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Búnkeres en Suiza “Queremos hormigón sobre la cabeza”

Por
Un militar suizo con bigote y boina en la entrada a un búnker subterráneo.

El que quiera conocer suiza también debería echar un vistazo a lo que se esconde bajo tierra.

(Keystone)

El historiador suizo Jost Auf der Maur ha publicado un libro sobre la Suiza subterránea: un viaje que le ha llevado a depósitos de agua potable y edificaciones monstruosas del poder político, y nos da otra visión sobre el país alpino.

Jost Auf der Maur: "Quien se interese en Suiza, debe considerar también el país artificial que se construyó bajo tierra". 

(Tom Haller/Echtzeit Verlag)

Jost Auf der Maur, ¿qué le fascina del tema ‘Suiza subterránea’?

Este inmenso espacio bajo tierra posee una extensión importante. Por otra parte, me interesa el país y su historia. Está claro que Suiza, sin su costosa infraestructura subterránea, dejaría de funcionar. El que quiera conocer Suiza, también tendrá que echar un vistazo a lo que hay debajo de la superficie.

¿Cómo es la Suiza subterránea? ¿Qué se ve? ¿Se ve algo?

El olor de la Suiza subterránea no es uniforme, incluso cada uno de los trenes que pasa huele distinto. La mayoría de las veces el olor en el interior de la tierra es poco apetitoso, huele a enmohecido y a humedad. La arquitectura es prosaica, tiene que responder a fuerzas enormes que tratan de cerrar las llagas dentro de la montaña. Además, uno pierde enseguida la orientación. Hay muchas cosas que un no entendido como yo desconoce y de las que, por tanto, no se percata, a menos que alguien te lo explique.

¿Qué es lo que más le ha impresionado?

La diversidad. Además, me han parecido sobrecogedoras las cavernas subterráneas de las centrales hidroeléctricas que se construyeron a mediados del siglo pasado. En esas catedrales del progreso, estéticamente elaboradas, aún se celebra una fe inquebrantable en la tecnología y a la que el ruido incesante de los generadores le viene como anillo al dedo. Luego, muchos depósitos de agua potable son sencillamente bonitos. Aquí se manifiesta la preciosidad del agua; uno se da cuenta enseguida de que los depósitos de agua potable son más importantes que las cámaras acorazadas subterráneas de los bancos.

¿Y qué es lo que más le ha agobiado?

Los engendros del poder político, las inversiones malgastadas, la miopía de los técnicos y políticos que hicieron cosas sin tener en cuenta la política real y que, al final, salieron impunes. Algunos ejemplos son la enorme obra de protección civil proyectada en la ciudad refugio de Sonnenberg en Lucerna o el túnel de la llamada Bedrettofenster. Tiene una longitud de más de 5 kilómetros, pero por él nunca ha pasado un tren. También las fortificaciones son en su mayoría cuestionables desde el punto de vista conceptual. En los fuertes la gente esperaba guerras que ya formaban parte del pasado.

Pero en su libro Die Schweiz unter Tag. Eine EntdeckungsreiseEnlace externo’ (Suiza bajo tierra. Un viaje de exploración) también se lee que la ‘Suiza subterránea’ no solo tiene que ver con nuestro Ejército.

Sí, es cierto. Desde la fundación del Estado federal [1848], el Ejército suizo ha construido tres generaciones de fortificaciones. Las últimas se terminaron de construir después de la Guerra Fría y se abandonaron rápidamente por caducas. Sin embargo, el Ejército solo construyó alrededor del 8% de todas las obras subterráneas. Se trata de 250 kilómetros de cavidades transitables. El transporte, la fuerza hidroeléctrica y la protección civil –con 1 240 kilómetros, 800 y cerca de 1 200, respectivamente–son todas mucho más extensas.

Con relación a su extensión, Suiza es campeona mundial en lo que a obras subterráneas se refiere. ¿Qué conclusiones saca?

Suiza ha ampliado su territorio hacia el centro de la tierra; esto no es un juicio de valores, sino un hecho comprobable. Muchas veces se trata de algo práctico, y la palabra ‘práctico’ es en Suiza un término que lo santifica todo. Veo dos cualidades que se contradicen: el elemento unificador y lo hermético. Al parecer, ambos cubren necesidades importantes. Queremos atravesar los Alpes hacia el sur y hacia el norte. Pero también queremos losas de hormigón armado sobre nuestras cabezas por si se presenta el denominado “caso de emergencia”. Desde 1847, nuestro país ha permanecido al margen de este “caso de emergencia” [guerra], pero en nuestro vocabulario sigue siendo la palabra más grave. El “caso de emergencia” servía para justificar e imponer casi todo, sobre todo, durante la Guerra Fría.

En retrospectiva, parece que muchas edificaciones son una absoluta locura, por ejemplo, el refugio de protección civil de Sonnenberg en el cantón de Lucerna. Y, sin embargo, no parece descabellado proporcionar protección a los ciudadanos, incluso si se exagera a veces.

La ciudad refugio de Sonnenberg es una fantasmagoría de la Guerra Fría. Cuando en 1986 viví de cerca el incendio de Schweizerhalle en Basilea, nadie se fue un refugio subterráneo, y no solo por estar llenos de ferrocarriles en miniatura, armarios y estantes para almacenar vino, sino porque no se recibía la señal de radio. Además, es una cuestión de filosofía: prefiero gastar miles de millones en losas de hormigón armado para el día X, o destinar las inversiones al progreso social. Somos prácticamente los únicos en el mundo que hemos optado por las losas de hormigón. Aquí es donde yace realmente la “singularidad” del caso suizo [‘Sonderfall Schweiz’].

