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SERIE ANARQUISTAS EN SUIZA – 1 “El Palacio Federal volará por los aires este mes. ¡Temblad!”

El presidente Schenk recibe una carta amenazadora. ¿Quién está detrás?

El presidente Schenk recibe una carta amenazadora. ¿Quién está detrás?

(Andrea Caprez)

Esta nueva serie de swissinfo.ch quiere evocar algunos atentados anarquistas, poco conocidos, cometidos en suelo suizo. Estos episodios históricos muestran distintas formas de terror que Suiza tuvo que afrontar al inicio del siglo XX. Capítulo 1: Cómo el Palacio Federal se convirtió en objetivo terrorista.

El 26 de enero de 1885 el presidente de la Confederación, Karl Schenk, se sintió aterrorizado al revisar el correo llegado al Palacio Federal. Una carta anónima le avisaba que los anarquistas tenían la intención de “hacer saltar por los aires el edificio durante una sesión plenaria del Consejo Federal [Gobierno suizo]”.

“Ordene vigilar el Palacio Federal día y noche, no permita la entrada a ningún extraño, pero tenga cuidado porque todos mis compañeros están provistos de armas y ácido sulfúrico”, carta anónima 

Fin de la cita

Diecisiete hombres se habrían ofrecido voluntarios para “cumplir el terrible trabajo”. La dinamita y el mecanismo de detonación se encontraban ya en Berna. El material explosivo era suficiente “para destruir toda la ciudad”.

Al parecer, el autor de la carta, que se identificaba como “número 5”, tenía remordimientos de conciencia. En la misiva afirmaba: “Me estremezco ante la idea de ser cómplice y colaborador del terrible crimen y hago esta confesión a instancias de mi querida mujer”. Concluía con un consejo: “Ordene vigilar el Palacio Federal día y noche, no permita la entrada a ningún extraño, pero tenga cuidado, porque todos mis compañeros están provistos de armas y ácido sulfúrico”.

Karl Schenk, entonces presidente de la Confederación.

(zvg)

Cambiar la sociedad utilizando la fuerza

El presidente Schenk no tomó la carta a la ligera. En aquellos años los atentados contra las testas coronadas y otros representantes del poder estatal se habían vuelto bastante frecuentes. En su mayoría, los autores eran partidarios de la denominada propaganda de la acción, una corriente ideológica dentro del anarquismo que abogaba por el uso de la violencia para cambiar la sociedad. Los puñales y pistolas utilizados en los primeros atentados dejaron pronto su lugar a las bombas, que los terroristas fabricaban con la dinamita patentada por Alfred Nobel en 1867.

En octubre de 1878 el rey español Alfonso XII recibió un disparo, un mes más tarde el rey Umberto I de Italia sufrió heridas leves en un ataque con un puñal y en 1881 el zar Alejandro II perdió la vida en un atentado con dinamita. Sin embargo, el récord lo detentaba el emperador Guillermo I, que sufrió tres atentados desde 1878. Sobrevivió al último porque la bomba no explotó debido a que el detonador estaba húmedo. A la vista de estos acontecimientos, el presidente Schenk no podía descartar que los anarquistas estuvieran efectivamente planeando un atentado al Palacio Federal.

Imagen histórica del Palacio Federal en Berna

La plaza Bundesplatz y el Palacio Federal en Berna alrededor de 1900.

(Business Graphics Datentechnik GmbH)

Refugio para anarquistas extranjeros

Aunque hasta entonces Suiza se había salvado de los atentados, desempeñaba un papel importante en el terror anarquista. 

“Mientras tengamos una casta de holgazanes, mantenidos por nuestro trabajo con el pretexto de que son necesarios para dirigirnos, esos holgazanes siempre serán una fuente de infección para la moral pública”.  L’Avant-Garde

Fin de la cita

Gracias a su política liberal en materia de asilo se convirtió en un importante refugio para los perseguidos políticos, procedentes sobre todo de Alemania, Francia, Italia y Rusia, que continuaban su lucha desde el territorio de la Suiza neutral. Se organizaban en círculos secretos y, como la libertad de prensa estaba consagrada en la Constitución suiza desde 1848, imprimían aquí sus folletos y revistas para luego introducirlos clandestinamente en sus países de origen.

Por eso no es casualidad que los heraldos más importantes del anarquismo militante, Freiheit y L’Avant-Garde, se fundaran en Suiza. 

