El suizo cuya obra Pinochet lanzó a la hoguera

El 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet encabezó un golpe militar contra el Gobierno democrático del presidente Salvador Allende. En la imagen, el cuerpo del mandatario, envuelto en un poncho boliviano, es conducido al exterior del palacio presidencial de La Moneda, Santiago de Chile. Keystone / Anonymous

El 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet asestaba un golpe militar contra el Gobierno democrático del presidente Salvador Allende y sometía a sangre y fuego todo asomo de democracia y raciocinio en Chile. En auto de fe ardía más tarde El Refugio de las Masas, de Christian Lalive d’Épinay. El investigador suizo comparte sus recuerdos con swissinfo.ch.

Este contenido fue publicado el 18 septiembre 2020 - 10:44

“¡Parece que Masas era materia extremadamente subversiva para los militares!”, ironiza el profesor durante una larga conversación en el chalé familiar de las montañas en el cantón del Valais, donde lo sorprendió la crisis de la COVID-19 junto con su esposa Michelle.

Doctor en Sociología, profesor honorario de la Universidad de Ginebra (UNIGE), otrora consejero del Fondo Nacional Suizo para la Investigación Científica (FNS) y director del Departamento de Sociología (UNIGE), cofundador y primer director del Centro Interfacultativo de Gerontología (CIGEV) y autor de una muy amplia bibliografía, Christian Lalive d’Épinay nos habla de su vida, en particular de sus tiempos en Latinoamérica.

“Esos años me enseñaron una visión del mundo bien distinta de la que tenía desde Europa. Me enseñaron también esa esperanza en un mundo mejor”. A sus 82 años comenta sin tapujos que en América del Sur se hizo realmente adulto, pero subraya que “ahora, a esta altura de mi vida, hay un foso bastante profundo entre la esperanza que teníamos en aquel tiempo y la realidad actual”.

Lalive d’Epinay estuvo en América Latina entre 1965 y 1971 -particularmente en Chile y en Argentina-, para realizar un programa de investigación sobre los movimientos evangélicos que dio lugar, entre otros, a El Refugio de las Masas, obra que se constituyó en un clásico de la sociología de la religión y en referente para los estudios sobre el pentecostalismo.

Christian Lalive d'Epinay en el chalé familiar del Valais. swissinfo.ch

“Me cayó del cielo”

Pero vayamos al principio. A los 24 años, con dos licenciaturas en su haber (en sociología y en teología) y una esposa médica a su lado, Lalive aspiraba a ver qué pasaba allende las fronteras helvéticas. La invitación del Consejo Mundial de Iglesias “me cayó del cielo”. El Consejo desarrollaba un programa internacional intitulado ‘La Iglesia en Situaciones Misioneras’ y buscaban a alguien con su perfil para América Latina. La idea era enviarle a México, pero al final el destino fue Chile.

“Yo no tenía ninguna formación sobre América Latina. Para mí México o Chile era como para ciertas personas Suiza o Suecia”, reímos. De camino pasó por Brasil, Uruguay y Argentina para contactarse con la Red Latinoamericana Iglesia y Sociedad, un movimiento ecuménico precursor de la Teología de la Liberación, como nos explica.

Previo a su salida, Lalive se informó de Chile y de la situación del pentecostalismo en ese país andino y en el resto de Latinoamérica. Aprendió español y al llegar se convirtió en “el gringo que habla castellano”, un castellano que pulió con la lectura de Neruda, Asturias, Paz, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa… y mediante el trato con sus interlocutores locales, universitarios protestantes por una parte y, por otra, pentecostales, que eran mayoritariamente campesinos e inmigrantes que vivían en callampas, precarios asentamientos que surgían de la noche a la mañana.

