Expedición a un glaciar
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Un reportaje de

Expedición a un glaciar

En la profundidad del hielo

Acompáñenos en el descenso a las recónditas grutas del glaciar de Pleine Morte. Vistas panorámicas de 360º, vídeos y animaciones muestran un mundo que solo conoce el agua del deshielo.

En Suiza el horizonte rara vez es una línea recta. El país es muy montañoso y cuando no hay una montaña en el camino encuentras una chimenea o un poste de alta tensión. Por eso, sorprende la contemplación, hacia el norte, de la altiplanicie helada de la Plaine Morte, el mayor glaciar de meseta de los Alpes: a la izquierda el Glacierhorn, a la derecha el Wildstrubel. En medio, una frontera nítida entre el azul y el blanco, entre el cielo y la nieve, como solo se ve en el Polo Norte o Sur.

En esta enorme caldera, situada por encima de los valles del Valais y del Oberland bernés, a unos 2700 metros de altitud sobre el nivel del mar, el hielo llega a alcanzar un espesor de 200 metros. El nombre lo dice todo: aquí apenas hay vida; solo una vasta extensión y viento, que azota con neviscas una áspera superficie. Pero esto nada tiene que ver con la eternidad. A finales de siglo el glaciar habrá desaparecido. En 2090, según las previsiones de algunos glaciólogos, no quedarán manchas de hielo. Sobre una pendiente rocosa se ven cables de acero y postes: restos de un telesilla que tuvo que ser cerrado debido a la retirada del glaciar.

El hielo yerto esconde secretos. Nadie los conoce mejor que Fred Bétrisey y Hervé Krummenacher. Lo que cuentan es difícil de imaginar, sobre todo si se tiene en cuenta la vasta extensión, que se caracteriza por su monotonía. Se oculta aquí un submundo tan asombroso que te olvidas de tener miedo y, apenas has puesto un pie en él, solo tienes un pensamiento: ir siempre más adentro, como si nunca más quisieras ver la luz del sol. Se sabe que los glaciares tienen vida interior. En verano se puede ver el agua de deshielo desparecer en los profundos agujeros helados del glaciar. Pero lo que pasa después nadie lo sabe a ciencia cierta. El hecho de que el agua fluya hacia abajo desde la superficie de los glaciares significa que, al menos temporalmente, existe un sistema de canalización continuo. Fred y Hervé quieren hacer lo que hasta ahora nadie ha conseguido: recorrer ese laberinto en toda su extensión. Es evidente que estos dos hombres ocupan bastante más espacio que un regato, pero no dejan nada sin mover para explorar su camino. Los acompañamos.

Este invierno ha comenzado haciendo un tiempo frío y seco, condiciones ideales para descender por el glaciar. Nuestra expedición se inicia de forma prometedora, ya que poco antes de Navidad pudimos visitar el molino glaciar que se encuentra en medio de la planicie. En verano las masas de agua recogidas se sumergen en las profundidades. Se convierte entonces en un lugar en el que un criminal podría, con toda tranquilidad, hacer desaparecer un cadáver para siempre. Pero en invierno el agua se seca. Fred y Hervé ya han descendido cerca de 150 metros en este glaciar. “Primero se baja verticalmente, después se entra en un estrecho corredor que continua lateralmente…”, explicaba Fred hace unos días en su casa, situada más arriba de Sion. Cogió una hoja de papel con deberes de matemáticas de su hija de 11 años, le dio la vuelta y con unos simples trazos de lápiz hizo un boceto del agujero por el que, uno tras otro, nos descolgamos ahora.

En verano por aquí caen enormes cantidades de agua. En invierno, la grieta es transitable durante algún tiempo.

La entrada a los corredores horizontales es diminuta. Tenemos que ayudarnos con una pala para poder pasar.


Al cabo de unos 50 metros alcanzamos un suelo cubierto de nieve. Hervé nos recuerda que debemos permanecer siempre unidos a la cuerda, pues posiblemente sea solo un piso incrustado en una garganta vertical y no sea transitable. “Cada año es diferente” afirma Fred, mirando ligeramente preocupado un enorme puente de nieve sobre nosotros. “Si se derrumba estamos perdidos. Pero hace frío y parece estable”. Desaparece entonces en un nicho lateral y comienza a quitar nieve con la pala.