Ambos proclamaban la “necesidad de la revolución” y propagaban la violencia como medio legítimo contra la explotación, la opresión y la hipocresía. “Mientras tengamos una casta de holgazanes, mantenidos por nuestro trabajo con el pretexto de que son necesarios para dirigirnos, esos holgazanes serán siempre una fuente de infección para la moral pública”, podía leerse en L’Avant-Garde. “Tenemos la peste en casa, debemos destruir la causa, y, si hay que hacerlo a sangre y fuego, no debemos dudar”.

El Palacio Federal por dentro 

El Palacio Federal por dentro 

(Burgerbibliothek Bern)

Debido a su actitud liberal, Suiza acabaría teniendo dificultades en repetidas ocasiones. Cuando en 1878 L’Avant-Garde publicó un himno de alabanza al regicidio, Italia, Alemania, Rusia y España reaccionaron activando la presión diplomática y exigiendo la prohibición de la revista. El gobierno suizo cedió para no poner en peligro las relaciones con sus vecinos europeos y un tribunal condenó al autor del artículo a dos meses de cárcel y diez años de expulsión por incitar a la violencia contra los jefes de Estado extranjeros.

“Los obreros construyen palacios y viven en chozas miserables”

El aviso anónimo llegó en un momento particularmente preocupante para el presidente de la Confederación Helvética. Solo un mes antes, el anarquista alemán Friedich August Reinsdorf, autor intelectual del atentado contra Guillermo I, había sido condenado a muerte. En su defensa dijo ante el tribunal: “Los obreros construyen palacios y viven en chozas miserables, producen todo y sostienen toda la maquinaria del Estado y, sin embargo, nada se hace por ellos; fabrican todos los productos industriales, pero tienen poca o mala comida que llevarse a la boca. (...) ¿Esta situación tiene que durar eternamente? ¿No es acaso nuestra obligación cambiarla?

August Reinsdorf.

(zvg)

Reinsdorf había vivido en Suiza durante muchos años y estaba bien relacionado con el mundo anarquista local. No podía por lo tanto descartarse que sus compañeros quisieran vengarse de la condena a muerte volando el Palacio Federal.

El diabólico plan también podía estar relacionado con el destino del alemán Hermann Stellmacher y el austriaco Anton Kammerer. Igualmente ambos habían vivido en Suiza antes de cometer varios asesinatos políticos en el extranjero y fueron condenados a muerte por un tribunal vienés en septiembre de 1884. Desde entonces habían sido ensalzados por sus camaradas como “mártires de la revolución social”.

El periódico Freiheit hizo un llamamiento explícito a la venganza: “Muchos canallas deben caer aún bajo la daga o el revólver de los anarquistas. Tampoco perdonaremos a aquellos que han llevado a Stellmacher a la horca. Su muerte debe ser redimida con sangre”. Dado que Stellmacher había abandonado apresuradamente su residencia en San Galo al enterarse de que se iba a producir un registro domiciliario de manera inminente, sus camaradas podrían querer vengarse de las autoridades suizas.

Suiza no puede escapársenos

Seis días después el presidente Schenk recibía una segunda carta anónima. Mientras que la primera procedía de San Galo, donde había vivido Stellmacher, la segunda fue enviada desde Frauenfeld. Pero había sido escrita, inequívocamente, por la misma mano y repetía el mismo aviso.

El 4 de febrero llegó una nueva carta procedente en esta ocasión de Winterthur, en la que se afirmaba que “la explosión del Palacio Federal” ocurriría “indefectiblemente a lo largo de este mes. ¡Temblad!”. Posteriormente, en una cuarta carta se indicaba que en una oficina postal cercana a Berna se hallaría una misiva de los conspiradores. Efectivamente, la policía encontró un plano e instrucciones detalladas sobre el modo de introducir la dinamita en el Palacio Federal.

Finalmente, el 21 de febrero la revista Freiheit, que entonces se imprimía en Londres, lanzaba una advertencia a todos “los bandidos de cuello blanco de los distintos países de Europa”. En ella se podía leer: “En Inglaterra ya se emplea la dinamita de manera pródiga. Suiza no se nos puede escapar. (...) ¡Uno para todos y todos para uno! Nuestra patria es el mundo”. Allí donde se encuentra el Palacio Federal, los anarquistas pronto “esparcirán sal y ararán la tierra”.

Oleada de detenciones

Poco después el Consejo Federal decidió abrir una investigación criminal “contra las personas que, en territorio helvético, habían incitado a cometer actos violentos en la propia Suiza o en el extranjero o que, de otro modo, habían intentado alterar el orden constitucional y la seguridad interior del país”.

