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La humillación duele más que los golpes

A sus 24 años, M. ha logrado salir del oscuro túnel de la violencia.

(swissinfo.ch)

Hace un año M. buscó refugio en la casa de mujeres maltratadas de Berna. Hoy esta dominicana, de 24 años, vive sola con su hija.

Atrás quedaron los insultos y gritos que soportó, hasta que dio el primer paso para salir de la espiral de la violencia.

M. es madre de una niña de cuatro años y ha iniciado los trámites de divorcio para dejar a sus espaldas un triste episodio en su vida.

Llegó a Suiza con apenas 17 primaveras cumplidas, tras obtener un contrato de ‘bailarina’ para trabajar en un cabaret, y no tardaría ni dos semanas en conocer a su futuro esposo, un suizo. Contraer matrimonio fue toda una aventura.

Como había entrado en el país legalmente, pero con pasaporte falso – de otra manera no hubiera obtenido un contrato de bailarina, ya que era todavía menor de edad – tuvo que casarse dos veces con su marido.

Primero, bajo una falsa identidad (la de bailarina) con la clara intención de divorciarse inmediatamente, regresar a su país natal e iniciar los trámites pertinentes para poder pronunciar el ‘sí, quiero’ bajo su verdadera identidad.

De la felicidad al martirio

Del comienzo de su matrimonio guarda un buen recuerdo. Los problemas comenzaron después de nacer su hija. Había cogido unos cuantos kilos demás durante el embarazo, motivo – según ella – por el cual su marido comenzó a insultarla.

“Yo pienso que cuando él se enamoró de mí, no se enamoró de mi personalidad, sino de mi físico. Y como la belleza, con el embarazo, se me acabó, entonces también se me acabó la felicidad”.

Las humillaciones fueron multiplicándose hasta llegar a afectar seriamente la sexualidad de la pareja y transformarse en agresiones físicas, a veces mutuas, reconoce M., que se sentía rechazada y desvalorizada como mujer.

“La humillación psicológica es más dura que los golpes. Yo prefiero que me den un golpe a que me digan palabras. Porque son palabras que no se te olvidan. Y más si te las dice una persona a la cual tú quieres.”

Uno de esos recuerdos que no se le han borrado de la mente es cuando su ex marido le decía: “Gorda, fea. No te me pegues, no me toques, que me da asco.”

Hasta que no pudo más

Con el tiempo M. comenzó a desconfiar de que su marido tenía otra mujer y vio confirmada su sospecha cuando un buen día él le propuso seguir viviendo bajo el mismo techo – “por la niña” –, pero cada uno por su lado.

Luego se sumaron las amenazas de “quedarse con la niña, si nos divorciábamos”, que M. soportó “hasta que un día se me agotó la paciencia” y soltó toda su rabia y dolor.

El año pasado, tras una pelea violenta, M. terminó destrozando la mitad de la casa y el coche, y llamó a la policía para presentar denuncia. “Yo en ese momento sabía que no quería volver a mi casa, porque yo sabía que esa relación, si volvía, iba a ser siempre lo mismo.“

En el hospital donde la ingresaron - más que por los moratones que tenía en la cara y en la espalda, por la fuerte crisis nerviosa que sufrió - le dieron el número de teléfono de la casa de acogida de mujeres de Berna.

M. estaba decidida a salir de la espiral de la violencia en la que se encontraba, “más que por mí, por mi hija”, que aquella noche sufrió un tremendo ‘shock’ nervioso, y llamó.

Afrontar una nueva vida

En la ‘Frauenhaus’ encontró tranquilidad, alivio y atención. “Todas las semanas tenía una cita para hablar con alguien, para contarle mis problemas”. De la misma manera que su hija recibía atención psicológica.

Al mes de ingresar en el centro, M. había recuperado la confianza en sí misma. Había iniciado los trámites de separación y estaba dispuesta a mudarse a un nuevo hogar. “De la casa de mujeres yo salí nueva para afrontar mi vida sola con mi hija, que no es nada fácil al principio”.

Pese a la mala experiencia que vivió en su matrimonio, M. no descarta volverse a casar. “No es que he cerrado la puerta. Más adelante quiero hacer mi familia otra vez”, dice.

Y es normal. A su edad uno quiere vivir y no profundizar en los problemas del pasado, reciente o más lejano.

La niñez de esta dominicana, que sólo cursó cuatro años de enseñanza primaria, no fue fácil. Tenía 8 años, cuando su madre se fue de casa por malos tratos y la abandonó junto con sus tres hermanos. Pero lo que más le dolió fue que no diera señales de vida durante seis años.

Aunque presenció escenas violentas en el seno de su familia, M. no recuerda que su padre le haya puesto jamás la mano encima. Su conclusión hoy es que “si mi papá no me pegó, por qué tengo que aceptar que un hombre me pegue”.

swissinfo, Belén Couceiro

El reportaje continúa en MAS SOBRE EL TEMA

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