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Cuando Suiza abastecía de un polvo blanco y dulce

Cristales de sacarina, bajos en calorías y no alucinógenos. Sidney Moulds/Science Photo Library

Cubren sus cuerpos con paquetes de un polvo blanco para transportarlo fuera del país. A principios del siglo XX, Suiza es el centro internacional del comercio de una sustancia ilegal. ¿La heroína? Para nada, porque en la época la heroína es totalmente legal. Se trata de un edulcorante, la sacarina.

Este contenido fue publicado el 17 enero 2021 - 11:00
David Eugster

Esta escena situada en el año 1913 aparece en una novela. Un hombre honesto, hundido tras el fracaso en los negocios, se encuentra en una trastienda del barrio obrero de Zúrich. Allí recibe instrucciones sobre cómo pasar de contrabando –ocultos en su cuerpo– quince kilos de polvo blanco.

Llega en tren a Praga, sin ningún percance con los funcionarios de aduanas. El comercio de este polvo es rentable y, poco a poco, el héroe se convierte en un mentiroso, en un criminal, y se sumerge “en el abismo sin fondo de la depravación, la traición, la crueldad y la brutalidad animal”.

El narrador cuenta que la sustancia se ha apoderado de él, que ha respondido a la “llamada del demonio”: “¡Ven, ven, yo haré que nades en dinero! ¡Serás rico!”. Nuestro contrabandista está perdido. “Su alma se ha consumido, el demonio sacarina se ha apropiado de su alma”.

La novela policíaca de 1913 describe la caída de un traficante de sacarina. Sozialarchiv

El mundo del contrabando en Zúrich

Este demonio no es la heroína, descubierta en 1898 y comercializada durante mucho tiempo y de manera legal como jarabe para la tos. Tampoco es la cocaína, también muy utilizada en la época. El mal responde al nombre de sacarina, un edulcorante sintético. El desconocido Eduard Ehrensperger-Gerig no bromea. Con su novela costumbrista Der Saccharinschmuggler [El contrabandista de sacarina], publicada en 1913, trata de sacudir a las autoridades suizas.  

Y es que, a principios del siglo XX, toneladas de sacarina se transportan de manera ilegal a través de la frontera. Pueblos enteros viven gracias al contrabando de sacarina. En Kappl, Austria, no lejos de Samnaun (cantón Grisones), todavía hoy sigue en pie un grupo de viviendas cuyo nombre evoca a la sustancia que lo financió: es el asentamiento de la sacarina (Saccharin-Siedlung). En las zonas rurales, los contrabandistas a menudo son vistos como héroes que se rebelan contra los absurdos regímenes aduaneros. Y no solo se aseguran el dinero, sino también una gloria con cierto aire de aventura.

En 1912, la revista satírica Nebelspalter cuenta la historia de un par de contrabandistas de sacarina. Sp. Sartoris

Pero las zonas urbanas de Suiza también se ven involucradas en el contrabando. En 1912, un diputado se queja de que en Zúrich mil personas viven del comercio de la sacarina. Frente a ello, la policía está con las manos atadas, pues en Suiza nada prohíbe esta sustancia.       

Los contrabandistas la esconden bajo su vestimenta, la cosen en su ropa interior, la guardan en las cisternas de los retretes de los trenes, utilizan coches con doble fondo. Otros optan por camuflajes moralmente audaces. Como en este episodio del que informan las gacetas de toda Europa, que da cuenta de que durante semanas han visto cómo cientos de kilos de sacarina sustituyen los cadáveres de unos cuantos suizos transportados hacia su última morada en Constanza (Alemania), al otro lado del Rin. Y también hay quienes prefieren mezclar el edulcorante con la cera de vela consagrada en el monasterio de Einsiedeln y enviada a Viena, donde luego la extraen otros católicos.    

La mayor parte de las veces, las mulas que emplean los comerciantes de sacarina son personas de baja condición social. Habitualmente mujeres; niños, otras veces. Los periódicos a menudo informan de frustrados intentos de contrabando. Las personas más vulnerables frente al reclutamiento son mujeres de la limpieza, vendedoras y costureras.  

Se dice que para estas mujeres el contrabando de sacarina es el primer paso en el engranaje de la delincuencia. El periódico de Zúrich Tages-Anzeiger opina que estas mujeres pierden tanto “el sentido del trabajo regular” como “todo el apoyo moral”. El siguiente paso para ellas es la “caída de un escalón a otro”. Solo en 1912, en las fronteras suizas se detuvo a 931 contrabandistas, como mínimo.

La sacarina se vuelve ilegal     

Constantin Fahlberg hacia 1900. INTERFOTO / Sammlung Rauch

La sacarina proviene de Alemania, de donde los suizos la traen de contrabando. Allí, en 1878, por casualidad la descubre Constantin Fahlberg. Después de experimentar con el alquitrán, el químico percibe un gusto dulce en sus manos. Para su sorpresa, acaba de identificar un edulcorante sintético. Fahlberg comienza a producirla en 1887 en su propia fábrica. Pero al lobby azucarero europeo no le gusta la amenaza que para su producción supone este sustituto. A mediados del siglo XIX, el azúcar de remolacha –una innovación agrícola de la época– ya se había defendido con vehemencia del azúcar de caña de ultramar a través de los derechos de aduana, sobre todo en Alemania.

