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Gallinas testarudas en la tradición de Pascua

En preparación para el tradicional mercado de huevos de Pascua de Berna.

(Keystone Archive)

En el inicio de esta Semana Santa, Suiza aparece inundada por millones de objetos ovoides bien identificados: los huevos de Pascua. Legendarios emblemas de una tradición milenaria que a través del tiempo ha derivado en un 'boom' de la industria de la creatividad.

Lo mismo en chocolate que en turrón, en cerámica que en papel maché, de un solo color o de una amplísima gama de tonalidades, los huevos de Pascua y su corte de derivados (conejitos, pollos, patos y cuanto sea posible), se apoderan de la atención de los paseantes desde todas las vitrinas.

Pero ¿de dónde surge esta antiquísima costumbre que año con año hace la delicia para la vista y el gusto de millones de personas en Suiza y en muchos otros países?

Son muchísimas las culturas que asimilaban el huevo al origen de la vida: nuestros lejanos ancestros griegos, japoneses y chinos pensaban que el mundo había nacido de un blanquillo partido a la mitad, una de cuyas partes había dado origen al cielo y la otra a la tierra.

Los hawaianos creían que su isla era el producto de la explosión de un huevo puesto por un enorme pájaro, mientras que un antiguo libro de cantos finlandeses asegura que el universo se formó con la ruptura de siete huevos que dieron paso a la creación del firmamento, el sol, las estrellas y las nubes.

Para los galos el huevo es símbolo solar y de la fecundidad mientras que entre los egipcios y los romanos, entre otros pueblos, el huevo materializaba el renacimiento de la naturaleza o la continuidad de la vida en el más allá.

De ahí que al inicio de la primavera se solía regalar huevos pintados a amigos y familiares como una manera de expresarle sus votos de abundancia.

Los cristianos también adoptaron esa costumbre. Desde el siglo IV la Iglesia impuso ayuno y abstinencia durante la cuaresma, lo que significaba que a lo largo de los 46 días previos a la Pascua, los fieles tenían prohibido consumir blanquillos.

Como las gallinas no entienden de reglamentaciones y como resultó imposible razonar con ellas, simple y llanamente, siguieron poniendo. Entonces, para impedir que los huevos se perdieran, los parroquianos comenzaron a cocerlos para comerlos o regalarlos en Pascuas.

Para el siglo XII la Iglesia aceptó bendecir los blanquillos.

En Francia, los adultos de aquellos lejanos tiempos contaban a los pequeños que los huevos de Pascua venían en las campanas que habían sido mandadas a Roma para ser bendecidas por el Papa.

En Suiza y desde 1940, ya no son las campanas sino los conejos los que traen los huevos de Pascua y los depositan en las casas o en los jardines.

Pero ahora no se trata solamente de blanquillos cocidos y pintados, sino de formas ovoides de chocolate, de turrón, de caramelo y de cuanto sea posible e imaginable. Además de que a la tradición de salir en la búsqueda de los huevos se han añadido otras actividades: como el mercado de huevos, las competencia de lanzamiento de huevos o las carreras en las que los participantes sostienen un huevo en una cuchara.

El año pasado, en la ciudad suiza de Lausana formaron un mosaico gigante con 45 mil huevos, cuya venta permitió la adquisición de un vehículo especial para minusválidos.

Y para cerrar esta nota con huevo de oro, recordemos las obras de arte del famoso joyero ruso Carl Fabergé, muerto en Lausanne en 1920. El primer ejemplar de la colección de sus huevos de Pascua fue entregado por su creador al zar Nicolas II.

Otro más, por citar sólo algunos del total de 50, fue subastado en 1994 por la casa Christies de Ginebra en nada menos que ¡7.2 millones de francos! Un verdadero objeto ovoide bien identificado, pero de proporciones galácticas... para el bolsillo.

swissinfo y agencias

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