“Con algo más de nieve no hubiéramos tenido ninguna oportunidad”, grita Fred desde la oscuridad. Sin embargo, el sonido llega amortiguado. Le seguimos. Nuestros ojos necesitan un tiempo para habituarse al nuevo entorno. Es un mundo nuevo: hielo azul alrededor, duro como el cemento y brillante a la luz de nuestras linternas. Cristales de nieve centellean por todas partes. El suelo es plano como una pista de curling, el suelo cruje bajo los clavos de nuestras botas. Caminar erguido se hace pronto imposible. Nos arrastramos por los corredores. La temperatura no es especialmente fría. Solo es angustioso. Según Fred, estamos a unos 50 metros debajo de la superficie. Si el glaciar carraspeara un poco, nos aplastaría.

Una extraña capa de nieve atasca el camino como una tabla. “Es un resto de la mezcla de agua y nieve que al principio del invierno todavía fluye por aquí”, explica Hervé. En una exploración anterior, vestidos con trajes de neopreno, estuvo nadando con Fred por estos corredores, rebosantes entonces de esta misma agua de fusión. Nos deslizamos bajo los residuos. Después podemos volver a andar erguidos. Ahora, el corredor tiene varios metros de alto y describe una curva de 180 grados. A la luz de las linternas ajustadas a nuestras cabezas nos damos cuenta de que aquí el hielo ha tomado la forma de un pilar.

Más tarde nos explicaría el glaciólogo Matthias Huss, profesor en la Escuela Federal Politécnica de Zúrich (EPFZ) y en la de Friburgo, que esta forma podría deberse a un proceso denominado de ‘corta y cierre’ (cut & closure). Hasta ahora este fenómeno se conoce sobre todo en los glaciares del Ártico: cuando el agua fundida fluye en forma de regueros sobre el glaciar forma profundos barrancos en el hielo, que luego vuelven a cerrarse en la superficie. Sin embargo, en el subsuelo permanecen. Así, todo el glaciar podría estar atravesado por cañones subterráneos, de los cuales no hay ningún rastro en la superficie. Durante años Huss ha estado investigando el glaciar de la Plaine Morte. Sin embargo, nunca estuvo en su interior. Y se sorprende de que nosotros le hablemos de corredores horizontales. “Hasta ahora hemos creído que el agua cae a través de los molinos glaciares directamente perpendicular hasta el fondo rocoso”. Está convencido de que las observaciones desde el interior enriquecen la ciencia. “Esta es la única manera de comprobar si el conocimiento anterior era correcto o si hay que replantear la teoría en su totalidad”.

VIDEO - El proceso de corte y cierre (cut & closure), aplicado aquí de manera esquemática al deshielo, podría ser una explicación de cómo se crea toda la estructura. Hasta ahora este proceso solo se conocía en los glaciares del Ártico.


Durante mucho tiempo, entrar en un glaciar fue considerado tabú, porque parecía demasiado peligroso. Incluso hoy son pocos los que lo hacen. Unos investigadores polacos hicieron las primeras observaciones en la década de 1990. Entraron en glaciares de la isla de Spitsbergen (Noruega), que ofrecen un riesgo calculable. Las condiciones climáticas en el invierno ártico son ideales, ya que el frío permanente penetra profundamente en el glaciar y hace que todo se congele. Por el contrario, el invierno de las latitudes medias, como en nuestro país, es mucho menos predecible: en cualquier momento pueden darse fluctuaciones de temperatura incluso en las capas superiores de la atmósfera y eso significa la aparición repentina de agua de deshielo. Es por este motivo por el que la exploración de grutas de hielo rara vez ha tenido lugar en la región alpina.

Tras los polacos otros equipos internacionales continuaron explorando glaciares del Ártico y del Himalaya. Pero aunque sus observaciones fueron también asombrosas, encontraron escaso eco en el mundo científico. Es más, la investigación en grutas de hielo fue calificada de aventura. Alguien que no lo considera así es el glaciólogo escocés Doug Benn. Durante años estudió los lagos que se forman sobre los glaciares en el Himalaya y se preguntaba por qué se vacían siempre. Encontró la respuesta en el subsuelo. Benn se dio cuenta de que el agua se comporta exactamente igual que en la roca: se abre camino a través de los puntos débiles. Pero, mientras en la roca ese proceso dura millones de años, en el hielo va mucho más rápido. Durante un verano puede formarse un canal de desagüe, y volverse a cerrar en invierno. Sin embargo, hay todavía muchos interrogantes abiertos, y las respuestas son cada vez más importantes.

