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Diferencias culturales Ante las dificultades de integración, los alemanes abandonan Suiza

Desde 2009 hay más alemanes que se van de Suiza que los que llegan.

Desde 2009 hay más alemanes que se van de Suiza que los que llegan.

(Keystone)

Todo el mundo sabe que la relación entre suizos y alemanes es complicada, con reticencias de ambos lados. Frustrados por un sentimiento de rechazo, cada vez más alemanes regresan a su país. Sin embargo, otros han conseguido sentirse en casa.

Philip Korn vivió cinco años en Zúrich. Después le llegó la hora de volver. No ha sido ni la falta de relaciones sociales ni ningún resentimiento lo que le ha empujado a partir. “Zúrich es una ciudad maravillosa pero también puede ser un pueblo grande”, señala este matemático de 39 años, especializado en economía. Recuerda noches con los amigos al borde del lago, fines de semana esquiando, “fue una época maravillosa”. Echando en falta una urbe mayor, se mudó en 2011 a Londres. Ahora trabaja en Berlín, en una ‘start-up’. “Aquí existe, teóricamente, la posibilidad de descubrir una cosa nueva cada fin de semana”, asegura. Algo que le ha faltado en Zúrich.

Después de unos años, Philip Korn dejó Suiza por Inglaterra. Zúrich no era una ciudad tan cosmopolita como Londres.

(Petra Krimphove)

Muchos jóvenes profesionales como Philip Korn figuran entre los que han vuelto la espalda a Suiza. Sus carreras son más internacionales que las de la generación de sus padres. Cuando encuentran un empleo aquí, en el sector financiero o en la sanidad, muchos son los que se plantean no permanecer en Suiza a largo plazo. Su objetivo es acumular experiencia y disfrutar de salarios altos. Sin embargo, este no era el argumento definitivo para Philip Korn. “En el sector financiero y de la banca se pagan también sueldos altos en otros países”, subraya. Para él, Zúrich fue una parada intermedia antes de continuar viaje.

El que se enamora se queda

Si los jóvenes alemanes llegan a sentirse en Suiza como en casa se debe, normalmente, a que el amor ha entrado en juego. El amor crea un vínculo emocional con el nuevo país y representa al mismo tiempo un billete de entrada en la sociedad suiza. Quien forma parte de una gran familia suiza no tiene necesidad de preocuparse de su integración.

Esta es, por ejemplo, la historia de Benjamin Schupp, que llegó desde Berlín en 2008 con su compañera zuriquesa. “Tenía ganas de probar la vida en Suiza”. Hoy sin embargo desearía volver a Alemania si sus hijos, habidos de una relación hoy acabada, no tuvieran sus raíces aquí. Echa de menos la diversidad cultural y social de Berlín, así como la manera directa de comunicarse. No, no siente hostilidad alguna contra Suiza, pero subsiste una cierta distancia.

Como pareja de una ciudadana suiza no tuvo problemas para establecer contactos en Zúrich. Cuando llegaron, los dos tenían ya un círculo de amistades. Sin embargo, en el trabajo Benjamin Schupp tuvo que empezar por aprender nuevas reglas y apartar las viejas costumbres. Dar la mano, presentarse, observar, acordarse de los nombres. “Aquí todo pasa a través de los contactos personales”, constata este hombre de 43 años. Ahora sabe cómo debe comportarse un alemán para no ser mal visto. No obstante, a veces no se siente verdaderamente integrado y lo mismo ocurre con muchos de sus compatriotas. Vuelven a su país porque echan en falta a sus amigos.

En los foros de internet muchos alemanes cuentan la aversión no disimulada de que son objeto. Cajeras cuya sonrisa se crispa cuando se dan cuenta de que su cliente es alemán, colegas que permanecen distantes, todo ello parece una versión inofensiva del resentimiento. Sin embargo, algunos suizos dan también vía libre a su propio descontento en el espacio anónimo de internet. “Llegan aquí, toman nuestros empleos, ganan buenos salarios, pero siguen haciendo sus compras en Alemania y todavía se permiten quejarse”, puede leerse acerca de los expatriados alemanes. Más aún: “Los fanfarrones que presumen de su país se abren aquí sitio a codazos y utilizando el poder de la palabra, mientras nosotros nos comportamos con reserva y humildad para evitar los conflictos”.

Los alemanes abandonan Suiza

En Suiza viven casi 300 000 alemanes. Un estudio elaborado por la Universidad de Viena en 2015 analizaba el sentimiento de integración de esta comunidad. Para el 41% de estos alemanes Suiza se ha convertido en su patria, mientras que otro 40% no se siente integrado. Una tercera parte considera que no son bienvenidos.

Es probablemente por esta razón por lo que la inmigración de nuestros vecinos alemanes ha disminuido considerablemente. Desde 2009 hay más alemanes que se van de Suiza que los que llegan. Aprovechan el repunte económico de estos últimos años en su país y la subida de los salarios. La economía alemana tiene como objetivo específico el retorno de su personal cualificado.

A este argumento económico se añade otro de carácter emocional: la Iniciativa sobre la inmigración masiva y el clima político aumentan la sensación de no ser bienvenidos que tienen muchos alemanes. Sin embargo, en muchas ocasiones, la decisión de regresar está motivada simplemente por la morriña o nostalgia de una cultura más familiar.

