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REPORTAJEoriginalNOUSAR_Cuando los beneficios no sólo se miden en dinero_UNSEARCH

Klaus Schwab, creador del Foro Económico de Davos, también es el origen de la Fundación Schwab, que reconoce a proyectos como Un Techo para Chile.

Gente emprendedora aporta su empeño para mejoran la vida de otros desde Suiza, tal es el caso de la trabajadora social Karin Schürch.

Al Foro Económico Mundial (WEF, en sus siglas en inglés) no sólo acude gente adinerada al frente de jugosos negocios ni estrellas del celuloide que ocupan la atención de los medios de comunicación. También hay personas que van a compartir soluciones concretas a problemas sociales concretos y esto, en los hechos.

Es el caso de los emprendedores sociales que acuden al encuentro de Davos, invitados por la Fundación Schwab, surgida en 1998 por el mismo creador del WEF, Klaus Schwab (alemán), y su esposa, Hilde (suiza).

La junta directiva de la Fundación la comprenden ellos y personalidades como el escritor brasileño Paulo Coelho y el suizo Adolf Ogi, quienes están convencidos de que el valor social debe encabezar una empresa. Es cuestión de voluntad.

Responsabilidad social

Justo a eso se dedica la Fundación Schwab, a buscar a esos atrevidos que transforman el nivel de vida de la gente en su entorno. Hasta ahora van 104 emprendedores sociales reconocidos en todo el mundo. Entre ellos está Felipe Berríos, de Un Techo para Chile.

"Hasta no ir con los jóvenes que están trabajando en Un techo para Chile y con los pobladores que se están beneficiando de la obra y que son copartícipes de ella, uno no se da cuenta de lo que él ha desencadenado", indica Pamela Hartigan, quien dirige la Fundación Schwab desde la ciudad suiza de Ginebra.

Berríos es el hilo conductor de una gran labor iniciada en 1997 con la participación de miles de estudiantes de escuelas de nivel superior que van a donde se encuentran los que menos tienen, para ofrecerles caminos reales que les permitan dar los primeros pasos a una mejoría en sus vidas.

Una simple casita de madera construida por los jóvenes sustituye a los cuartuchos construidos con restos de basura que hasta entonces tenían para cubrirse estas personas marginadas.

Pero el esfuerzo no se queda en eso. Les dan clases para aprender a leer y escribir a los adultos, les sostienen en su camino para generar ingresos, para tener acceso a micro créditos, a conocer sus derechos ciudadanos, a organizar comidas para los niños, etcétera.

Los beneficiaros, los pobladores de los denominados campamentos, se convierten en coautores de la obra de Un Techo para Chile.

En el proceso los padres de estos chicos, las empresas de su entorno y las familias se vuelcan en esta concreta actitud de solidaridad uniendo a dos Chiles distintos que antes ni se tocaban entre sí.

Liderazgo humilde, que compromete a los demás

El sacerdote jesuita Felipe Berríos "ha sabido lograr emponderar a todos los demás para que estén totalmente comprometidos de todas partes de Chile con este modelo, que es impresionante", opina Hartigan. "Todos los demás se vuelvan líderes también".

Las conexiones que la Fundación tiene gracias al Foro Económico de Davos y al interés de otras entidades, como compañías e inversionistas, permite que el padre Berríos, al igual que los otros emprendedores sociales en otros países, se integren a una plataforma de contactos para intercambiar experiencias y para obtener los enlaces necesarios en la búsqueda de soluciones a cuestiones específicas.

"En el caso de un Techo para Chile se ha movilizado a consultores de diferentes universidades como Stanford para que vayan a trabajar en proyectos específicos", apunta Hartigan.

A Davos en el próximo WEF

"Ahora se espera que cuando Berríos venga a Davos (al WEF) y cuando participe en nuestra reunión anual de la Fundación pueda hacer contactos. A él lo que le interesa es diseminar la idea de un Techo para Chile y conseguir aliados en América Latina que puedan seguir con este modelo."

Pamela Hartigan encabeza un dinámico grupo de profesionales en Ginebra que constantemente hacen maletas para viajar por el mundo en busca de estos emprendedores.