Mientras los glaciares se vayan derritiendo gradualmente a lo largo de las próximas décadas se irán liberando inmensas reservas de agua. Regiones enteras pueden verse amenazadas por la aparición de lagos glaciares y flujos de agua que se precipiten hacia los valles. Benn afirma: “Entrar en los glaciares es importante para comprender el complejo proceso y acabar con las teorías, a menudo simplistas, del balance hídrico. La mayoría de los glaciólogos, sin embargo, lo considera sencillamente una locura. En realidad, casi solo ha habido accidentes cuando los turistas se demoran ante la puerta de un glaciar donde, sobre todo en verano, pueden derrumbarse masas de hielo”. En invierno el hielo es relativamente estable.

A través de las grietas verticales se va hacia lo profundo del glaciar. En cualquier momento aparece el suelo rocoso; nadie ha llegado nunca tan lejos.


En el suelo descubrimos una mosca que quedó congelada en el hielo. El hallazgo no es solo un aviso de que el glaciar no devuelve enseguida lo que una vez captura, sino también una señal de que la superficie lisa del suelo se origina a través de la congelación del agua de deshielo estancada. Ahora nos encontramos a 70 metros bajo el hielo. A mayor profundidad, más tensión se siente. Imagina que, por cualquier razón, se cierra uno de los estrechos pasajes detrás de nosotros. Nos pasaría como a la mosca. Sin embargo, el hielo parece tan sólido como un muro. No tiene el aspecto de querer atraparnos. “El mayor peligro sigue siendo el agua”, dice Hervé, quien parece sospechar que no es debido a la fatiga por lo que cada vez estamos más callados. “En invierno también hay agua aquí abajo. Este año hemos tenido la suerte de que ha disminuido mucho porque el otoño fue muy seco. Un aumento repentino sería peligroso. Pero nada lo indica. Es como si todo se hubiera detenido: el agua, el hielo… el tiempo. Si no fuéramos conscientes de dónde estamos, nos creeríamos en la eternidad.

Aquí terminamos nuestra primera incursión. Estamos todavía lejos del punto más profundo, que en varios niveles alcanza cerca de los 150 metros bajo la superficie. A partir de ahí cada nuevo paso sería tierra virgen –también para Fred y Hervé–, sin embargo el largo camino de regreso nos llevaría el resto del día. Cuando salimos de nuevo a la superficie, el sol se ha ocultado hace ya tiempo tras las montañas. La planicie resplandece bajo la débil luz de las estrellas.

Mientras comemos pasta con atún, Fred y Hervé nos explican lo que tienen previsto para el día siguiente: encontrar la entrada al extremo oriental del glaciar, donde un desfiladero se hunde en el glaciar. “Tiene que haber una salida enorme”, afirma Hervé explicando el motivo: en verano se forma allí un lago de agua de deshielo, el Lac des Faverges. En otoño se vacía de repente. Unos 2 millones de metros cúbicos de agua desaparecen entonces en el interior del glaciar y emergen de nuevo mucho más abajo, cuando convergen en el valle Simmental. “Es como si alguien tirara del tapón de una bañera gigante”. El tranquilo Simme se convierte entonces en una corriente arrolladora y todos los años hay riesgo de una ola devastadora, pues el lago es cada vez más grande. En los últimos cinco años su volumen se ha triplicado. Y como el glaciar se ha hundido mucho, el lago ya no desagua sobre la cresta de la montaña en el Valais. Allí los arroyos se han secado. En su lugar, descarga prácticamente todo en el Oberland bernés. Desde 2011 se vigila el Lago de Faverges para advertir a la población cuando comienza la riada.

