Soledad y miedo en hogares para mayores

Muchas residencias de jubilados han dispuesto salas para que los residentes puedan entrevistarse con sus familiares sin correr riesgos. Keystone / Laurent Gillieron

La crisis sanitaria ha puesto a prueba a los hogares para personas mayores. Tienen que hacer frente a dos flagelos: el coronavirus, por el que han pagado un alto precio, y la soledad de los residentes. Aunque se han reanudado las visitas bajo ciertas condiciones, la lucha contra esos dos males no ha terminado.

Katy Romy con la colaboración de Sonia Fenazzi

“Si pudiera volar, ya me habría ido”, comentó Luisa Ganz a su sobrina por teléfono.

Luisa Ganz, de 97 años, se mudó en febrero a una residencia para mayores en Zúrich. ldd

El pasado mes de febrero, esta zuriquesa de 97 años se mudó a una encantadora casa de retiro en la ciudad, donde tiene un gran espacio propio con un dormitorio y una sala de estar. Paseos por el gran jardín con los otros residentes, visitas de su familia, salidas al restaurante: disfrutaba realmente su nueva vida.

Sin embargo, la pandemia de la COVID-19 cambió la situación por completo. A solamente tres semanas de su llegada, la institución debió adoptar medidas estrictas para proteger a los residentes, personas de edad y, por lo tanto, vulnerables: prohibición de visitas y confinamiento en sus habitaciones.

Acostumbrada a estar rodeada de gente, a Luisa Ganz le apena verse privada de sus seres queridos y lamenta haber entrado en una institución. La soledad le pesa y los días se detienen. “Aquellos que aún pueden leer logran distraerse. Desafortunadamente, mi vista ya no me lo permite. Me gusta mucho jugar a las cartas, pero ya no es posible debido a las medidas tomadas para combatir el coronavirus”, deplora.

Por suerte, el virus no ha entrado en la institución. Los residentes están autorizados a pasearse por el interior del edificio o por el jardín si los acompaña un cuidador. Desde hace una semana, siguiendo las recomendaciones del Gobierno, la institución permite breves visitas con cita previa. Solamente está autorizado un visitante, a tres metros de distancia, si es posible fuera y durante un máximo de treinta minutos. “Estoy feliz de poder verlos, pero no es como estar realmente juntos y compartir actividades”, señala.

“A mi edad, aunque todavía estoy sana, me da miedo contraer la COVID-19 y morir. Este virus es terrible. Nunca he estado en una situación así en toda mi vida”

Luisa Ganz

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Al aislamiento se suma el miedo al virus. Casi centenaria, Luisa Ganz siempre ha tenido una salud de hierro. “De niña, cuando mi hermano y mi hermana contraían enfermedades infantiles como la varicela o el sarampión, nunca me infecté. Tampoco tuve nunca problemas cuando viajé a países pobres”, narra. Esta vez, sin embargo, la situación es diferente. “A mi edad, aunque todavía estoy sana, me da miedo contraer la COVID-19 y morir. Este virus es terrible. Nunca he estado en una situación así en toda mi vida”.

La batalla para detener la propagación

No es probable que los acontecimientos actuales disipen los temores de los residentes de los asilos. En toda Europa, la pandemia ha sembrado la muerte en tales sitios. En Francia y en España, incluso han estallado escándalos sobre las deficiencias de algunas instituciones y muchas familias han presentado denuncias. El coronavirus también afectó gravemente a los establecimientos médico-sociales (EMS) suizos. Más de la mitad de las muertes relacionadas con la COVID-19 se registraron en ellos, según las cifras recogidas por el cotidiano Tages-Anzeiger.


Fallece casi el 25% de pensionistas de EMS que contraen la COVID-19, según una encuesta realizada por la radiotelevisión suiza en abril. Se trata de instituciones que acogen al grupo de edad más afectado por la pandemia, como se muestra en este gráfico.