De 2.000 candidaturas que llegan a la Fundación Schwab anualmente "habrán unos 30 que de veras son emprendedores sociales".

De voz franca e ideas directas, esta mujer de origen ecuatoriano demuestra que la institución a la que pertenece está muy lejos de ser sólo palabras.

Iniciativa personal

Parece que Pamela Hartigan se encuentra en el lugar idóneo para cumplir con el objetivo con el que cada mañana se levanta: "Hacer algo por el mundo", dice sonriendo. "Uno tiene que asumir".

Lo mismo piensa la trabajadora social Karin Schürch, quién tampoco se queda en palabras.

Desde Berna, Suiza, pone su granito de apoyo a Un Techo para Chile. Basta decir que a los invitados a su boda les propuso que en caso de ofrecer algún obsequio fuera una donación a esa organización.

"También yo tengo las ganas, la motivación de cambiar un poquito el mundo. Lo que yo puedo hacer ahora es reunir donaciones para que algunas familias más puedan aprovechar de esos recursos que tenemos aquí."

Así ha asumido el papel de promotora en Suiza de este esfuerzo en Chile. "Hemos reunido hasta ahora 20.000 francos", indica al tiempo de describir con profunda admiración esta obra que conoció en 2003.

La energía de los jóvenes y de la gente

"Me impresionó mucho cómo se comprometen estos jóvenes voluntarios, su energía. Son miles y miles que trabajan cada año para Un Techo para Chile y que tienen muchas ganas y motivación de cambiar las cosas en su país."

"Algo que yo no conocía antes: se trata de jóvenes con acceso a un alto nivel de educación, quienes provienen de familias con recursos. Se van a los campamentos a vivir días, semanas o años como voluntarios con la gente más pobre, sin recursos, sin formación, no tienen electricidad ni canalización", describe Karin Schürch.

Entre las diversas tareas que realizó en los barrios pobres de Santiago, Karin ayudó a construir las mediagua, estas casitas de madera que dan techo a los que nada tienen. Estas casitas forman parte de un gran proyecto.

"La gente paga el 10% de las casas de madera, deben ser valoradas, no pueden venderlas, ni rentarlas", apunta la trabajadora social suiza, quien hizo una práctica de tres meses con esa organización.

Primeros pasos

"Los cambios son posibles, también con pocos medios", dice convencida. "El objetivo no es construir casitas de madera para todos y ya. Ese es el principio. Con las mediagua, que son construcciones muy sencillas, tienen un techo, sus cosas permanezcan secas. Con eso ellos pueden tener energía para el siguiente paso, la educación, un trabajo..."

Los recuerdos de su labor en Santiago son muchos; entre ellos: "Una mujer de 55 años con lágrimas en los ojos me contó que estaba aprendiendo a leer y escribir con los estudiantes de entre 15 y 17 años, cosa que al principio le apenaba mucho, pero después –me dijo- le alegraba tanto poder leer los titulares de los diarios. Ella vendía rosas en la calle, al igual que su esposo y sus hijos".

Unidos jóvenes y viejos, ricos y pobres

"La cordialidad y el optimismo de la gente de los campamentos la tengo siempre presente. Me decían: "No tenemos dinero, no tenemos un trabajo regular, pero lo que tenemos es buen humor, siempre podemos sonreír y eso nos ayuda a no deprimirnos", describe con una sutil sonrisa que revela la admiración que guarda hacia esas personas.

En Un Techo para Chile "los jóvenes y los viejos se unen, los ricos y los pobres. Esos jóvenes son los que empujan ese gran deseo de cambio en un Chile que antes no quería mostrar una pobreza escondida tras la imagen progresista del país. Estos chicos no quieren que nadie quede aislado de los cambios."

"Como estoy lejos de Chile, no puedo trabajar con mis manos allá, pero el dinero igual sirve", asienta con la esperanza de que este apoyo se amplíe. Al momento de despedirme leo una pequeña insignia que pende en la puerta de su hogar: "Nosotros somos solidarios. Un techo para Chile".

Continúa EN MÁS SOBRE EL TEMA con "Donde todos vemos problemas, ellos ven oportunidades"

swissinfo, Patricia Islas Züttel

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