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Pobreza en Suiza


Vida de vagabundo en el país de los ricos


Por Luigi Jorio, Zúrich


En Suiza, cerca de 600.000 personas están consideradas como pobres. En uno de los países más ricos del mundo, Niggi Schwald ha vivido en la calle, entre los ‘sintecho’ y los mendigos de Zúrich. Ahora quiere contar su historia y mostrar a la opinión pública el rostro oculto de la ciudad.

Durante cuatro años, las calles de Zúrich fueron el hogar de Niggi Schwald. (swissinfo.ch)

Durante cuatro años, las calles de Zúrich fueron el hogar de Niggi Schwald.

(swissinfo.ch)

Zúrich, una tarde de septiembre. Hoy no llueve y la temperatura es agradable. Niggi Schwald se contentaría con un banco en un parque donde poder pasar la noche. Buscaría un lugar tranquilo, lejos del centro. “No me gusta madrugar”, dice.

A sus 66 años conoce la ciudad del Limmat como la palma de su mano. Y sobre todo, conoce su lado más oscuro: el de los pobres y los marginados. Durante cuatro años, las calles de Zúrich fueron su casa. Una etapa de vagabundo que recuerda sin avergonzarse. Después de todo, fue su decisión vivir como un ‘sintecho’.

Vacaciones en prisión

Un saco de dormir, una colchoneta y una mochila con alguna ropa. Niggi no tenía mucho más cuando terminó definitivamente en la calle. Corría el año 2005 y el hombre había encontrado refugio en un carro de heno abandonado debajo de un puente ferroviario, en la periferia de Zúrich. “Nunca olvidaré las gélidas noches de invierno. Encendía un fuego, pero no era suficiente”, relata.

Sin un céntimo en el bolsillo, Niggi pedía limosna en los lugares más estratégicos: delante de la estación de tren, en la entrada de los comercios, en las paradas de tranvía. En un buen día podía reunir hasta 50 francos. Su técnica consistía en no descuidar su vestimenta y, sobre todo, en ser cortés.

Cuando llovía o hacía frío, se refugiaba en el centro comercial. Un lugar cómodo, que Niggi consideraba un “salón” donde pasar la jornada. Siempre había alguien dispuesto a invitarle a un café o un trozo de tarta. Uno de los empleados le había dejado la llave del servicio para que pudiera asearse y lavar la ropa.

Los domingos, cuando el centro comercial estaba cerrado, solía ir al aeropuerto de Zúrich. Durante unas horas se mezclaba con los pasajeros y, quizás, intercambiaba algunas palabras. En las pantallas públicas siempre había un partido de fútbol o una competición de esquí. “Eran mis momentos de ocio”.

Jamás tuvo problemas serios con la policía. Excepto una vez, cuando terminó diez días en la cárcel tras no pagar las multas por viajar sin billete en el transporte público. “Tres comidas diarias, calefacción y televisión: para mí, fueron unas vacaciones”, afirma Niggi.

La principal obsesión de una persona indigente es la comida. En verano solía comer con los campesinos a los que echaba una mano en el campo. Pero en invierno, cuando no quería alejarse de su carro para acudir al comedor de los pobres en el centro, muchas veces bebía agua de las fuentes para llenar el estómago. Nadie muere de hambre en Suiza, y el que quiere, encuentra un medio para sobrevivir.

Por ejemplo, en el centro comunitario Suneboge, indica Niggi, un ancla de salvación para decenas de marginados. La antigua prisión, a dos pasos de la Bolsa suiza, no solo ofrece platos calientes a precios asequibles. 

Un millón de pobres y en riesgo

En Suiza, la pobreza afecta al 7,7% de la población, según las últimas cifras de la Oficina Federal de Estadística. Cerca de 590 000 personas no disponen de ingresos suficientes para asumir los gastos de manutención (comida, ropa, transporte, …), la vivienda y los seguros. Y muchos de ellos tienen un trabajo.

Si se contabilizan los que viven justo por encima del umbral de la pobreza, superamos el millón de personas, indica Caritas. Casi una de cada cinco personas no está en condiciones de afrontar un gasto inesperado de 2.000 francos, por ejemplo, una factura del dentista, escribe la organización en su ‘Nuevo Manual sobre la Pobreza en Suiza’, publicado este año.

Los grupos de mayor riesgo son las familias monoparentales, los adultos que viven solos, las personas sin formación postobligatoria y los hogares en los que nadie trabaja. Niggi no pertenece a ninguna de estas categorías. “Es muy fácil caer en la trampa de la pobreza”, confiesa.