A veces basta con callarse

No tomarlo personalmente y no esconderse en un rincón para lamentarse. Este es el consejo de algunos alemanes a sus compatriotas. También Philip Korn ha sentido la reserva de los suizos con respecto a los alemanes. Ha visto suizos que se alejaban de la barra cuando a su lado se sentaban alemanes demasiado ruidosos. No es fácil hacer amigos en Suiza. Son muy reservados, confirma este alemán de Hamburgo, que se declara como una persona muy abierta. Sin embargo, no se ha sentido nunca ofendido: “Uno no es el centro del mundo para los demás”. El idioma desempeña también un papel importante: “No utilizo lo poco del dialecto suizo que conozco”, reconoce, pero no lo hace por una cuestión de respeto hacia los suizos: “Daría la impresión de que me estoy riendo de ellos”.

Michael Wiederstein se siente contento con su vida en Suiza. Este periodista alemán de 33 años llegó a Zúrich en 2010 para realizar una práctica laboral en el diario ‘Schweizer Monatshefte’ (hoy: Schweizer Monat). Desde hace seis meses es redactor jefe. Su pareja es de Zúrich y tienen dos hijos. ¿Piensa volver a Alemania? “No, mi vida, mi familia, mi trabajo –todo está aquí”, afirma. Su pareja y sus dos hijos tienen pasaporte suizo pero él no tiene doble nacionalidad. Habla con entusiasmo de Zúrich y su calidad de vida, de su oferta cultural, de la perfección con que funciona la vida pública.

Ha intentado no encerrarse en sí mismo y ha asimilado con serenidad la distancia inicial a la que a veces ha tenido que enfrentarse. “No hay que pensar que cada comentario negativo esté relacionado con mi nacionalidad alemana”, asegura. El consejo de Michael Wiederstein es practicar la humildad y escuchar primero en lugar de tomar inmediatamente la palabra. Y sobre todo aprender el dialecto suizo-alemán.

No tan divertido

A Michael siempre le ha parecido algo sospechoso el mundo paralelo en el que viven muchos expatriados alemanes. Una vez fue a ver un partido de fútbol con unos compatriotas, con los que había entrado en contacto a través de un grupo de Facebook destinado a alemanes en Zúrich. Recuerda que “fue una noche tremendamente absurda. Se estuvieron quejando todo el tiempo, confirmándose mutuamente sus estereotipos y repitiendo hasta qué punto era difícil ser alemán en Suiza”. Esto no le impide reconocer que en Alemania las cosas son algo menos planificadas que en su patria adoptiva. Considera que la mayoría de los suizos “no son especialmente divertidos”, sobre todo en comparación con la región alemana de Renania, donde creció y cuyos habitantes son famosos por ser particularmente sociables. “En Zúrich, si alguien se ríe un poco fuerte en el tranvía todo el mundo se vuelve a mirar”.

Quien llega a un nuevo lugar debe darse tiempo y dar tiempo a los otros, opina Katharina Wellbrock (ha preferido no facilitar su nombre verdadero). Las amistades y el sentimiento de estar en casa no aparecen de un día a otro, sino que lleva su tiempo. Esta médico alemana de 55 años, que llegó a Basilea en 2015 por medio de una agencia de colocación, trabaja en una clínica psiquiátrica. Sigue manteniendo un pequeño apartamento en Berlín, donde después de 30 años se siente en casa y pasa casi la mitad de su tiempo. Sin embargo, considera que es igualmente importante su integración en Basilea y tejer lazos con suizos. Ha asistido a la recepción de bienvenida de su ciudad y su barrio, toma el aperitivo con sus vecinas y comienza ya a tener relaciones después de 18 meses.

“Me lo había imaginado más fácil”, reconoce. Sin embargo, en la clínica no ha tenido mucho tiempo para conocer a sus colegas. “Los suizos son auténticos maníacos del trabajo. No hay lugar para el ocio o la lentitud”, dice riendo. Además, los elevados precios de restaurantes y bares hacen que las salidas a lugares públicos sean más bien raras. “Muchos suizos no pueden permitirse salir tan a menudo como lo hacemos nosotros en Alemania”, señala Katharina Wellbrock. Se esfuerza también por ser comprensiva con el carácter reservado de los suizos. Sin embargo, lamenta no ser tratada con la misma amabilidad que un suizo, por ejemplo cuando va a comprar pan. Eso contribuiría a reforzar la sensación de encontrarse en casa.

Ginebra es terreno neutral

Es casi irónico constatar que, a pesar de la lengua común, los alemanes se sienten más excluidos en la Suiza de habla alemana que en la francófona. La utilización de una lengua extranjera hace desaparecer muchos de los problemas que se plantean en las relaciones entre suizos de habla alemana y los propios alemanes: el idioma estándar y el dialecto, la actitud directa y la reserva, la superioridad y la inferioridad lingüística.

“Aquí el hecho de ser alemán no tiene importancia”, afirma Anja von Moltke. Esta empleada de Naciones Unidas, de 47 años de edad, ha vivido desde 1999 en Ginebra, con algunos intervalos. Desde el principio, ella y su marido, también alemán, intentaron no quedarse en la comunidad internacional que gira en torno a la ONU. Sus dos hijos van a la escuela suiza y no al colegio alemán de la localidad. Anja von Moltke cree que sus compatriotas pasan juntos demasiado tiempo. Su hijo Jona juega desde hace varios años en un equipo de fútbol local, mientras su hija es miembro de una asociación de gimnasia y sigue un curso de música. La familia tiene amigos de todo el mundo, entre los que figuran también muchos suizos. Anja von Moltke reconoce que Ginebra se encuentra culturalmente más cerca de Francia que de Basilea o Zúrich. “Podríamos decir que para los alemanes es como un terreno neutral”.


Traducción del alemán: José M. Wolff

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