​​​​​​​​​​​​​​Para Fred y Hervé está claro que tiene que existir, al menos temporalmente, un sistema de cuevas continuadas a través de todo el glaciar – de lo contrario, el lago no podría vaciarse. El sistema subterráneo de canalización tiene una extensión de cerca de 3,5 kilómetros y supera un desnivel de 250 metros de altura. Este gigantesco viaje es el gran sueño de ambos. Si eso es posible o no, es discutible. Habría que ir con un traje de buceo, por el nivel del agua”, dice Hervé. Quiere decir: más allá de una determinada profundidad parecerá como en el hundimiento del Titanic, pasillos llenos de agua. Discutimos y soñamos todavía un rato antes de que el frío nos meta en nuestros sacos de dormir.

Hace menos 25 grados. Y un silencio de muerte. Es difícil creer que todo esto se derretirá en las próximas décadas.

La disminución del glaciar de Pleine Morte es mucho más evidente que el resto de glaciares alpinos. Todavía entre 1960 y 2002 se mantuvo casi en la línea de equilibrio. Es decir, la cantidad de hielo que se forma en invierno corresponde aproximadamente a la que se deshiela en verano. Sin embargo, desde comienzos de este milenio se ha producido un rápido cambio: cada vez hay menos nieve que sobrevive al verano. Una regla práctica en la glaciología dice que al menos dos tercios de la superficie de hielo deberían permanecer todo el año cubiertas de nieve para que el glaciar mantenga el equilibrio. En los últimos cuatro años, al final del verano, la Pleine Morte estaba completamente desnuda. La masa de hielo yace aquí como un muerto para el entierro celestial, mientras los buitres planean vestidos de cambio climático.

El lecho del lago está seco. La hondonada se transforma en un barranco.

Un muro de hielo marca el final del camino. ¿Pero qué se oculta debajo?


Al día siguiente entramos en la cuenca vacía del lago. La hondonada, inicialmente plana, se abre en un barranco excavado profundamente en el hielo. El suelo está cubierto de nieve, lo que, por otro lado, hace más agradable el andar –además, así no sabemos lo que hay bajo nosotros. Caminamos encordados. El final empieza a perfilarse: una sólida pared de hielo se levanta sobre una bóveda y parece la entrada de un túnel. Debe de ser el desagüe del lago. Aquí en verano retumbarán millones de litros de agua en su viaje a través del glaciar. Los glaciólogos sospechan que el sistema de drenaje subterráneo se renueva todos los años. En los meses invernales se destruye aplastado por el peso del hielo, mientras que vuelve a surgir en el transcurso del verano con la descongelación. Tan pronto como el sistema de canalización ha empezado a sacar agua del lago, el proceso se acelera: los canales se ensanchan por la entrada de calor latente del deshielo y por la fricción. Consecuentemente, ¡en pocas horas aumenta el caudal de manera exponencial!

VIDEO - A lo largo del verano, el Lago de Faverges se llena con el agua del deshielo. Los glaciólogos sospechan que cada año se crea de nuevo el canal de desagüe. Una vez que se abre un hueco, el agua comienza a discurrir rápidamente. Se han medido hasta 20 metros cúbicos por segundo.

Fin del recuadro


Llegamos a la pared de hielo. Y, decepcionados, constatamos que la entrada está obstruida por la nieve. No hay ni una pequeña grieta. Podemos olvidarnos de excavar. Sabemos por fotografías aéreas que el curso del barranco se asemeja a una cremallera. Al principio, la garganta se abre hacia la parte superior, pero luego se convierte en una fina línea en la superficie helada y finalmente desaparece por completo. En la foto aérea se pueden distinguir tres agujeros en fila que parecen indicar el curso. ¿Quizá molinos glaciares que conducen al sistema de canalización subterráneo? Volvemos a subir. En realidad, pronto encontramos uno de los agujeros. Pero, ¿y si ahí hay menos nieve? Nos descolgaremos.

Una vez más descendemos verticalmente hacia la profundidad. Y de nuevo encontramos nieve en el suelo. Pero entonces vemos algo que acelera nuestro pulso: en el punto más bajo hay carámbanos sobre un agujero oscuro de quizá un metro de diámetro.
Los agujeros oscuros son buenos. Cuanto más oscuros, mejor. Así pues, hay que continuar.Fijamos una cuerda. Pasamos bajo los carámbanos con la cabeza agachada. Nuestros gritos de entusiasmo resuenan con un eco enorme. Por ello imaginamos el tamaño del espacio que se abrirá ante nosotros inmediatamente. A la luz de nuestras linternas de cabeza no se vislumbra el final.