Quizás algún día estaremos agradecidos por tener esas losas de hormigón. Estados Unidos y Corea del Norte se amenazan mutuamente con armas nucleares. ¿Dónde si no bajo tierra nos podríamos refugiar de los posibles efectos de una guerra nuclear?

La mejor protección comienza mucho antes de las amenazas. Tenemos que atar corto a los alarmistas, y para ello se requiere cultura y seguridad en sí mismos, valor cívico, educación y mediación. Henri Dunant reivindicaba el principio femenino en la política, sin el cual no sería posible alcanzar la paz. Las palabras de Dunant siguen vigentes hoy más que nunca.

Datos interesantes

Si se encadenaran todos los túneles subterráneos teoréticamente transitables y construidos artificialmente sumarían 3 750 kilómetros, la distancia de Zúrich a Teherán. 

La mayoría de las construcciones subterráneas no son para el ejército (250 km), sino para la fuerza hidroeléctrica (803 km), el transporte (1 238 km), la protección civil (cerca de 1 200 km), la investigación (50 km) y la minería convencional (300 km).

Suiza dispone de plazas en refugios subterráneos de protección civil para el 115% de la población. En ningún otro país del mundo se rebasan los requerimientos mínimos.

Todo el material extraído llenaría un tren de carga de más de 10 000 km. Si el tren viajase a una velocidad de 60 km/h, se quedaría la barrera de un paso a nivel cerrado durante siete días. (swi)

Fin del recuadro

Bajo el punto de vista de la seguridad, usted ve la Suiza subterránea con mucho escepticismo y negatividad. ¿No hay también aspectos positivos? ¿No nos obliga la topografía a horadar las montañas?

Correcto, la topografía invita a abrir un agujero tras otro. Pero no lo critico en general, solo aporto mis observaciones. Admiro y respeto muchas de las obras. Pero si el Ejército entierra un proyecto de entre 12 000 y 15 000 millones de francos en las rocas de Uri sin consultar al pueblo, como lo hace en la actualidad con el proyecto NEO [proyecto informático Network Enables Operations del Ejército], empiezo a desconfiar. NEO se convertirá en algo parecido a un monte electrónico para los jefes del ejército, desde el cual los generales podrán supervisar en tiempo real todo el territorio de Suiza como si se tratara de un solo campo de batalla. Mucho me temo que va camino de transformarse en algo tan grande que escándalo del Mirage y sus excesivos costes nos parecerán una chiquillada. Tengo curiosidad por saber qué medios informativos se atreven a investigar este caso.

En su libro llega a la conclusión de que Suiza posiblemente se haya encomendado al subsuelo por ser un país en el que reina la agorafobia, donde se tiene miedo a las plazas abiertas y vacías. La tesis suena bien, ¿pero por qué deberían darnos miedo las plazas?

Tal vez porque nos atormenta dejar una plaza vacía, desaprovechada, sin ningún fin comercial. Tal vez porque, como ciudadanas y ciudadanos de una república campesina, no somos capaces de asumir la amplitud de un espacio feudal. Porque estas plazas con sus grandiosos edificios como telón de fondo –los vemos en Italia, Rusia, Francia– requieren un paso firme y aplomado. La mayoría de nosotros carecemos de esa elegancia y del placer de impresionar. Incluso si fuéramos capaces, nos daría vergüenza.

Hasta ahora a Suiza no le ha ido mal con esta agorafobia y las singulares losas de hormigón. ¿No residirá tal vez el secreto de nuestro éxito en esa Suiza subterránea?

‘Secreto del éxito’: es una expresión más que oportuna. Construimos con esmero, somos discretos, buscamos la perfección, preferimos lo práctico. El pueblo soberano suele aprobar con regularidad las obras del subsuelo. Queremos confiar en esas instalaciones subterráneas. Proporcionan estabilidad al país, no solamente en lo funcional, sino también en el sentido metafísico.

Puede que Dios no esté en el cielo, sino en el centro de la tierra…

Un místico como el padre Klaus diría que Dios tiene que estar en el centro de la tierra, pues se dice que Dios está en todas las cosas.

Cuando usted dice “construimos”, solo dice una verdad a medias. Dejamos que el trabajo sucio lo hicieran, en su mayoría, los extranjeros. Su libro incluye muchos comentarios críticos sobre este tema.

Las personas que construyeron la Suiza subterránea necesitaban un sueldo. Construyeron el primer túnel ferroviario del San Gotardo por un jornal equivalente a 4 kilos de pan.

Usted dice que 10 000 personas han perdido la vida en la construcción de la Suiza subterránea en los últimos 150 años. ¿Cómo ha llegado a esta cifra gigantesca?

He hecho la suma. Y he añadido también a aquellos que murieron debido a las pésimas condiciones de vida al margen de los túneles. Murieron de fiebre tifoidea, tuberculosis, helmintiasis y gripe. Murieron por la estrechez infrahumana. Por eso he incluido, además de los mineros, a sus mujeres e hijos en las aldeas aledañas, pero también a los centenares de personas enfermas que fueron enviadas a su tierra para que su muerte no ocasionara costes en Suiza. Ya va siendo hora de que les erijamos un monumento en señal de agradecimiento y para honrar su memoria.

¿Se han terminado las obras en la Suiza subterránea?

En absoluto. Al contrario, se están multiplicando las obras para la construcción de más túneles. No obstante, espero que se construya el sistema de transporte subterráneo Cargo Sous Terrain, que descongestionará el tráfico en la superficie y no dañará el medio ambiente.

¿Y qué suele hacer Jost Auf der Mauer cuando no anda investigando bajo tierra?

Leer, cocinar y disfrutar de la luz del día.

Este artículo se publicó en alemán en el diario suizo Luzerner ZeitungEnlace externo


Traducción del alemán: Antonio Suárez

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