Investigador, sí, pero no de la CIA

“Fue fascinante”, califica. Pero no todo fue miel sobre hojuelas. El joven investigador suizo tuvo que sortear la desconfianza de las autoridades que, escaldadas por el proyecto de espionaje estadounidense Camelot, veían en los extranjeros a potenciales agentes de la CIA. Y debió vencer los recelos de los pentecostales para ingresar en su mundo y estudiarlo. Concluyó que “para esas generaciones apolíticas de pentecostales, el mundo es perverso, excluyente, mientras sus comunidades son solidarias, un refugio, El Refugio de las Masas (1)”.

El mensaje pentecostal caló particularmente en las clases menos favorecidas. “Se puede decir que en cierta forma fue un mensaje liberador, fraternal para el proletariado rural y el subproletariado urbano, es decir, los migrantes. De ahí su éxito”.

Sin embargo, ese movimiento, que nació de un cisma de la iglesia metodista chilena en los años 20, abandonó luego su apolitismo, construyó una catedral más grande que la católica, en la que recibiría más tarde a Pinochet, y devino una nueva forma de enajenación, “una trayectoria típica de ciertos movimientos religiosos de la iglesia cristiana”.

“Santa Evita”

En 1968 Lalive se trasladó a Argentina para proseguir su investigación. El pentecostalismo no había tenido ahí el mismo vigor que en Chile por diversas razones, incluido un fervor tan auténtico como local: “los cultos alrededor de una Evita Perón que cumple funciones religiosas, hace milagros, distribuye comida”. En la lectura del sociólogo, “Evita es un equivalente funcional o por lo menos un freno al desarrollo de los evangélicos en Argentina”.

Finalizada su misión en Argentina, el sociólogo suizo volvió a Ginebra en 1971 con su primera esposa, Jacqueline, y dos de sus tres hijos “un chilenito y un argentinito”. Su bagaje incluía el primero de una larga serie de libros que escribiría en el transcurso de su vida, y una panoplia de recuerdos.

Otro rumbo

A su vuelta a Europa, el proyecto de Lalive era seguir investigando y enseñando sobre América Latina, pero los golpes militares en Chile (1973) y en Argentina (1976) lo cortaron de “sus” países. Durante esos años, amigos y compañeros desparecieron, fueron torturados, murieron. Otros tuvieron que exiliarse. “Desde Suiza, militamos para ayudar a los amigos, ¡pero es bien poco lo que se pudo hacer!”

Por otro lado, mientras que en América Latina la religión está “en el corazón de la cultura” (R. Bastide), en Europa, con la secularización vino a ser marginalizada, puntualiza el investigador. Así pues, concluidos sus estudios sobre los protestantismos latinoamericanos, Lalive d’Epiney reorientó en 1975 sus investigaciones, en particular hacia las trayectorias de vida y la vejez (de las que hablaremos en otro artículo).

Hoy, situado como él dice en la frontera de la tercer y la cuarta edad, se considera afortunado. “Toda la vida he tenido el privilegio de hacer lo que me apasiona, la investigación. Viví unos años magníficos en ese período iniciático en América Latina y a mi regreso pude rediseñar una carrera académica. Tengo algunos problemas menores de salud, lo que es normal a esta altura de la vida, pero puedo caminar durante horas por la montaña y con mi esposa disfruto la inmensa felicidad de poder ocuparnos de nuestros nietos”.

Estudioso de las trayectorias de vida, posee él mismo una muy intensa y prolífica. “He cumplido lo que debía”, estima. “No diría, como Neruda, Confieso que he vivido -no me gusta la confesión-, sino más bien como Séneca, ‘he vivido y lo que vivo ahora es ganancia’. Estoy muy agradecido con mi alma mater, como lo dije en mi Lección de Adiós, por la libertad que me permitió siempre. Y estoy muy agradecido con la vida que he podido tener. En palabras de la gran Violeta [Parra] ‘Gracias a la vida’ y gracias a Chile y a Argentina que me han dado tanto”.

El Refugio de las Masas: Editorial del Pacífico, Santiago, Chile, 1968; 2da. Edición, 2010, Universidad de Santiago, Chile. La obra fue traducido al inglés (1969) y al portugués (1970).


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