La amenaza a la producción local ahora ya no solo proviene de las colonias, sino también de los laboratorios. El grupo de presión alemán del azúcar de remolacha al principio se centra en las relaciones públicas. Coloca carteles que proclaman que “El azúcar da fuerzas” y promueve sus ventajas en los programas de enseñanza. El objetivo es hacer ver que el azúcar es un alimento importante desde el punto de vista nutricional, y descalificar la sacarina: un “dulce de alquitrán” pegajoso. Pero esta estrategia solo resulta efectiva hasta cierto punto, ya que las cifras del consumo de sacarina van en aumento en toda Europa.

Con el cambio de siglo, y bajo la presión del lobby azucarero, algunos Estados adoptan leyes que definen la sacarina como un producto dietético sujeto a prescripción facultativa. En 1902, la sacarina solo está disponible en farmacias y con receta médica en casi todos los países europeos.  

Producir sacarina es complejo y su fabricación, mucho más cara que la del azúcar. Pero, al final, como es 550 veces más dulce que el azúcar, resulta más barata. Y esto la convierte en un sucedáneo atractivo para las personas con menos recursos, acostumbradas a tomar achicoria en vez de café y margarina en vez de mantequilla. Como resultado, la gente no renuncia a añadir sacarina al sustituto del café, lo cual alimenta el mercado negro.

La caña de azúcar se burla de la remolacha. Por Honoré Daumier, 1839. wikicommens

La policía, tentada, se moderniza. Se crean departamentos encargados de descubrir y desarticular el comercio del polvo blanco, al igual que hoy sucede con drogas como la cocaína y la heroína. En Alemania se crea una “Oficina Central para luchar contra el tráfico de edulcorantes artificiales”. Las autoridades, sin embargo, se muestran impotentes, ya que su acción lleva a que las estructuras de contrabando se profesionalicen y muchas veces la sacarina en circulación se mezcla con yeso o sosa. El sociólogo Roland Girtler considera este comercio de sacarina como el “precursor del tráfico de drogas”.

Legal, en Suiza   

El país alpino se convierte en la cuna de la sacarina, ya que aquí la sustancia no es ilegal ni está sujeta a grandes cargas. Solo Holanda se muestra tan laxa como Suiza, a este respecto. La situación helvética también se explica por la bajísima imposición fiscal de la que se beneficia el azúcar (no por convicción liberal, sino como medida para proteger a la industria chocolatera local ante costes excesivos). La diferencia entre el precio del azúcar y el de la sacarina se reduce y así la remolacha azucarera suiza evita la fuerte competencia del producto sintético.

Suiza, por lo tanto, se beneficia del veto que esta sustancia sufre en el continente. El informe anual de 1902 de Sandoz afirma que la prohibición de la sacarina abre “perspectivas (extremadamente) favorables” para la industria de Basilea. De hecho, para los fabricantes de productos químicos en los años siguientes la importancia de la sacarina aumenta enormemente.  

Inexistente en las estadísticas oficiales durante mucho tiempo, a partir de 1906 (y tras un cambio en la ley) goza de una sección propia en las estadísticas. Aquel año la sacarina representa el 34% del volumen de las exportaciones y es el producto más importante del sector. La primera explicación es que la competencia extranjera ha desaparecido y que países como Estados Unidos o Japón adquieren cantidades cada vez mayores. Pero en torno a la mitad de la producción la absorben intermediarios que la venden a través del contrabando.     

En 1918, la planta química conocida como Sandoz en el centro de su estand en la Feria de Muestras de Basilea coloca el edulcorante artificial sacarina. Keystone / A. Teichmann

Fin de un corto período de oro

Una organización con sede en Ginebra se encarga de hacer campaña contra la peculiar posición de Suiza (laxa ante la sacarina). La Cruz Blanca (cuyos miembros luchan contra la sífilis, el alcoholismo y la drogadicción) se compromete con la lucha contra el edulcorante artificial. En 1909 y 1911, lidera dos conferencias internacionales sobre cómo controlar el contrabando. Se acusa a Suiza de ser un nido de contrabandistas y una fábrica en la que se producen sustancias ilegales. Berna reacciona con algunas concesiones, y la industria química detiene el suministro a los intermediarios que han hecho contrabando, a menudo, sin embargo, solo años después de su condena. 

Con la Primera Guerra Mundial, los sucedáneos de todo tipo vuelven a tener demanda. Llega a su fin la edad de oro del contrabando de sacarina. En la revista satírica Nebelspalter, un contrabandista se queja de que con la guerra apenas se ve la frontera. Después de la Segunda Guerra Mundial, la actividad del contrabando se reanuda por un tiempo. Todavía hasta los años 60 –época en la que esta actividad finaliza por completo– la sacarina podía introducirse de contrabando en Italia. 

El azúcar, por su parte, sigue bajo presión después de las dos guerras mundiales. El problema ya no es aliviar el paladar de los pobres con un sucedáneo, sino el estómago de los ricos. Ahora el azúcar, verdadera bomba calórica, es el que está amenazado por los impuestos. 

Fuentes

Eduard Redelsperger-Gerig: Der Saccharinschmuggler: ein Sittenroman aus der Gegenwart. Gossau-San Galo, 1913.

Roland Girtler: Abenteuer Grenze. Von Schmugglern, Schmugglerinnen, Ritualen und “heiligen Räumen”. Viena, 2006.

Christoph Maria Merki: Zucker gegen Saccharin: zur Geschichte der künstlichen Süssstoffe. Frankfurt/Main, 1993.

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Traducción del francés: Lupe Calvo

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