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Museo al aire libre de Ballenberg ¡Qué austeramente vivían antes los suizos!

Una pareja se besa delante de una cisterna

En el Museo al Aire Libre de Ballenberg se representan también obras de teatro., como aquí, junto a una antigua cisterna típica del Jura. 

(KEYSTONE)

Suiza es hoy uno de los países más ricos del mundo. Pero no siempre ha sido así. En el Museo al Aire Libre de Ballenberg, en el Oberland bernés, los visitantes pueden conocer la estrechez en que vivían los suizos y suizas de los siglos XVIII y XIX.

No muy lejos del Lago de Brienz, rodeado de altas montañas, en una zona boscosa y accidentada, se encuentran cerca de 110 edificios rurales, repartidos en una extensión de 66 hectáreas: hermosas granjas con fachadas cubiertas de tablas o techos de paja, chalés de madera, edificios con paredes de entramado, casas de piedra con tejados formados por placas de gneis, una granja sureña, refugios alpinos para el ganado y una casa de viticultor; podría pensarse que aquí se encuentran edificaciones tradicionales de diferentes países.

Museo al aire libre de Ballenberg

El Museo al Aire Libre de BallenbergEnlace externo, cerca de Brienz, está abierto desde el 14 de abril hasta el 31 de octubre de 2018. La Fundación del museo celebra este año su 50 aniversario con distintos actosEnlace externo, así como con una exposición especialEnlace externo dedicada al tema de la vaca, un animal que ha tenido un importante papel en la economía suiza. Pero el Museo al Aire Libre de Ballenberg no es solo un museo, sino también un centro de estudios e investigaciónEnlace externo. Además, alberga una parte del archivo de investigación sobre edificios rurales suizos.

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Sin embargo, todas esas casas son originarias de Suiza. Fueron traídas de distintas regiones y reconstruidas en Ballenberg fielmente al original. “Suiza es un país multiétnico”, afirma Beatrice Tobler, directora del departamento de ciencia del Museo al Aire Libre de Ballenberg. “Tiene regiones geográficas y climáticas muy diferentes, cada una de las cuales ha estado sometida a influencias culturales distintas”. Por eso la arquitectura es también tan diversa, ya que siempre se ha trabajado con el material disponible, señala Tobler. En algunas regiones hay más madera, en otras, más piedra.

No se pretendía crear un zoo humano

El museo estuvo a punto de no llegar a nacer debido a esa multiculturalidad de Suiza. En la década de 1930 la organización Pro-Campagna propuso que, a imitación de otros países, se abriera en Suiza un museo al aire libre. Sin embargo, la organización Schweizer HeimatschutzEnlace externo (Patrimonio Suizo), encargada de la preservación de los monumentos, se opuso: los distintos tipos de viviendas suizas eran demasiado variados como para poder mostrarlos con naturalidad en un solo lugar.

Además, construir un museo al aire libre al estilo de la dudosa actuación de la Exposición Nacional de 1896 en Ginebra y exhibir a cerca de 300 suizos en una “aldea suiza”, como entonces se exhibió a más de 200 sudaneses en una “aldea de negros”, daba qué pensar. Un “zoo humano” de esas características parecía problemático. Así pues, se rechazó el proyecto de transformar una parte de un pueblo habitado de Brienz (cantón Berna) en un museo al aire libre.

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Finalmente se acordó abrir un museo en la localidad deshabitada de Ballenberg, cerca de Brienz. En 1968 se creó una fundación, que se encargó de buscar en toda Suiza casas de valor histórico amenazadas de demolición. El museo se inauguró en 1978. Hasta hoy la fundación ha traído al museo de Ballenberg exclusivamente casas que, debido al tráfico o a otros proyectos de construcción, no podían permanecer en su emplazamiento.

Tan auténtico como sea posible

En el interior de las casas se muestra mobiliario original, así como utensilios y herramientas de trabajo. Todos los objetos son de una época anterior a la mecanización de la agricultura, es decir, anteriores a 1950. La casa más antigua data de 1336 y la más moderna de 1900. El museo pretende mostrar las condiciones de vida lo más parecido posible a como realmente eran, incluyendo decoraciones sobrias, espacios apretados y mobiliario austero.