La presión para evitar que el virus entre en los asilos es inmensa. “Una residente vino a verme para decirme que necesitaba absolutamente ver a su hijo. Me pidió que le hiciera ese favor”. Jean Daniel Renggli, director de la residencia de La Colline, en el Jura bernés, no pudo acceder a la petición de la nonagenaria.

También ahí se dispuso una batería de medidas desde el 14 de marzo para poner una barrera al invisible enemigo: visitas estrictamente prohibidas, salidas en grupo canceladas y medidas de distanciamiento social. En el comedor, las mesas fueron separadas para mantener las comidas en común. En cuanto al entretenimiento, solamente cuando podía respetarse la distancia. “También tuvimos que cerrar nuestro servicio de recepción diurno”, añade el director.

El personal también tiene que asumir una gran responsabilidad en el trabajo y en casa. “Les pedí que cuidaran de los residentes, pero también de ellos mismos y de sus seres queridos”, señala Renggli. La presión llegó a su punto culminante cuando, tras el resurgimiento de casos de COVID-19 en la zona, se hicieron pruebas a todos los residentes y a algunos miembros del personal. “Fue un gran alivio saber que todo el mundo dio negativo”, comenta el director.

Sin embargo, es también una prueba de resistencia. Aunque el país está saliendo gradualmente de su coma artificial, la amenaza no ha desaparecido. “Hemos explicado las medidas adoptadas y nuestros residentes las han entendido. Pero percibimos su impaciencia por volver a ver a sus familias y a sus amigos”, anota Renggli. Algunas familias habían empezado a esquivar la prohibición para ver a sus seres queridos.

Entre la libertad y la protección

“Sobre todo me hacen falta las visitas de mi familia”, señala Lucie Rossel, residente de La Colline. A los 93 años, sufre de problemas respiratorios. Prefiere quedarse en su habitación para limitar el riesgo de contagio. “Me alejo de los otros para poder respirar”, puntualiza. Pero no es de las que se aburran. “Siempre he sido solitaria. Me mantengo ocupada haciendo crucigramas o viendo la televisión”. Contrariamente, otros residentes sufren por el aislamiento, dice. Para consolarlos, Lucie les pondría una mano amiga en el hombro, pero eso también está prohibido.

“Me alejo de los demás para poder respirar”

Lucie Rossel

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Hasta que se desarrolle un plan para permitir un marco de visitas, la institución ha dispuesto un locutorio. Los residentes y sus familiares pueden verse con un vidrio de por medio y hablarse a través de un teléfono. Desde el comienzo del confinamiento, el personal también los ha ayudado a comunicarse por videoconferencia o mensajes de voz.

Lucie Rossel, 93 años, residente de La Colline. ldd

Entre la cuarentena y el deceso de muchos residentes, la pandemia ha perturbado la vida en los hogares de ancianos. ¿El espectro del coronavirus transformará el modelo de atención a largo plazo? “Los establecimientos médico-sociales, así como los residentes y sus familias, tendrán que armarse de paciencia porque el camino de vuelta a la normalidad será largo”, responde Markus Leser, responsable del área especializada en la población de mayor edad de Curaviva, la asociación que agrupa a las instituciones que atienden a las personas que necesitan apoyo.

Sin embargo, el especialista no teme que los mayores eviten ingresar en instituciones por miedo a la contaminación. “La entrada en un hogar está motivada principalmente por la necesidad de cuidados. Este aspecto pesa más que el riesgo de infección, que en última instancia también existe en otros lugares”, afirma. Recuerda que muchos ancianos vulnerables que viven en su casa también han sufrido enormemente la soledad. Tal vez incluso más que los residentes de casas de retiro, los cuales conservan la posibilidad de interactuar con el personal de enfermería.

Pero el verdadero desafío impuesto por la crisis a las direcciones de los EMS radica en el difícil equilibrio de intereses entre la protección de los residentes y la preservación de sus libertades, estima Markus Leser.

>> La RTS visitó un EMS de Ginebra durante el confinamiento (video en francés) 

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