Sudamérica y la pandemia, sin luz en un túnel interminable

La democracia en la región está asediada, pero esto no puede atribuirse a la pandemia de COVID-19. La crisis del coronavirus ha acelerado los procesos previos de erosión de la confianza y la legitimidad.

Este contenido fue publicado el 26 agosto 2020 - 17:09
Yanina Welp, investigadora del Centro Albert Hirschman sobre la Democracia en Ginebra, Belén Couceiro

Los países de América del Sur han gestionado la crisis provocada por la COVID-19 de forma mediocre, mala o incluso muy mala. La mayoría tenía escaso margen para conseguir otro resultado a pesar de que, con contadas excepciones (Brasil), aplicaron medidas rápidas, con confinamientos estrictos y ayudas económicas para la población vulnerable.

Destacan Uruguay (virus bajo control) y el esperpento venezolano (datos bajo control). Hay pocos contagios en Paraguay, pero se ha incrementado la corrupción, la pobreza y la violencia institucional. En Ecuador un gobierno técnica y políticamente débil mira para otro lado. En Bolivia la postulación como candidata de la presidenta interina ha terminado de erosionar a un gobierno carente de legitimidad.

Con diferencias entre casos, los sistemas sanitarios no estaban preparados, y casi ningún país disponía de financiación para prepararlos a tiempo. Había recursos, en términos relativos, en Chile y Perú, pero la resistencia de un gobierno apegado a principios ultraliberales explica la mala gestión chilena, mientras en Perú la enorme debilidad estatal impidió que las medidas se implementaran con eficacia.

A fines de agosto la cuarentena parece eterna en Colombia (donde crece el crimen organizado) y Argentina (donde la pobreza alcanza a la mitad de la población), los contagios se propagan casi en todas partes y la crisis económica es mayúscula. ¿Como saldrán las democracias latinoamericanas de esta debacle? Antes de abordarlo un apunte sobre los datos.

Los datos de contagios y muertes

Sin marco de referencia los datos pueden llevar a conclusiones equivocadas. Brasil presenta el número absoluto de muertes más elevado en la región, y a nivel global es el segundo después de Estados Unidos. Como los gobernantes de ambos países son ‘negacionistas’, se resaltan como ejemplos de mala gestión, y lo son. Sin embargo, un análisis más profundo muestra que aunque la política importa, las capacidades estatales y la coordinación también importan, y mucho, a la hora de explicar contagios y tasas de mortalidad.

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No es Brasil sino Chile el país con mayor cantidad de contagios por millón de habitantes (20 474 frente a los 16 474 de Brasil) y es Perú el que muestra la mortalidad más elevada (con 818 muertes por millón de habitantes frente a las 528 de Brasil). Perú es el único país de la región cuya tasa de mortalidad es superior a la española.

Hasta hace un par de semanas se podría haber alegado que en Europa la pandemia estaba bajo control mientras en las Américas seguía en expansión. Hoy ya no, y vuelve a haber más casos diarios en España que en la mayoría de los países registrados en la tabla.

El análisis de las tasas de mortalidad dará para largo, porque (como todo lo demás) las mediciones dependen de las capacidades y honestidad del gobierno y su aparato burocrático (lo de Venezuela no supera ningún umbral de fiabilidad). Una invitación a la prudencia y a comprender en profundidad lo que está ocurriendo en cada país. Esa es la idea que alimenta la serie de seminarios en que se basa este artículo.

Webinar: La política latinoamericana durante la pandemia 

“La política latinoamericana durante la pandemia” es un ciclo se conversaciones organizado y coordinado por Daniela Campello (Fundación Getulio Vargas, Brasil) y Yanina Welp (Albert Hirschman Centre on Democracy, Graduate Institute, Suiza), ambas miembros de la Red de Politólogas.

Además de las mencionadas instituciones, el ciclo cuenta con el respaldo de Agenda Pública y el Observatorio de Reformas Políticas. Cada encuentro se ocupa de analizar la situación de un país, con la participación de prestigiosos analistas locales.

Este enlace al Albert Hirschman Centre conduce a todos los informes producidos tras cada conversación (en inglés). En en el canal Youtube de la Red de Politólogas se puede acceder a todos los videos (en castellano).

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Una crisis  sin precedentes

La crisis económica se ha cebado con una región previamente caracterizada por las debilidades estructurales de sus economías, tan vulnerables a los mercados globales y ahora afectadas por la caída de las remesas y el turismo, el peso del empleo informal y la desigualdad.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que la economía regional se contraerá en un 9,4%. ¿Qué ocurre y qué ocurrirá con las democracias, caracterizadas por el desencanto que generan las necesidades insatisfechas y la indignación que producen los sucesivos escándalos de corrupción? La situación admite el dramatismo.