Los jardines y huertos también se plantan y cultivan siguiendo las viejas costumbres. Muchas labores se llevan a cabo con caballos y carros. Los responsables del museo intentan preservar el viejo conocimiento. Por ejemplo, plantan saponaria, con la que se puede producir un detergente líquido, y en otoño el personal del museo procesa el lino para obtener cáñamo.

Una nación de campesinos y trabajadores a domicilio

Antes la agricultura era muy importante ya que Suiza siempre fue un país de escasos recursos. Hasta 1850 la mayoría de suizas y suizos trabajaba en el campo, ya se tratara de la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la viticultura o la pesca.

Dos caballos tiran un arador

A mediados del siglo XIX, la mayoría de la población suiza vivía de la agricultura.

(Keystone)

Pero la mayor parte no eran campesinos en sentido estricto. Poseían poca o ninguna tierra y trabajaban para otros agricultores. “Muchas familias tenían también trabajos secundarios en el procesamiento de la lana, la producción de tejidos o el bordado, porque tenían que vender algo para poder comprar otros productos, como por ejemplo la sal”, señala Tobler.

Normalmente, el denominado “Verleger” (patrono o intermediario) proporcionaba materiales a estos pequeños campesinos que, trabajando en su propio domicilio, convertían en un producto que el “Verleger” les compraba de nuevo. En el museo los visitantes pueden contemplar al personal del museo en trabajos artesanales tradicionales como la cestería, la forja, el hilado, el tejido o el tallado demaderaEnlace externo

La triste miseria junto a la riqueza pomposa

Es cierto también que en Suiza hubo lugares de gran riqueza, sobre todo en las ciudades, como lo atestiguan las imponentes villas de burgueses y las vistosas haciendas señoriales que se exponen en el museo.

Sin embargo, una gran parte de la población rural vivía en una pobreza extrema, como lo demuestran las humildes casas de jornaleros y las cabañas alpinas. “Incluso aunque la mayoría de las casas nos puedan parecer hoy hermosas, uno se da cuenta enseguida –imaginándonos tener que vivir en esas casas– qué pobre era la gente de entonces”, señala Tobler.

Ballenberg recibe el premio Schultess Gartenpreis 2018

La Fundación Schweizer Heimatschutz (Patrimonio suizo) ha otorgado el Premio de Jardines 2018 al Museo al Aire Libre de Ballenberg. La jardinería y la gestión del paisaje son un patrimonio cultural de primera magnitud en Suiza, señala en un comunicado Schweizer Heimatschutz. El Museo al Aire Libre de Ballenberg promueve activamente la importancia de los huertos y de los paisajes culturales, se ocupa del cultivo de frutas y verduras tradicionales e ilustra el modo en que se conservaban los alimentos.

Fin del recuadro

En el siglo XIX una gran proporción de la población rural se trasladó a las ciudades para poder trabajar en la industria.

Toda Suiza es un museo al aire libre

Hoy el Museo lucha contra la pérdida de visitantes. El problema es que, a diferencia de otros museos al aire libre, como por ejemplo en Alemania o Escandinavia, el museo de Ballenberg no queda cerca de ninguna gran ciudad, sino aislado en las montañas. Además, el terreno que ocupa el museo es muy extenso y empinado, y resulta un problema, sobre todo para turistas extranjeros que no están acostumbrados en su país a hacer largas caminatas por terrenos empinados.

El museo está emplazado en la zona denominada “ReduitEnlace externo”, que es la región donde estaba previsto que se retirara el ejército suizo durante la Segunda Guerra Mundial para defender el país contra la Alemania nazi. Sin embargo, hubo suerte y no se produjo ningún ataque militar. Y como Suiza no sufrió ningún bombardeo, exceptuando algún accidenteEnlace externo, los edificios históricos lograron salvarse. Visto así, se puede decir que toda Suiza es una especie de museo al aire libre.

Puede ponerse en contacto con la autora @SibillaBondolfi en FacebookEnlace externo o TwitterEnlace externo.


Traducción del alemán: José M. Wolff

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