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Punto de vista La democracia directa en la construcción del futuro

Un hombre observa el recuento de votos

El 10 de junio de 2018, el diputado de Gobernanza Imanol Lasa pudo asistir al recuento de votos en Lucerna.

(Gentileza Diputación Foral Gipuzkoa)

Hace unas semanas, una delegación vasca visitó Suiza para conocer 'in situ' cómo funciona la democracia directa en este país. La delegación estuvo encabezada por Imanol Lasa Zeberio, portavoz de la Diputación Foral de Guipúzcoa.

PV Imanol Lasa Zeberio

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Por Imanol Lasa Zeberio

Imanol Lasa Zebeiro (1973) es portavoz de la Diputación Foral de Guipuzkoa. Nació en 1973 en Zarautz (Guipúzcoa) y estudió Ciencias Política y Sociología en Deusto.


(Gentileza Diputación Foral Gipuzkoa)

Una de las cosas que teníamos claras cuando llegamos al gobierno de la Diputación era que urgía transformar la forma en que la institución se relacionaba con la ciudadanía, apostando por la buena gobernanza, es decir, por una manera de gestionar las decisiones y políticas públicas basada en criterios como la apertura, la transparencia y la participación ciudadana, tanto en su gestación como en su desarrollo y posterior evaluación.

Ese trabajo implicaba aprender de los mejores, abrir Gipuzkoa al mundo y especialmente a Europa, para conocer las prácticas más destacables de los países más avanzados. No descubro nada al decir que Suiza es uno de esos modelos de éxito, un referente mundial especialmente en lo que se refiere a la introducción de mecanismos de democracia directa y de empoderamiento de la ciudadanía.

Por ello, y por ser este uno de los campos en los que nuestro territorio tiene un mayor margen de mejora, hace unas semanas nos trasladamos al país para conocer in situ cómo funcionan estos procesos, cómo se llevan a cabo los referéndums, las iniciativas y los consejos ciudadanos, y en definitiva, cómo han conseguido pasar de las buenas intenciones a los hechos, en un país en el que, sin ir más lejos, desde 2000, la ciudadanía ha podido votar sobre más de 150 cuestiones diferentes a nivel nacional, relacionadas con aspectos básicos como la economía, la renta básica, la política inmigratoria, la energética o la fiscal.

Muchas más si se tienen en cuenta las distintas votaciones a nivel cantonal y municipal; de hecho, ese mismo fin de semana, pudimos ver cómo las y los habitantes de Zúrich debían decidir sobre nueve cuestiones, en una de las cuatro jornadas de votación que se organizan anualmente. 

No hablamos de una costumbre reciente, sino de una tradición histórica de enorme raigambre. Solo en esta ciudad, se han realizado más de 3.800 votaciones desde mediados del siglo XIX. La democracia directa está profundamente enraizada en la idiosincrasia del país. En palabras de Bruno Kaufmann, nuestro guía –y mucho más- a lo largo de nuestra estancia, el referéndum no es un invento suizo, sino al revés: Suiza es producto de un referéndum, ya que su propia gestación, en 1848 fue respaldada con la fuerza del voto –aún sin sufragio universal–. Ya en 1 874, se instauró el derecho ciudadano a pronunciarse sobre las leyes aprobadas por el Parlamento, y pocos años después se implantaría la capacidad de cambiar la constitución reuniendo firmas.

En mi opinión, lo más interesante es cómo las suizas y los suizos hicieron de la necesidad virtud, y como esta apuesta por la democracia directa y el reparto de poder, obligada por la propia diversidad lingüística, cultural y religiosa, y por la necesidad perentoria que esta conlleva de evitar y resolver conflictos, terminó por erigirse en una de sus grandes fortalezas y señas de identidad.

Y sobre todo, cómo ese ejercicio de decisión, en continuo perfeccionamiento, ha ido consolidando una fortísima cultura democrática, una ciudadanía implicada, comprometida, que demanda participar en los asuntos públicos porque se considera parte imprescindible. No solo en su última fase, sino también en su gestación. En este sentido, resulta importante destacar que el voto es la guinda, pero que detrás hay toda una cultura del debate, y una capacidad ciudadana de llevar a la agenda pública las cuestiones de su interés, de un valor incalculable.

También observamos que las dificultades ligadas a la logística son todas superables si existe voluntad política. Estas son algunas de las enseñanzas que nos gustaría trasladar al territorio de Gipuzkoa. Obviamente, partimos de realidades históricas, administrativas, legales y sociales muy distintas, diametralmente opuestas en algunos casos. Querer aplicar la experiencia suiza de un día para otro y sin adaptaciones sería un ejercicio evidente de voluntarismo. 

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No podemos olvidar los condicionantes legales, caracterizados por una legislación española extremadamente restrictiva que impide realizar consultas vinculantes, y que ha llevado a que las dos principales consultas realizadas durante los últimos años en nuestro territorio, las relativas a la desanexión de Itsaso –un pequeño municipio- y a la celebración de corridas de toros en San Sebastián, estén recurridas por el estado en los tribunales. Desgraciadamente, cualquier puesta en práctica del derecho a decidir es vista por el Estado como una amenaza.

Tampoco podemos obviar que como sociedad acabamos de salir de un conflicto de violencia de extraordinaria dureza, que ha erosionado y fracturado en muchos casos la convivencia de nuestra sociedad, y que ha impedido la normalización política necesaria para intentar afianzar la democracia directa. Es cierto que hemos dado grandes pasos desde el cese de la actividad armada de ETA, pero aún nos queda un larguísimo camino por recorrer. Al mismo tiempo, nos encontramos con una sociedad cada vez más alejada de la política, un problema de desafección, pasividad y/o de desconocimiento ante lo público evidente sobre todo en las personas jóvenes –una amenaza que también acecha a Suiza, según pudimos comprobar–.

Eso no significa que estemos de brazos cruzados, ni mucho menos. Hemos puesto en marcha un nuevo modelo de gobernanza abierta y colaborativa, llamado Etorkizuna EraikizEnlace externo, para hacer frente a los retos de Gipuzkoa, como el envejecimiento, la conciliación, la reducción de las desigualdades o la participación de las personas trabajadoras en la empresa, de la mano de la ciudadanía y la sociedad civil organizada, que estamos compartiendo con agentes internacionales.

Tenemos claro que profundizar en la cultura cívica y participativa es clave para construir el futuro, y que dar pasos hacia la democracia directa fortalece la democracia representativa. Por ello, abogamos por superar prejuicios y miedos, y por hacer realidad un gran acuerdo de base entre formaciones políticas que regule esta cuestión y la blinde ante intereses políticos, tal y como sucede en Suiza. Y es que, como nos trasladó una de las muchas personas con las que allí pudimos compartir experiencias, la democracia es algo que nunca puede darse por sentado.

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