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#GenerationE: los jóvenes emigrantes “Una vez que conoces a un suizo tienes un amigo para toda la vida”



En Friburgo, además de un trabajo, Henar Varela ha encontrado el amor. Su futuro profesional y personal está en Suiza, dice.

En Friburgo, además de un trabajo, Henar Varela ha encontrado el amor. Su futuro profesional y personal está en Suiza, dice.

(swissinfo.ch)

La crisis inmobiliaria en España también ha traído a Suiza a jóvenes bien formados como Henar Varela, que reescriben y se empapan de la consagrada arquitectura helvética.

Ni una carrera con futuro, ni saber idiomas, ni haber hecho prácticas por medio mundo le sirvieron. Henar Varela (31 años) supo en 2013 que la arquitectura no le permitiría quedarse en España y la burbuja inmobiliaria –causante de la crisis económica española– le estalló en la cara como a tantos jóvenes españoles.

Ese año se propuso Suiza como objetivo laboral: “Sabía por amigos que los arquitectos españoles estamos reconocidos en Suiza y no perdía nada por intentarlo. Yo lo que quería era hacer edificios, no me importaba el dinero”, reconoce. Envió currículums y portfolios, contactó con innumerables despachos de arquitectos en la parte francesa y acertó. “Me llamaron de un importante estudio en Friburgo, Dominique Rosset SA, e inmediatamente me presenté aquí para hacer una entrevista. Tuve mucho miedo, pero desde el primer momento mi empresa me lo puso fácil y nos gustamos mutuamente”, recuerda.

Reconoce que “la llegada no fue del todo amable. Fue en febrero, con mucho frío y bastante nieve, pero el país y la ciudad de Friburgo me acogieron con los brazos abiertos”, afirma. Con un francés escaso, pero suficiente para desenvolverse las primeras semanas, sin casa y sin cuenta corriente, recuerda que “lo más duro fue lograr alquilar un apartamento sin tener en la mano (pero sí en trámite) mi permiso de residencia. Aun así, gracias a mis nuevos compañeros de trabajo todo lo pude resolver”.

Desde el principio Varela se sintió como en casa. “Un país entero por descubrir, miles de sitios para visitar y todas las montañas para mí. Me sentía la mujer más afortunada del mundo. Estaba trabajando en lo que más me gusta, con un buen salario y en el mejor entorno natural”, cuenta. “Eso sí, siempre consciente de que en Suiza nadie te regala nada. Esto no es jauja y desde el primer momento he tenido que trabajar mucho y adaptarme a casi todo”, añade la arquitecta.          

La arquitectura habla español

No hay cifras oficiales, pero el colectivo de arquitectos españoles en Suiza es numeroso y está presente en casi cualquier proyecto nuevo inmobiliario que se realiza en el país. A los estudios suizos les seducen los conocimientos técnicos, la buena disposición y la creatividad desbordante de los españoles. “Llegamos con conocimientos de sobra (otorgados en la inmensa mayoría de los casos, por universidades públicas españolas) y con unas ganas inmensas de trabajar. Pero la adaptación cuesta y mucho”, afirma.

“Desde aprender a manejar programas informáticos que no están tan extendidos en España, hasta estudiar en profundidad las normativas cantonales referentes a edificación ¡y en otro idioma!”, resume Varela. Todo esto y más para dar la talla en un país cuya exigencia laboral también es alta. “A día de hoy mi trayectoria profesional no puede estar en mejor situación: He aprendido a construir a la manera suiza, a empaparme de su calidad en edificación (muy diferente a la española), he ganado concursos públicos y hasta he empezado a proyectar en solitario de la mano de un socio (y amigo) suizo, formando nuestra propia firma”, cuenta.

Para Henar, “los profesionales españoles aportan disponibilidad y seriedad, además de una excelente cualificación. Jamás verás a un arquitecto español en Suiza desmotivado, aquí hay mucho que hacer y en general, tenemos iniciativa”.

Amor y otras lenguas

A los pocos meses de llegar a Suiza se enamoró: “¿Quién me iba a decir que además de todo lo bueno que tiene este país, también encontraría el amor?” Conoció a Rodrigo, español como ella y llegado a Suiza un par de años antes, en 2011, país en el que su madre llevaba casi 30 años trabajando. “Es, sin duda, lo mejor que me ha dado este país pero no lo único”, reconoce Henar. Junto a él ha creado un proyecto vital más suizo que español. “En nuestra casa nos quitamos los zapatos al entrar y se come fondue igual que si fuera paella”.

La motivación también le ha llegado a Henar Varela gracias al bilingüismo friburgués. “Al tiempo de llegar y movida por vivir en un cantón bilingüe, decidí aprender también [dialecto] suizo alemán”. Horas de estudio y esfuerzo para adquirir los conocimientos suficientes “que me permitan, por ejemplo, relacionarme con un cliente germanoparlante sin avergonzarme. Vivir en un país multilingüe te pone por delante ese reto y decidí aprovecharlo al máximo”, recuerda.

Lejos de casa

Henar planea su futuro profesional y personal en Suiza “y casi podría firmar que del cantón de Friburgo no me voy a mover”. Afirma que “el carácter suizo es muy diferente al español, pero que una vez que conoces a un suizo tienes un amigo para toda la vida”. Además, presume de haber “sacado el lado más divertido de los suizos que me rodean”. Lo cierto es que antes de su llegada “pocos compañeros habían quedado a tomar un gin tonic después del trabajo y yo creo que aporto esa alegría”, cuenta.

“Lo peor de esta aventura es encontrarte lejos de la familia y los amigos. En Madrid [su ciudad natal] tengo media vida y es duro asumir que no voy a volver”, confiesa la arquitecta.  Y añade: “Pero es verdad que al estar en una ciudad pequeña como Friburgo todo es más fácil y hemos hecho de la amistad una familia”.

A Henar le duelen los años fuera de casa: “Las cosas que me pierdo, los amigos que no veo o a mi familia a la que echo profundamente de menos”. Y como a casi cualquier inmigrante, “me puede el sentimiento de no ser de ningún lado. En Madrid ya no me siento de allí, pero en Suiza aún puedo verme extraña”.

Mientras, la vida continúa para ella sintiéndose afortunada de haber caído en Friburgo, “que antes de llegar no podía ni situar en un mapa”, pero de cuyas calles y arquitectura se reconoce “profundamente enamorada”.

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