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Ginebra internacional

¿La ONU se volverá obsoleta?

La ONU nació a mediados del siglo XX. ¿Son hoy las Naciones Unidas capaces de hacer frente y responder a los tremendos cambios que se están produciendo en los Estados y sociedades de todo el mundo? Elementos de respuesta en torno a los cinco principales desafíos que enfrenta la Ginebra internacional.

Este contenido fue publicado el 14 enero 2021 - 12:18
Andreas Gefe (ilustración)

Ginebra, sede europea de la ONU, es junto con Nueva York uno de los dos centros más importantes de la diplomacia multilateral. En Ginebra se desgranan y negocian los retos que afectan al conjunto del planeta, antes de que los Estados decidan en Nueva York qué opciones elegir para hacerles frente. Una distribución de roles que se vio seriamente afectada en 2020 por la crisis sanitaria de la COVID-19.

Ginebra y las Naciones Unidas querían aprovechar el 75º aniversario de la ONU y el centenario de la Sociedad de Naciones para subrayar la importancia de esta forma de organización de las relaciones entre Estados. Un llamamiento lleno de preocupación, ya que el artífice de la ONU – Estados Unidos – se había convertido en uno de sus mayores adversarios durante la presidencia de Donald Trump. Washington abandonó el Consejo de los Derechos Humanos y, luego, la OMS. Al mismo tiempo, la administración Trump asfixió a la organización más importante en Ginebra – la OMC –, bloqueado la renovación de sus órganos rectores.

La composición del gobierno de Joe Biden confirma el deseo del nuevo presidente estadounidense de regresar al marco internacional existente y sus aliados tradicionales. Pero un retorno al mundo de antes (Trump y COVID-19) parece excluido.

El desafío de la paz. Es la razón de ser tanto de la Sociedad de Naciones como de la ONU, dos organizaciones nacidas después de dos guerras mundiales que asolaron Europa y Asia. Los vencedores de estos conflictos bélicos con consecuencias internacionales quisieron establecer un marco jurídico basado en el derecho de los pueblos a la libre determinación. Y esto para que la paz no se base únicamente en un equilibrio de fuerzas entre las grandes potencias, sino que tenga más en cuenta los intereses del conjunto de los Estados miembros y su población.

Un objetivo que está lejos de ser alcanzado, según el secretario general de Naciones Unidas. “Hoy día, un viento de locura arrasa el mundo. Desde Libia hasta Yemen, Siria y el resto del planeta, la tensión ha vuelto. Las armas siguen circulando y las ofensivas de multiplican (…) Y mientras tanto, las resoluciones del Consejo de Seguridad se contravienen antes de que la tinta [con las que se han escrito] se seque”, advertía Antonio Guterres el 4 de febrero de 2020. Y, tristemente, la guerra en Nagorno-Karabaj en otoño pasado le dio la razón.

¿Significa que en materia de seguridad colectiva la ONU pronto será obsoleta como ocurrió con la Sociedad de Naciones a finales de los años 30? Si el órgano ejecutivo de la ONU – el Consejo de Seguridad – está paralizado, otros organismos internacionales ayudan a apaciguar a las sociedades, pues la ONU se basa en tres pilares: la paz y la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos. Son ámbitos interdependientes, como lo subrayaba en 2005 Kofi Annan cuando estaba al frente de Naciones Unidas: “No puede haber seguridad sin desarrollo, ni desarrollo sin seguridad. Y tanto una como el otro dependen del respeto de los derechos humanos y del Estado de derecho”.

Sin embargo, desde hace al menos una década, se observa la erosión de las libertades civiles incluso en democracias liberales, en Estados Unidos, pero también en Europa.

El desafío democrático. Al mismo tiempo, regímenes autoritarios como China aprovechan las debilidades occidentales para vanagloriarse de un modelo de éxito económico que excluye el pleno respeto de los derechos civiles y políticos. En los regímenes democráticos contemporáneos, los derechos humanos son cuestionados en instancias internacionales que se supone que los defienden. En Ginebra, el Consejo de Derechos Humanos es escenario de esta batalla de consecuencias globales.

De confirmarse, el declive de las democracias podría influir en la forma en la que el mundo responda a los dos grandes desafíos del siglo XXI: la crisis climática y ambiental, así como la transformación digital de la economía y la sociedad.

El desafío ambiental. Respecto al clima, el secretario general de la ONU Antonio Guterrres ha reiterado que solo puede haber soluciones colectivas que aglutinen al conjunto de los Estados miembros de Naciones Unidas. ¿Esta amenaza existencial para el conjunto de la humanidad podría provocar un sobresalto en dicha comunidad internacional, como ocurrió después de las dos guerras mundiales en el siglo XX?

Al mismo tiempo, el mundo está volcado en una revolución industrial mucho más profunda y amplia que las que tuvieron lugar en los siglos XIX y XX. La transformación digital está cambiando radicalmente el mundo económico y financiero, al igual que el funcionamiento de las sociedades y los derechos democráticos que las rigen. Los derechos individuales y colectivos que figuran en la Carta de las Naciones Unidas están seriamente amenazados.

El desafío sanitario. El cisne negro – el imprevisto – de los asuntos que preocupan al mundo en 2020. La pandemia de coronavirus está minando la organización globalizada del planeta como nunca. Con la OMS en primera línea, la Organización de las Naciones Unidas puede demostrar la importancia de su papel como plataforma de cooperación y coordinación de políticas nacionales.

Y aún más si cabe porque esta pandemia que ha cogido a los Estados por sorpresa, en realidad, era previsible. A raíz de epidemias como la del sida en la década de 1980 y del SARS en 2002, los Estados miembros de la OMS revisaron el Reglamento Sanitario Internacional en 2005 para contener estos virus de origen animal. Y es justamente porque no se aplicaron suficientemente las recomendaciones adoptadas entonces que el nuevo coronavirus está causando tantos estragos. Queda por ver si el shock de la COVID-19 y sus múltiples consecuencias relegitimarán a la ONU o la vaciarán de toda sustancia como ocurrió con la Sociedad de Naciones fundada hace un siglo.

El desafío digital. La ONU trata de recuperar el control en esta cuestión, especialmente desde Ginebra, estableciendo normas jurídicas que guíen esta transición de modo que beneficie a todos en conformidad con sus derechos fundamentales.

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