Antes de terminar en la calle, este hombre nacido en Basilea estaba casado. Trabajaba en una constructora y ganaba cerca de 7.000 francos al mes. No tenía motivos de queja. Pero después de divorciarse, el estrés acumulado en el trabajo –“quería abarcar demasiadas cosas”– y la quiebra de la empresa terminaron por hundirlo.

Le puede ocurrir a cualquiera, insiste Niggi. Incluso a gente con una vida holgada, de la alta sociedad. Como Mike, el exdirector de seguros que viajaba por todo el mundo y que ahora está obligado a alquilar un pequeño cuarto en el Suneboge.

El peso de la soledad

Niggi se considera afortunado. Aparte de una cerveza o una copa de vino cuando dispone de dinero, nunca ha caído en el alcoholismo ni en la droga. Su única adicción es el tabaquismo, un vicio que incluso se puede costear un pobre, asegura. Con ir a la estación y pedir un cigarrillo a los transeúntes, “solía tardar una hora en llenar una cajetilla”.

Lo que le ayudó mucho fue, sobre todo, su carácter. “Jamás he perdido el buen humor, entre otras cosas, porque me decía que peor no podía irme”. Niggi no estaba enfadado con nadie. Ni con el Estado ni con la sociedad. Sabía que podía acudir a los servicios de asistencia social. Un derecho que le correspondía. Recuerda, sin embargo, que los trámites administrativos, los formularios que llenar y las reuniones con los funcionarios lo intimidaban. Un obstáculo demasiado grande que prefirió evitar.

Así, Niggi eligió la calle. La calle no impone reglas y, según sus palabras, permite sentirse libre. Una libertad que tiene un precio. “Echaba de menos los contactos y la vida social. La soledad era lo más difícil de soportar”.

Por esta razón, al lado de un ‘sintecho’ o un mendigo suele haber un perro o un animal de compañía, explica. Un animal es mucho más que un compañero de desventura.

Descubrir el otro rostro de la ciudad

Giras sociales

Las primeras ‘giras sociales’ en Suiza se organizaron en Basilea a iniciativa de Surprise, una asociación dedicada a la integración de los marginados.

El proyecto tiene un doble objetivo: mostrar la ciudad desde otra perspectiva y ofrecer una oportunidad a los ‘sintecho’ y excluidos que se convierten en una especie de guías turísticos.

La iniciativa, lanzada en abril de 2013 en Basilea, se inspira en los modelos puestos en marcha en Alemania.

Gracias al compromiso y los contactos de Niggi Schwald, Zúrich adoptó la idea. Las primeras giras, que duran alrededor de dos horas, por la ciudad comenzaron el 3 de octubre pasado. Próximamente se realizarán también en Berna.

Niggi nunca tuvo animales. Estaba solo aquella noche de diciembre de 2009, cuando en su carro de heno pensó: ‘Hasta aquí hemos llegado’. “Me dije que no quería pasar otra noche gélida a la intemperie”. A la mañana siguiente se dirigió a una institución para los pobres de la iglesia evangélica y, desde entonces, su vida ha cambiado.

Hoy, Niggi vive en un apartamento de un cuarto alquilado en Zúrich. Es animador de Schrägi Vögel, un grupo de teatro con gente de la calle. Cuando puede, echa una mano en varias asociaciones ciudadanas de apoyo a los pobres y su agenda “parece la de un hombre de negocios”, bromea. Los 1.700 francos que recibe de pensión son suficientes. Para Niggi, “el dinero es importante, pero no tanto como la cercanía humana, los contactos sociales”.

Y para romper el aislamiento de los pobres, Niggi ha vuelto a la calle. Esta vez para concebir una gira ‘social’ por las ciudades. Una visita guiada de Zúrich para relatar en un par de horas la vida diaria de los excluidos.

La idea consiste en acompañar a la gente a los comedores para los pobres, los dormitorios para los indigentes y las estructuras para los toxicodependientes. Encuentros, que suelen evitarse o que pasan desapercibidos, explica. “No es una visita al zoológico”, asegura, pero una manera de romper los prejuicios.

Solo hay un lugar que no podrá mostrar a la gente: el puente ferroviario bajo el cual dormía. Tampoco está el carro de heno. Por allí transcurren hoy las vías del tranvía. “Una pena. A pesar de todo, guardo un recuerdo bonito”.


Traducción del italiano: Belén Couceiro, swissinfo.ch



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