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(swissinfo.ch)

La jornada comienza temprano para los Fischer. Todos los días a las 6 de la mañana, Martin quita la nieve de la terraza del observatorio situado en el pico de la Esfinge, a 3.580 metros de altura.

Y no se trata de un sitio con un clima cualquiera. A estas alturas, nieva prácticamente todos los días. Ello, sumado a las ráfagas de viento, hace que se formen acumulaciones de nieve de manera sistemática.

“En invierno, es aún noche cerrada a las 6 de la mañana”, explica Martin Fischer, de 44 años. Cuando hay tormenta y recogen la nieve, a cada golpe de pala recibe la mitad en la cara. “Sin duda, es la parte menos agradable del trabajo”, admite y agrega con humor: “Pero al menos estamos bien despiertos.”

A este ingrato trabajo le precede una maniobra importante: medir la altura de la nieve caída dentro de una caja especialmente preparada, “con el fin de que los investigadores puedan calcular la absorción de las radiaciones por la nieve”.

Las radiaciones nocturnas son, de hecho, unos datos importantes para los análisis del riesgo de avalanchas. Dentro de la mencionada caja están instalados unos aparatos destinados a medir las radiaciones cósmicas.

Una pareja que no está nunca sola

Joan Fischer, la esposa de Martin, se ocupa de hacer la vida de los investigadores lo más agradable posible. El centro de investigaciones se encuentra al lado de la estación de tren, situada a 3.450 metros, que es la más alta de Europa.

Hasta 20 investigadores pueden alojarse en la estación, que cuenta con 10 habitaciones. La pareja Fischer no sufre jamás de soledad: gestiona entre 1.000 y 1.500 pernoctaciones por año.

“Efectivamente, esta estación es una especie de hotel”, comenta Joan, “y aquí los investigadores deben registrarse y dejar sus habitaciones a la hora precisa”. La estación cuenta con cinco plantas construidas, al igual que la estación de tren, en la roca. “Yo me ocupo de las habitaciones, de ordenar las comidas, gestionar la administración y proponer una o dos visitas guiadas por mes”.

Del país del llano a las alturas de los Alpes

Joan Fischer es holandesa. Creció viviendo a siete metros por debajo del nivel del mar.

“Pero los holandeses son gente que se adapta con facilidad”, sostiene con una sonrisa esta mujer, “aunque al comienzo tuve que habituarme”. Pero Joan afirma haber amado siempre las montañas, incluso antes de haber aceptado este empleo con su marido, hace siete años.

“El paisaje es magnífico. Es un sitio realmente muy especial. Me gustan los cambios y los contactos con los científicos son muy agradables”, comenta la anfitriona.

Observaciones meteorológicas

Martin Fischer observa las condiciones meteorológicas cinco veces por día, a horas fijas. Analiza visualmente las nubes desde una ventana de la Esfinge. “Visibilidad a cerca de 30 kilómetros, cielo cubierto a ocho décimos, con ‘altocumulus duplicatus’ a diversas alturas”, comenta. Cuando la atmósfera lo permite, puede ver hasta 160 kilómetros de distancia, más allá de la meseta suiza.

Todo lo que no forma parte de las mediciones automáticas se envía por Internet a Zúrich. Los datos recogidos van destinados a MeteoSuisse, que les utiliza para realizar sus previsiones meteorológicas.

El gusto por los cambios

Martin Fischer no es un investigador, pero sería difícil ocupar este puesto de trabajo sin un interés claro por la investigación y la meteorología. Posee además un instinto para la técnica, condición indispensable para un empleo de estas características.

Antes de trabajar en esta estación, Martin se dedicó a diversos oficios. Desde la construcción hasta especialista en explosivos, pasando por chófer de camiones.

Igualmente, la pareja fue anteriormente gerente del Schilthorn. “Me gustan los cambios”, afirma Martin Fischer, “pues siempre hay nuevas cosas por aprender. Además, en nuestro caso actual tenemos cierta libertad en la organización del trabajo”.

En el gran laboratorio de la Esfinge, los cromatógrafos y espectrómetros están unidos a innumerables cables y tubos que llenan el espacio. Martin Fischer supervisa los aparatos y cambia un filtro... que está demasiado caliente y hace ruido.

Un lugar único para las mediciones

A los investigadores les interesa muy particularmente la calidad del aire. “Durante la temporada de invierno, la estación se encuentra dentro de la troposfera libre. El aire que se mide aquí no sufre la más mínima influencia de las ciudades, la industria o el humo de los coches”, explica Martin Fischer. “Y si dispusiéramos de una cima de tal altura, nos veríamos obligados a realizar estas mediciones desde un avión”.

Los instrumentos son extremadamente precisos. “Un día, cierto aparato de un equipo belga mostraba siempre mediciones demasiado elevadas con ciertos gases. Buscamos durante mucho tiempo el origen de dicho fenómeno, hasta que nos dimos cuenta de que estaba provocado por las nuevas botas de esquí de los investigadores”, recuerda Fischer con una sonrisa.

Otros experimentos recuerdan la ciencia ficción, en particular el laboratorio de química. “En este aparato de absorción guardamos kriptón 85 para la universidad de Friburgo en Brisgovia”, detalla.

Pocos colores

Los Fischer trabajan tres semanas sin interrupción en la estación, y luego gozan de once días de reposo. Durante ese tiempo de descanso, otra pareja toma el relevo. Se trata de Susanne y Felix Seiler. Los Fischer viven entonces en Brienz (cantón Berna) , salvo cuando están de viaje.

“Lo que más aprecio cuando bajo al valle, es poder ir al supermercado”, comenta Joan, “y lo que más echo de menos cuando estoy en las alturas son los colores de las flores y la hierba”. Y su marido concluye: “Cuando bajamos de la montaña vivimos todo con más intensidad, incluso los olores... con las ventajas y desventajas que ello implica...”

Christian Raaflaub, Jungfraujoch, swissinfo.ch
(Adaptación: Rodrigo Carrizo Couto)

JUNGFRAUJOCH

En 1894, el acuerdo de concesión para el tren del Jungfrau estuvo sometido a la condición de la construcción de esta estación de investigaciones.

El ferrocarril fue inaugurado en 1912. Y la estación, considerada como un proyecto pionero, fue construida en 1931. La edificación de su emblema, el observatorio de la Esfinge, tuvo lugar seis años más tarde. Algunas de sus partes están abiertas a las visitas de gran público.

La pareja de gerentes vive todo el año en la estación, lo que la convierte en el puesto de trabajo más elevado de Europa.

El laboratorio es administrado por la Fundación Internacional de la estación de investigaciones de alta montaña del Jungfraujoch y el Gornergrat (HFSJG), institución cuya sede se encuentra en Berna.

Más de 600.000 personas visitan el Jungfraujoch cada año.

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