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Vejez: lo que la COVID-19 puso al desnudo

La falta de reconocimiento social a las contribuciones de las personas mayores se ha visibilizado con la pandemia. © Keystone / Gaetan Bally

El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba como tal la pandemia del coronavirus. Justo un año y más de 2 600 000 muertes después, mirada retrospectiva a un flagelo que no pierde vigencia y que, sin distingo de edades, ha golpeado más severamente a los mayores.

Este contenido fue publicado el 11 marzo 2021 - 13:00
Marcela Aguila Rubín y Norma Domínguez

“La pandemia está causando un miedo y un sufrimiento indecibles a las personas de edad en todo el mundo”, advertía en mayo un informe de las Naciones UnidasEnlace externo sobre los efectos de la COVID-19 entre ese sector.

Investigaciones, asociaciones, medios de prensa han dado cuenta de ese impacto, de la manera en que la preocupación por poner a salvo a los mayores generó equívocas interpretaciones que degeneraron en estigmas, aislamiento y una mayor vulnerabilidad de quienes se quería proteger.

“Se cometieron muchas injusticias con los mayores. Se les hizo sentir ‘culpables’ del cese de actividades, de los problemas económicos derivados, de que la gente tuviera que quedarse en casa”, deplora el profesor Christian MaggioriEnlace externo, coordinador de la Comisión Científica de la Escuela Superior de Trabajo Social de Friburgo (HETS-FR).

Ahora, un año después del inicio de una pandemia que se antoja interminable, Christian Maggiori reflexiona. “La crisis ha mostrado lo peor y lo mejor de la gente. Entre esto último, las muy bellas expresiones de solidaridad, incluidas las de las personas de edad avanzada que ayudaron a aquellas que se encontraban más aisladas haciéndoles las compras, preparándoles la comida, llevándolas al médico”.

Prestarles oído

Maggiori codirigió la encuesta ‘Los 65 años y más en el corazón de la crisis COVID-19Enlace externo’, centrada en la primera ola del coronavirus.

El estudio, que incluyó a más de 5 000 personas de entre 65 y 98 años de la Suiza de habla francesa, permitió conocer la incidencia de la crisis en la mayor precarización de los más frágiles. En un mayor sentimiento de soledad entre las personas encuestadas, en el de considerarse una carga para familiares y amigos, de ser mal vistas por la sociedad.

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El objetivo de la encuesta, efectuada entre el 17 de abril y el 3 de junio, era dar voz a esas personas de las que todo el mundo hablaba, pero a las que nadie escuchaba. Una situación no exclusiva de Suiza:

“Hemos de consultar a las personas de edad para aprovechar sus conocimientos y velar por que estén plenamente incluidas en la formulación de las políticas que afectan a sus vidas”, exhortaba el informe de la ONU.

“La rebelión de las canas”

En diversos países como Colombia, y en medio de lo que se conoce como “la rebelión de las canasEnlace externo”, los mayores pelearon ese derecho. Un grupo de septuagenarios denunció que las medidas de confinamiento para los adultos mayores vulneraban sus derechos a la igualdad, la libertad de locomoción y el libre desarrollo de la personalidad. Una jueza falló en su favor.

En Argentina “nos fuimos al otro extremo”, al tratar de proteger a los mayores, asienta María Isolina Dabove, especialista en derecho de la vejez de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Evoca el permiso que tenían que pedir los mayores de 70 años en la capital del país para poder salir de casa y atender sus necesidades básicas. “Ese pedido extra de autorización solo para ellos, se impuso con base en un prejuicio 'viejista' que violenta directamente la igualdad en las condiciones de ejercicio de los derechos”.

En Francia, a mediados de mayo, la decisión de prolongar el confinamiento para los mayores de 65 años “por tiempo indefinido” levantó una ola de descontento. La psicóloga Marie de HennezelEnlace externo calificó esa barrera de edad de “injusta, discriminatoria y anticonstitucional”.

Un dramático retroceso

En efecto, uno de los fenómenos que más consternó a Maggiori fue el retroceso que se produjo en la apreciación de los jubilados. Esa vuelta a la visión de hace treinta o cuarenta años cuando eran considerados un grupo homogéneo sin tomar en cuenta su trayectoria de vida, su estado de salud, su situación familiar, sus múltiples perfiles.

“Muchos de aquellos que eran independientes sintieron que ya no lo eran. Por primera vez comenzaron a sentirse viejos. De pronto se vieron metidos en un grupo en el que no hallaban su lugar”, enfatiza el psicólogo suizo especialista en edadismo.

Aquellos que hasta entonces cuidaban a sus nietos o efectuaban actividades voluntarias, ya no podían funcionar, añade. Quedaron al margen de la sociedad, arbitrariamente señalados como culpables de las restricciones tendientes a frenar el avance de la pandemia.

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“El arraigado ‘viejismo” de nuestras sociedades ha pasado a primer plano” anotó Rosa Kornfeld-Matte, experta independiente de la ONU sobre el disfrute de todos los derechos humanos por las personas de edad, en un comunicadoEnlace externo.

Lo anterior “resulta evidente en el lenguaje cruel y deshumanizador que circula en las redes sociales [como el hashtag #BoomerRemover (#descartemos a los boomers) citado en diversas investigaciones, incluida la de la HETS-FR] y en la insistencia en destacar la vulnerabilidad de los ancianos, haciendo caso omiso de su autonomía”.

Ausencia de reconocimiento social

“Se cometió la injusticia de olvidar las contribuciones de los mayores a la buena economía de que goza Suiza. Se agudizó esa histórica falta de reconocimiento social a las aportaciones de los mayores”, enfatiza Maggiori.

Una actitud que en países desbordados por la urgencia sanitaria cobró matices dantescos: “Las noticias sobre ancianos abandonados en asilos o el hallazgo de cadáveres en residencias de la tercera edad resultan escandalosas. Esos hechos son inaceptables”, escribió Kornfeld-Matte.

La especialista manifestó su preocupación por las personas que dada la precariedad de su salud y su economía “están en situación de marginación” y corren el riesgo de estarlo aún más en virtud de las medidas de protección. “El distanciamiento social no debe convertirse en exclusión social”, advirtió. “Es preciso hallar métodos creativos y seguros para aumentar la conexión social”, como el del empleo de internet.

La encuesta de la HETS-FR reveló que muchas personas mayores aprendieron o profundizaron sus habilidades en materia de nuevas tecnologías a fin de mantenerse en contacto con sus seres queridos. Empero, esa posibilidad no está al alcance de todos los mayores en Suiza, ni de millones más en otros países.

Desigualdades estructurales

“En esta pandemia se desnudaron las desigualdades estructurales que constituyen las condiciones de vida de una persona mayor”, subraya la doctora Dabove. “La falta de acceso a programas de alfabetización digital, por ejemplo, les impidió comunicarse por esa vía. Claramente, la mayoría de los adultos mayores han quedado excluidos por razones ajenas a su voluntad”.

Refiere asimismo “la disparidad” en las políticas adoptadas en los diferentes países con relación a las personas mayores. Por una parte, explica, el reconocimiento al derecho de cobertura sanitaria y, por otro, la exclusión asistencial “basada en una lectura negativa de esta etapa de la vida que considera a las personas mayores como objetos de descarte”.

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