Un hueco estrecho pero alto conduce a la oscuridad. Para nuestra sorpresa, después de un tiempo vuelve a hacerse más claro con una tenue luz azulada que procede de arriba. Muy por encima de nosotros vemos una tapa redonda por la que se filtra parcialmente la luz. Solo podemos hacer conjeturas sobre si se trata de un molino glaciar cerrado desde arriba. ¿Es este el aspecto que tienen los suelos de nieve sobre los que vamos caminando, vistos desde abajo? El hecho de que se filtre luz por todas partes no proporciona sin embargo una impresión de estabilidad. De aquí en adelante hablamos de una tapa-ovni (estamos bajo un OVNI aterrizado, es la apariencia que tienen, según dicen) y confiamos que ¡no nos caiga sobre la cabeza!

Hemos llegado al agua. Nos colgamos a lo largo de la cuerda; en el corredor flotan témpanos de hielo.


Volviendo a la realidad, nos preocupa otra cosa. La grieta se acaba y ante nosotros se abre un suelo plano de hielo. Sin embargo, tras dar solo dos pasos se quiebra. Nos hundimos y de un salto volvemos al suelo firme. Esto se debe a que el agua permanece en estado líquido todo el año en el glaciar y no se congela. Los glaciares alpinos son “temperados” y su temperatura en el interior permanece en torno a los 0 grados Celsius. En el Ártico es diferente y los denominados glaciares fríos tienen temperaturas por debajo de cero grados. En los Alpes, el frío invernal penetra solo unos diez metros desde la capa superior. Más abajo el hielo y el agua pueden convivir juntos.

A partir de ahora avanzar se hace más difícil. Fijamos una cuerda a la pared lateral y avanzamos agarrados metro a metro. De vez en cuando dificultan la marcha grandes témpanos, cuya resistencia palpamos con sumo cuidado. A veces ofrecen un terreno favorable.

Llegamos a una sala del tamaño de una capilla. Ante nosotros se abre un pequeño lago. Muy por encima de nosotros brilla la tapa-ovni. Probablemente seamos las primeras personas que pisan este espacio. En las paredes hay fragmentos de las capas de hielo –aquí el nivel de agua ha bajado hace poco, aunque lentamente y las placas han dejado marca en las paredes. Algunas de ellas son tan grandes como una mesa y, pegadas a la pared, penden siniestramente sobre nuestras cabezas. Nos preguntamos si el conjunto de nuestro calor corporal podría hacer que cayeran y decidimos que no debemos quedarnos ahí demasiado tiempo.

Al final de la sala vemos como continúa: el corredor desciende y se sumerge bajo el agua. “La próxima vez tendremos que traer el traje de buceo”, dice Hervé a Fred. Y lo dice en serio. Se nota que aquí abajo se sienten como en casa. Ninguna adversidad va a alejarles de su sueño. Para nosotros, sin embargo, esta es la estación término. Y quién sabe qué aspecto tendrá el año que viene…


Idea, concepto y texto:

Dominik Osswald, Tamedia

Programación y narración:

Kaspar Manz y Marc Brupbacher, Interaktiv-Team

Fotografía, 360°‑Panoramas:

Urs Wyss, Christian Mülhauser
avocado360
Olivier Christe

Imágenes de dron:

Christian Mülhauser

Vídeos:

Dominik Osswald
Christian Mülhauser
Olivier Christe

Animación:

Pierre Tschopp
Ursula Ritter
La empresa Geotest vigiló el Lago de Faverges y facilitó datos para la 2ª animación

Ilustraciones:

Jürg Candrian

Asesoramiento producción de imágenes:

Janina Woods, Sebastian Tobler 
ateo GmbH

Patrocinadores de material:

Haglöfs
Bächli Bergsport

Nuestro agradecimiento a:

Frédéric Bétrisey
Hervé Krummenacher
Matthias Huss, Glaciólogos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich y de la Universidad de Friburgo
Kathrin Naegeli, Universidad de Friburgo
Daniel Tobler, Geotest
Bergbahnen Crans-Montana
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Producción swissinfo

Luca Schüpbach
Marcel Stauffer