Al día siguiente, a primera hora de la madrugada, se detuvo a 24 anarquistas extranjeros en Berna y a 7 en San Galo, y sus domicilios fueron registrados. En otras ciudades se produjeron también nuevas detenciones. Se confiscó una gran cantidad de folletos, periódicos y correspondencia privada.

Carta de Nueva York

Sin embargo, estas intervenciones no pusieron fin a la serie de cartas anónimas. En primer lugar, llegó una carta amenazadora remitida desde Winterthur y poco después una de París. En ella podía leerse: “Vuestro presidente puede rodearse de numerosos guardias pero morirá como un perro, ¡porque haremos volar su palacio!”.

El 12 de marzo llegó una carta de Nueva York, cuyo autor anónimo afirmaba saber que un alemán “vestido como un caballero, con barba y bigote rubios, alto y fuerte” había recibido el encargo de volar el Palacio Federal. El asesino llevaría el explosivo escondido en una pequeña bolsa o “tal vez bajo su sombrero”.

Al día siguiente, una nueva carta anónima informaba que una organización anarquista suiza había decidido “hacer saltar por los aires a todos los miembros del Consejo Nacional [cámara baja del Parlamento], del Consejo de los Estados [cámara alta] y del Consejo Federal”

Cuestiones aún abiertas

La pista decisiva que permitió aclarar el origen de las cartas vino de un policía de San Galo, que fue capaz de atribuir la escritura de ciertas cartas al peluquero alemán Wilhelm Huft, quien de vez en cuando escribía para la prensa anarquista.

“La vanidad, la perfidia y la mezquindad, la vanidad sin límites y una sed de escándalo insaciable”. Retrato de Wilhelm Huft por el juez de instrucción.

Fin de la cita

El 31 de marzo Huft fue detenido e interrogado. Defendió su inocencia, y continuó declarándose inocente en el segundo y tercer interrogatorio. Después de 44 días de detención se ahorcó en su celda con un pañuelo de seda. El informe final del juez de instrucción trazaba un pésimo retrato del detenido. Huft era descrito como una persona llena de “vanidad, perfidia y mezquindad” y se lo tildaba de mujeriego y visionario “que disfruta inventando”.

Sin embargo, el informe no respondía a la cuestión de cómo Huft fue capaz de organizar el envío de varias cartas anónimas desde distintas ciudades suizas, así como desde París y Nueva York. El Consejo Federal puso fin al caso expulsando a 21 anarquistas sin demostrar que hubieran cometido delito alguno.

Aún hoy no está claro si los anarquistas quisieron volar el Palacio Federal o si todo el asunto fue producto de la imaginación de un barbero ácrata. No obstante, esta extraña historia sirvió de inspiración al músico y cantautor bernés Mani MatterEnlace externo para componer una reflexión musical, muy popular en Suiza, sobre la democracia.

Atentados en Suiza

Una mirada retrospectiva a la historia de Suiza muestra que los actos de violencia con trasfondo político fueron mucho más frecuentes de lo que hoy podemos imaginar. El primer atentado terrorista en suelo suizo tuvo lugar en 1898 contra la emperatriz Isabel de Austria, quien fue apuñalada por el anarquista Luigi Luccheni. Sissi fue la primera víctima del terror anarquista en Suiza, pero no la última.

A principios del siglo XX Suiza fue escenario de una auténtica ola de violencia terrorista. Los anarquistas atacaron bancos y el cuartel de la policía en Zúrich, intentaron volar varios trenes, chantajearon a los empresarios, cometieron atentados con bombas y asesinaron a personalidades políticas.

La mayor parte de los terroristas procedían del extranjero: rusos, italianos, alemanes y austriacos que habían encontrado asilo político en Suiza. Solo unos pocos eran suizos y la mayor parte de estos mantenían un estrecho contacto con anarquistas extranjeros. Sin embargo, el terror que estos criminales produjeron fue generalmente mayor que el daño. A veces eran tan inexpertos que las bombas les explotaban accidentalmente mientras las fabricaban.

Para Suiza, la violencia anarquista fue un desafío político. El país reaccionó con expulsiones y un endurecimiento de las leyes. En la denominada Ley de Anarquistas, de 1894, se aumentaron las penas para todos los delitos cometidos con ayuda de explosivos y se condenaba también los actos preparatorios. Pero al mismo tiempo, Suiza se negó a endurecer la legislación en materia de asilo, que continuó brindando una generosa protección a los perseguidos políticos.

Fin del recuadro


Traducción del alemán: José M. Wolff

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