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Carnicero, político, rusófilo "Los rituales no importan; importa actuar bien"

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(swissinfo.ch)

Canta canciones cosacas, ha sido condecorado por dignatarios de alto rango de Rusia y desea que a su natal Andermatt (cantón de Uri), del que fue alcalde, lleguen más turistas de ese país. Ferdinand Muheim ha velado por acercar a suizos y rusos.

El famoso Puente del Diablo, que une las gargantas de Schöllenen, está envuelto en una niebla espesa y fría. Las montañas son invisibles. El río Reuss ruge sobre las rocas. Reina un ambiente como del Siglo XVIII. Ferdinand Muheim espera en Andermatt, un pequeño pueblo a mitad del camino que conduce al San Gotardo. Otrora era el alcalde, ahora solamente se ocupa de su comercio de carne y productos lácteos.

El concepto de la denominada “diplomacia local”; es decir, aquella en la que gente común trata de acercar a pueblos y naciones, gana popularidad. Ferdi  -diminutivo con el que le llaman sus amigos-  es la personificación de un diplomático de base. Me espera en la calle frente al restaurante Bären, recientemente inaugurado, y me conduce al interior, hacia la cocina.  

 

Privet, (¡hola!) dice en ruso, un saludo que rompe el hielo. “Acabo de regresar de Kislovodsk (estación termal en el sur de Rusia), dice a modo de presentación. “Tenía que perder un poco de peso”.

Tipo cosaco

Cualquiera que lo encuentre por primera vez advierte que tiene algo del ruso meridional, algo de cosaco. Los bigotes frondosos, la sonrisa que ilumina su cara amable, su fuerza, su físico fornido hacen pensar en los héroes de la novela El Don Apacible, la gran epopeya sobre los cosacos escrita por el premio Nobel  de Literatura, Mijaíl Shólojov.

Pero Ferdinand es suizo hasta la médula. Nació en Andermatt en 1951. Tras seis años de educación primaria y dos de secundaria, realizó la formación comercial (dos años más) en Estavayer-le-Lac, en la Suiza de expresión francesa, de ahí su dominio de esa lengua. Posteriormente dedicó tres años al oficio de carnicero y abarrotero e ingresó más tarde en el Instituto Suizo para la Formación de Emprendedores (IFCAM), en Zúrich, donde estudió tres años más.

“En Andermatt están mis raíces”, dice. Pero conoce también el mundo exterior. Vivió muchos años en el extranjero, como director del Centro Suizo de Londres, que informa sobre Suiza.

Andermatt puede ser un lugar apartado, pero es especial. Es un puente entre el sur y el norte de Europa, entre las zonas de habla alemana e italiana de Suiza.

En 1799, las tropas del general ruso Aleksandr Suvórov  atravesaron el pueblo, y desde entonces el apellido Russi es bastante común en el lugar. La gran cruz tallada en roca en 1899, merced al entusiasmo de ciudadanos rusos, para conmemorar el centenario de la campaña del gran general, fue la llave que abrió a Ferdinand las puertas de Rusia y su cultura.

En 1985 se hizo cargo de la carnicería de sus padres, la Metzgerei Muheim Andermatt. Más tarde, en 1996, fue electo alcalde, cargo que ocupó hasta 2002.

“Tenemos muchos vínculos internacionales”, explica. “Estamos hermanados con poblaciones de Japón. He estado allí varias veces. Además, siempre hemos sido conscientes de la importancia de la presencia rusa. Y no se olvide que era entonces la época de la Guerra Fría. Pero yo sabía que, como suizo, podía abrir puertas que estaban cerradas a los demás”.

“Son nuestros amigos”

Como alcalde y miembro del consejo, Ferdinand era responsable de la conservación del monumento a Suvórov y sus tropas, la cruz tallada en el acantilado en el famoso Puente del Diablo, en el valle de Schöllenen.

Viaja regularmente a Rusia, sobre todo a Moscú. Y desde hace  más de 20 años, gracias a él, Andermatt mantiene lazos estrechos  con la ciudad de Táldom, al norte de Moscú.

También merced a una iniciativa suya, escolares de esa ciudad vienen a Suiza cada año para pasar sus vacaciones, respirar el aire puro de las montañas y admirar los magníficos alrededores de Andermatt y las huellas de la historia.

“Quería apadrinar a un niño de Táldom, pero tenía que ser ortodoxo, así es que me bauticé como tal”, explica. “Tengo un consejero espiritual y todo lo que es menester. Al final, los rituales no son tan importantes. Lo más importante es actuar bien”.

Pero la vida no es un río apacible. El inversionista egipcio Sami Sawiris  construye un enorme complejo turístico en Andermatt. “Estaría muy contento si hubiera rusos entre los compradores de los nuevos chalets y apartamentos”, dice.

El otrora alcalde es muy consciente de que el proyecto tendrá un impacto importante sobre la que ha sido hasta ahora un población bastante tranquila. Sin embargo, acoge los cambios con beneplácito. “Por supuesto que todo va a ser diferente, pero para nosotros es un gran éxito que el proyecto resultara posible. ¡Y si más rusos vienen, tanto mejor!”

¿Política? ¡No!

Entramos en la tienda. Es uno de los principales comercios del centro. Es ahí donde Ferdinand se gana la vida, pero utiliza también sus ingresos para la  ejecución de sus proyectos sociales.

Al interior del establecimiento hay banderas rusas y dos medallas protegidas por una vidriera. Ferdinand se siente particularmente orgulloso de ellas porque Suiza no otorga ese tipo de condecoraciones.

Recibió la primera de manos de Alejo II, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, en una ceremonia celebrada en la embajada rusa en Berna en 2001. Recompensa su trabajo en favor del monumento a Suvórov.

La segunda, la Orden de la Amistad de los Pueblos, es la más alta presea que  pueda recibir un extranjero. Su adjudicación debe ser aprobada por el propio presidente de Rusia - en ese momento, 2006, Vladimir Putin. El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, le hizo la entrega por su trabajo en la promoción de la amistad suizo-rusa.

Los artículos que vende en su tienda son productos locales, que sus clientes aprecian mucho. Y ellos conocen sus relaciones con Rusia. “Es nuestro representante ruso”, bromean. “Nos gusta que su comercio no sea una carnicería común y corriente, sino una puerta de entrada a un mundo extraño y sorprendente”.

Y ¿qué piensa de un retorno a la política? Ferdinand niega con la cabeza. “No, no volveré a la política. En la actualidad hay un problema en Suiza: no muchas personas están dispuestas a involucrarse en la política local, porque es mucho trabajo y no se gana mucho”.  

“Voy a retirarme pronto, y me mudaré a Rusia. Hacia el Volga”, nos dice al cabo de un momento y al mostrarnos fotografías de esa región con sus extensiones ilimitadas y sus magníficas puestas de sol. “Casi todos mis amigos están en Rusia”, añade.

Al salir a la calle, apunta con el índice hacia una modesta casa de madera frente a nosotros. “Ahí es donde yo vivo”. El aire trae el olor del San Gotardo desde el cual, si uno se esfuerza lo suficiente, es capaz de ver todo el mundo.


Traducción, Marcela Águila Rubín, swissinfo.ch


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