En Colombia la agenda de construcción de la paz (con todas las controversias que enfrentaba en la gestión de Iván Duque) ha sido desplazada por la urgencia generada por esta crisis. La pandemia ha acelerado la proliferación de mafias y negocios ilícitos, mientras en la competencia por recursos escasos los más de dos millones de migrantes venezolanos desplazados comienzan a ser víctimas de la xenofobia.

También en Venezuela proliferan las mafias, pero en este país lo hacen amparadas por el gobierno de Nicolás Maduro, que está cada vez más concentrado en su propia supervivencia, con un coste altísimo para la población. Quienes cuestionan los datos oficiales son perseguidos y apresados. El país recibe ayudas de China, Irán, Rusia y Cuba, pero ni así, la incompetencia y la corrupción campan a sus anchas.

La experiencia peruana dejó al desnudo la debilidad del crecimiento económico de las décadas previas. A pesar de la acción rápida y decidida del gobierno de Martín Vizcarra y de su intento de orientar recursos para fortalecer el sistema sanitario y dar ayudas económicas a la población más vulnerable, la pandemia se expande fuera de control. Un aparato burocrático débil y/o ausente ha puesto un límite infranqueable a la gestión rápida de la crisis.

Si se confronta el caso con el ecuatoriano, donde el gobierno de Lenín Moreno es política y técnicamente muy débil se puede observar que en Ecuador un sistema instalado de apoyo social tiene mayor capacidad de llegada. La lección es clara, un buen liderazgo sirve de poco sin capacidades estatales mientras un mal liderazgo puede verse compensado, al menos en parte, por una mayor presencia estatal.

Paraguay, una democracia endeble y caracterizada por el ejercicio de la violencia institucional, de momento mantiene sobre mínimos la expansión del virus. Destaca la eficacia de la política comunicacional del gobierno de Mario Benítez y los aprendizajes previos de una población que tiene experiencia lidiando con epidemias, como las del dengue. Prudencia, porque el país no está preparado para enfrentar una crisis sanitaria y se ha disparado la corrupción asociada a gastos supuestamente orientados a paliar la pandemia.

Lo de Bolivia es mucho más flagrante, porque ahí la presidenta interina Jeanine Añez ha aprovechado su cargo para postularse como candidata a unas elecciones que son claves para restaurar la institucionalidad rota en 2019. Indispensable es que estas elecciones, originalmente planteadas para mayo, pospuestas para setiembre y nuevamente pospuestas para octubre, tengan lugar.

También es clave el plebiscito en Chile, donde la crisis abierta en 2019 sigue alimentando el descontento ciudadano, mientras el gobierno de Sebastián Piñera ni logra contener el virus ni conectar con la ciudadanía. El escenario podría ofrecer oportunidades a autoridades proclives a forzar la coyuntura a su favor. Este es el caso de Uruguay, donde el gobierno ha aprovechado para pasar un paquete de reformas por la vía de la emergencia pese a que las medidas no se vinculan a la pandemia.

En Brasil la atención está puesta en Jair Bolsonaro, un líder sin partido y con escasos apoyos que se guía por sus impulsos despreciando la ciencia y el sentido común. El impeachment [procedimiento de destitución] se discute, aunque la fuerte presencia de los militares complica todas las salidas.

En Argentina no es el quiebre institucional sino el temor a una crisis de gobernabilidad que pueda producirse en uno de los países con peores perspectivas económicas lo que provoca temor. 

La democracia está asediada, pero difícilmente pueda atribuirse a la pandemia el haberlo provocado. Más que temer quiebres institucionales, la crisis ha acelerado los procesos previos de erosión de la confianza y la legitimidad. “Hasta que se encuentre la vacuna”, repiten los políticos alimentando una efímera ilusión.

Sin embargo, la carrera por la vacuna deja en evidencia que los efectos devastadores de la pandemia incluyen un nuevo golpe al multilateralismo, mientras la cooperación internacional es cuanto menos débil e insuficiente. No hay luz y el túnel parece interminable.

Yanina Welp

Yanina Welp es investigadora del Centro Albert Hirschman sobre la Democracia en Ginebra, que intenta entender de qué adolecen las democracias y la creciente desilusión de los ciudadanos con el poder democrático.

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