Democracia directa

Suiza: ¿un caso de prueba para el populismo europeo?

El "ascenso del populismo" que tantos quebraderos de cabeza ha generado en toda Europa, en Suiza se vivió mucho antes. ¿Cómo contribuyó la democracia directa a absorber estos movimientos? ¿Y qué nos espera? 

Este contenido fue publicado el 17 octubre 2019 - 17:41
Philip Schaufelberger (ilustración)

La inestabilidad política de las democracias occidentales durante el siglo pasado ha estado habitualmente relacionada con el populismo. La búsqueda de un “remedio” para lo que el estamento político percibe como un abuso de las instituciones democráticas es incluso anterior. 

¿Por qué el debate es tan difícil e interminable?  

Uno de los problemas es que la demagogia está en la mente del que oye. El populismo es un intrincado término difícil de precisar. Como en realidad no puede ser medido, lo que a menudo queda es una mezcla heterogénea o un revoltijo de definiciones, la mayoría de las cuales coinciden en que equivale a un estilo político que enfrenta a una “élite” moralmente arruinada contra una “sociedad” oprimida, ignorada o defraudada. 

Los expertos señalan que los populistas prometen soluciones demasiado simplistas a problemas complejos como la inmigración, la diversidad cultural o el cambio social; por su parte, los populistas acusan a las élites de utilizar el término para rechazar argumentos que no les agradan. 

Pero más allá de la semántica, el debate es importante. IDEA, un grupo sueco de investigación, cree que los periodos en los que los populistas logran llegar al gobierno son, en muchos aspectos, periodos de declive de la salud democrática, como la libertad de expresión o el compromiso de la sociedad civil. 

Estamos en uno de esos periodos. Aunque según un documento de análisis de la Comisión Europea, el “pico del populismo” puede haberse ya superado, la situación actual general es que ese tipo de partidos han triplicado su apoyo en el continente durante las dos últimas décadas. 

Pero, a pesar de que la idea de gobernar con grupos como Agrupación Nacional en Francia (Rassemblement national) o el Partido para la Libertad en los Países Bajos suene aterradora para muchas personas centristas o moderadas, puede que no haya otra opción – la alternativa es condenar al ostracismo a un creciente número de ciudadanos. 

El ejemplo suizo 

Como es habitual cuando se habla de política, Suiza es de alguna manera singular en lo que respecta a este debate: al mismo tiempo que se considera a este país como un modelo de estabilidad y campeón mundial de la democracia (directa), Suiza es también muy populista, y lo ha sido desde hace algún tiempo. 

Las últimas tres décadas han visto un fuerte aumento del éxito de los movimientos populistas en este país, sobre todo del partido Unión Democrática de Centro (UDC), cuya representación parlamentaria creció del 12% en 1991 a un pico del 29,4% en 2015. 

A pesar de los grandes avances realizados por Los Verdes en las elecciones del último año, que en el pasado han sido etiquetados también como populistas, la UDC sigue siendo en 2020 el grupo político más fuerte del Parlamento. 

¿Cómo se las ha arreglado este país para evitar la inestabilidad política y la retórica inflamada asociada a los grupos populistas de otros países occidentales? Los expertos resaltan el papel que puede jugar la democracia directa en este caso. 

Por una parte, la democracia directa fomenta el populismo al permitir que entren en la agenda política ideas que un sistema diferente bloquearía. Los ciudadanos pueden proponer leyes y votar iniciativas hasta cuatro veces al año y así pueden evitar el interés particular de las élites. 

Pero la democracia directa modera el populismo por la misma razón al pedir constantemente la participación de los ciudadanos en el proceso político. El votante suizo, acostumbrado a los debates y a las votaciones regulares, tiene muchas oportunidades de hacerse oír, y así los problemas “salen antes a la superficie y con mayor claridad, y tienen que resolverse”, como indica el analista Claude Longchamp. 

En otros lugares los problemas podrían quedarse sin resolver y enconarse bajo la superficie, afirma el escritor y periodista alemán Ralf Schuler: “Los movimientos [populistas] abordan cuestiones que los partidos oficiales no tocan y atraen de los márgenes de esos partidos a personas que son proclives a sus argumentos”.

Por último, por supuesto, está la “fórmula mágica”, lo que significa que el gobierno suizo está siempre compuesto por una mesa consensuada y representativa de los principales partidos nacionales, con independencia de lo que estos representen. 

Y así, mientras en otros lugares los grupos populistas son vilipendiados o marginados, en Suiza la UDC es, desde hace tiempo, un miembro legítimo del Gobierno federal y, en lugar de mostrar su cólera desde el otro lado de un cordón sanitario, trabaja en común con el resto de ministros. 

En cuanto al futuro del populismo, el periodista y escritor Roger de Weck considera que Suiza podría volver a mostrar el camino: "Mi esperanza es que Suiza, que fue el primer país europeo que vivió el populismo reaccionario, sea uno de los primeros en rechazarlo", declaró a swissinfo.ch.

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