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En la imagen, de izquierda a derecha, Maritza Marimón, Everlides Almanza y Ana Luz Ortega, integrantes de la Liga de Mujeres Desplazadas que construyeron la Ciudad de las Mujeres, durante una reunión en el centro comunitario en Turbaco, cerca de Cartagena, en el norte de Colombia, el 13 de febrero de 2017. Cuando los combates en Colombia la forzaron a abandonar su granja, Everlides Almanza acabó en un suburbio cercano a la ciudad costera de Cartagena, donde con tan solo unas lonas para refugiarse soñaba con un nuevo hogar. Thomson Reuters Foundation/Anastasia Moloney

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Por Anastasia Moloney

TURBACO, Colombia (Thomson Reuters Foundation) - Cuando los combates en Colombia la forzaron a abandonar su granja, Everlides Almanza acabó en un suburbio cercano a la ciudad costera de Cartagena, donde con tan solo unas lonas para refugiarse soñaba con un nuevo hogar.

Fantaseaba entonces con un edificio de ladrillos, de techo robusto y porche azulejado, pero nunca imaginó que iba a ser ella misma quien lo construiría.

Tras llegar a aquella zona marginal en 1992, Almanza y decenas de otras familias sin recursos, desarraigadas por el conflicto, conocieron a la abogada de derechos humanos Patricia Guerrero, quien las ayudó a organizarse como grupo.

La Liga de Mujeres Desplazadas -muchas de ellas madres solteras y viudas de guerra- se pusieron manos a la obra para construir un nuevo vecindario de 102 casas en la antes inhóspita zona de matorrales de Turbaco, una localidad cercana a Cartagena.

El lugar empezó a ser conocido como la Ciudad de las Mujeres.

"Aprendimos a construir, a hacer bloques, a preparar una mezcla", contó Almanza, sentada en una mecedora bajo la sombra de un árbol de mango, a la Fundación Thomson Reuters.

"Y hubo que pelear. Nos decían que nosotras no éramos capaces de trabajar", agregó la mujer de 60 años.

Desde que se terminó la primera casa, en 2004, este vecindario de casas con fachadas pintadas en verde y rosa brillantes y calles surcadas por filas de árboles ha sido citado como ejemplo de reconstrucción que otras comunidades que salen de un conflicto podrían emular.

Si bien hay hombres que viven en la Ciudad de las Mujeres, son ellas las que están al mando, gracias a que las escrituras de propiedad están a su nombre.

"Son las mujeres las que mandan aquí", dijo Maritza Marimón, otra responsable de esta liga. "Fue una lucha con uñas y dientes para construir nuestras casas. Aquí los hombres no tienen nada que decir (...) esto es de nosotras las mujeres".

DERECHOS RESTITUIDOS

Un acuerdo de paz firmado en diciembre entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ha dado alas a las esperanzas de que 7 millones de colombianos desplazados por la guerra puedan volver a casa o echar raíces permanentes.

A pesar de ello, aproximadamente la mitad de todas las personas desplazadas vive en ciudades, a menudo en refugios improvisados en arrabales en laderas montañosas, sin propiedad alguna sobre la tierra y sin agua corriente.

El modo en que Colombia garantice que su población desplazada tiene acceso a la vivienda es una cuestión clave para cimentar una paz duradera y reconstruir sus vidas, argumentan los analistas políticos.

Para muchos, la Ciudad de las Mujeres -cuyas residentes unieron fuerzas para construir casas conjuntamente y solicitar las escrituras- podría ser un modelo a seguir.

En la década de los noventa, cuando las mujeres vivían en los suburbios de Cartagena, Guerrero prometió ayudar a que se liberasen a sí mismas de las garras de la pobreza.

Al preguntarles por su necesidad más urgente, la mayoría respondieron que querían una casa que pudieran considerar propia. "Con la vivienda, sus derechos son restituidos", dijo Guerrero, que fundó la Liga de Mujeres Desplazadas.

Guerrero finalmente aseguró la financiación -en su mayoría procedente de una ayuda de 500.000 dólares de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional- para comprar unos terrenos donde se construiría la Ciudad de las Mujeres.

No obstante, cuando las mujeres intentaron levantarla, se encontraron de frente con la violencia.

Bandas criminales vinculadas con la droga enviaron amenazas de muerte a la liga, uno de los centros comunitarios construidos por las mujeres fue incendiado y reducido a cenizas, y el marido de una de ellas fue asesinado.

UNIDAS

A pesar de esos sacrificios, las mujeres dicen que su lucha valió la pena.

"Nadie puede quitarme esto. Nadie puede sacarme de mi propia casa", dijo Ana Luz Ortega, de pie en el porche de su casa de paredes color fucsia, en la que vive con su marido y sus hijos.

Como en otros países de América Latina, los derechos de propiedad en Colombia son desiguales entre hombres y mujeres. A las viudas les cuesta especialmente heredar de sus maridos, ya que la tierra a menudo pasa a los hijos varones o a la familia del esposo.

Ahora los títulos de propiedad han dado mayor control y poder de decisión financiero a las mujeres sobre sus casas, y son cruciales para acceder a préstamos bancarios seguros.

"Para mí era muy importante que las mujeres tuvieran sus nombres en el registro de la propiedad ...  Esto da un sentido de la libertad, de la autoestima", dijo Guerrero.

Desde que se construyó, la Ciudad de las Mujeres ha llevado a la creación de una sólida red de activistas que continúan luchando por otros derechos.

"Estas mujeres son guerreras", dijo José Enrique Zafra, que vive en la Ciudad de las Mujeres. "Están unidas, luchan por lo mejor para su comunidad".

A lo largo de los años, las mujeres han hecho presión con éxito a las autoridades gubernamentales para dar servicios a la Ciudad de las Mujeres, incluyendo agua corriente y un colegio local.

Ahora la liga pide rutas de autobús que lleguen al vecindario de noche, iluminación en las calles y un colegio al que puedan acudir los menores de 18 años.

Para Ortega, que creció en el mundo rural, en el que se espera que la mujer se quede en casa y cuide de los niños, unirse a la liga fue un despertar.

"Antes de la liga, ni siquiera sabía que yo tenía derechos como mujer ... que como mujer tengo derecho a elegir lo que yo quiero y ser respetada", confesó.

"Antes yo era una sometida. Ahora me siento como una mujer liberada".

(Reporte de Anastasia Moloney; Traducido por Enrique Anarte; Editado en español por Ana Laura Mitidieri)

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Reuters