, a que el país cuenta con donantes de edad muy avanzada, lo que no suele ocurrir en el resto de Europa.

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Dado que las numerosas campañas de concienciación no han sido suficientes, la reforma del modelo del consentimiento va a someterse a votación popular. El proyecto pide que Suiza abandone el consentimiento expreso y pase al régimen inverso de presunción del consentimiento. Así, se daría por hecho que, a menos que hayan expresado en vida su negativa a hacerlo, las personas fallecidas consienten en donar sus órganos.  

Los defensores de este modelo señalan que en la mayoría de los países europeos ya se utiliza y ayuda a explicar sus mejores cifras.

“La tasa de rechazo en Suiza ronda el 60%, frente al 15-20% de los países vecinos”, afirma Immer. Entre los países vecinos, solo Alemania, que también practica el consentimiento expreso, tiene una tasa de donaciones inferior a la de Suiza.

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Consideraciones éticas

Las voces contrarias a la donación de órganos después de la muerte existenEnlace externo en Suiza y, aunque son una minoría, hay que escucharlas. Cuando se pregunta, entre el 80% y el 90% de la población se declara a favor. Los especialistas coinciden también en la necesidad de aumentar las donaciones, pero subrayan la importancia de organizar la presunción del consentimiento para que sea algo ético.

“Buena parte de las personas que viven bajo un sistema de presunción del consentimiento no son conscientes de ello. Así que no es un consentimiento informado”, afirma Christine ClavienEnlace externo, profesora e investigadora del Instituto de Ética y Humanidades de la Universidad de Ginebra.

Sin embargo, es básico estar seguro de que la donación se corresponde con el deseo de la persona fallecida. La especialista en ética cita el ejemplo de Bélgica, que envía una carta a todos los mayores de edad. Se les explica que se da por hecho que son donantes de sus órganos y que, en el sitio web dedicado a ello, pueden expresar lo contrario.

El otro gran punto de tensión es el relativo al papel que se deja a la opinión de la familia. La Federación de Médicos SuizosEnlace externo (FMH) subraya que “la ausencia de un consentimiento expreso deja un gran margen de interpretación” y considera “crucial” que los familiares tengan un “derecho subsidiario de oposición”.

De hecho, ningún país europeo, ni siquiera España, aplica estrictamente la presunción del consentimiento, sin tener en cuenta la opinión de los familiares.

El Gobierno ha elaborado una versión alternativaEnlace externo (contraproyecto indirecto), que prevé explícitamente una aplicación amplia de la presunción del consentimiento: la persona tendría que manifestar en vida que se opone a la donación de sus órganos y, si no hay prueba de ello, se consultaría siempre a los familiares. 

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Acabar con la duda

Por otra parte, en el aumento de la tasa de donaciones, no se acepta solo el papel decisivo del paso a la presunción del consentimiento. La Comisión Nacional de Ética (CNE), de la que forma parte Christine Clavien, recientemente se ha pronunciadoEnlace externo en contra.

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Para la CNE, que en el extranjero haya tasas de donación de órganos mayores se debe más a un contexto sociopolítico y una norma social favorable a la donación que a la mera legislación. En España, “hay un conjunto de medidas asociadas: los equipos sanitarios están formados para hablar del tema e insisten más, se hacen más campañas a favor de la donación, etc.”, explica Christine Clavien.

Algunos países apuestan por incentivar la donación, ya sea de manera económica o dando prioridad a las personas que se declaran donantes si ellas mismas necesitan un órgano, como ocurre en Israel.

La CNE prefiere el sistema de declaración obligatoria, que está en vigor en algunos estados norteamericanos y se está estudiando en Alemania. Los ciudadanos, en determinados momentos de su vida administrativa, como a la hora de obtener el permiso de conducir, los documentos de identidad o la contratación de un seguro, tendrían que comunicar su posición respecto a la donación de sus órganos.

A Franz Immer este planteamiento no le convence, pero está de acuerdo en que lo más importante es animar a que la gente se exprese, sea cual sea su elección.

Ruth Allimann coincide en ello. “Soy donante y todo el mundo lo sabe”, dice. Nunca se ha arrepentido de haber aceptado la donación de los órganos de Stéphane, pero durante mucho tiempo vivió sin saber qué habría querido él. Hasta que finalmente se animó a revisar sus pertenencias y en una cartera descubrió una tarjeta de donante.

“Me hubiera ayudado saber que tenía la tarjeta; sería primordial que la gente asumiera la responsabilidad de decírselo a sus allegados. Si me hubiera negado y después hubiera descubierto que él estaba de acuerdo, yo hubiera actuado contra su voluntad”, cuenta Ruth Allimann.

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