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Futuro argentino imprevisible

Niños de desempleados argentinos atendidos por el servicio social.

(Keystone Archive)

La devaluación del peso de 28,57% busca frenar la grave crisis social desatada en Argentina. Una ex cooperante suiza da testimonio de la situación en ese país.

Argentina vivió la coyuntura más convulsiva de sus últimos quince años. Más de 30 muertos, centenares de heridos y detenidos, una dura represión y la implantación del Estado de Sitio por algunos días, fue el saldo de una explosión social pocas veces vista desde los años setenta que obligó a cinco cambios presidenciales.

Quinto presidente en el lapso de menos de tres semanas, el dirigente peronista Eduardo Duhalde -ex-gobernador de la populosa provincia de Buenos Aires- anticipó en los primeros días de enero su nuevo plan de gobierno.

Pocas horas luego de ser elegido por abultada mayoría en el Congreso, Duhalde envió al mismo Parlamento la Ley de Emergencia que termina con la convertibilidad ( un peso = 1 dólar estadounidense) impuesta hace diez años.

La misma ley decreta amplios poderes a favor del nuevo ejecutivo para dirigir las riendas económicas del país sin obligación a consulta alguna.

La devaluación del peso argentino en casi un 30 %, disposición ampliamente exigida por un sector del empresariado nacional para reactivar las exportaciones, fue acompañada por otras medidas colaterales que intentan evitar nuevas explosiones de descontento social.

Según el paquete que acaba de legislarse, los alquileres y contratos privados que existían en dólares se convierten automáticamente en pesos; se autoriza al ejecutivo a regular precios de insumos, bienes y servicios críticos y se congela por 180 días cualquier despido laboral sin causa justificada, con la obligación de pagar una indemnización doble al patrón que no respete esta directiva.

Las medidas anunciadas por el presidente Duhalde provocaron reacciones de las más diversas. Portavoces del empresariado productivo mostraron su satisfacción. Representantes del capital financiero anticiparon su descontento al igual que los inversores extranjeros presentes en el país, especialmente las empresas españolas propietarias de una gran parte de los servicios -teléfonos, líneas aéreas, etc.,- y del sector combustible.

"La gente está triste, indignada y preocupada por el futuro que sigue presentándose como imprevisible", señala en diálogo con swissinfo Therèse Parrat, enfermera suiza originaria del Jura que vive desde hace doce años en Argentina.

Ex-voluntaria de la ONG helvética E-Changer, Parrat trabaja en la educación sanitaria popular y acompaña varios proyectos sociales en las provincias de Río Negro y Neuquén, en el sur del país, a casi 1.500 kilómetros de Buenos Aires.

"Se han vivido momentos dramáticos. Todos sabían que el país era una caldera, que debido al dramatismo de la situación económica algo iba a pasar, pero pocos imaginaban que la revuelta tomaría la dimensión que ha tomado. No entiendo como los gobernantes no reaccionaron antes", expresa la ex-cooperante.

"En nuestro barrio tenemos varios casos dramáticos. Uno de ellos un obrero desempleado, responsable de una familia de seis niños, que recibe por mes 120 dólares en el marco de un plan de apoyo social. Es imposible vivir con ese dinero cuando los precios de los productos en Argentina son casi como en Europa", puntualiza Parrat que ve en la corrupción generalizada y en la gigante deuda externa de Argentina dos de las causas claves de la actual crisis.

Entre el comienzo de la dictadura en 1976 y el año 2001, la deuda se multiplicó casi por 20, pasando de menos de 8.000 millones de dólares a cerca de 160.000 millones. En ese mismo período, el país reembolsó cerca de 200.000 millones de dólares por concepto de intereses, es decir, 25 veces más de la deuda original de marzo de 1976.

Aunque Argentina ya pagó largamente toda su deuda, sigue siendo uno de los países, proporcionalmente a su producto interno bruto y población, más endeudados del mundo.

La crisis de los últimos días encamina algunas conclusiones, señala Therèse Parrat para concluir su diálogo con swissinfo. "Por una parte, que la gente aunque parecía adormecida ya no soportaba más ese modelo neoliberal multiplicador de miseria. Que cuando el pueblo tiene hambre, no acepta suicidarse y sale a la calle. Y confirma, por otra parte, el enorme deterioro de la clase política en su conjunto, casi sin excepciones. La ciudadanía se movilizó con banderas y camisetas argentinas, con consignas unitarias y denunciando a toda la dirigencia como responsable de la crisis y de la suerte de la nación".

Sergio Ferrari


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