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Opinión Racismo en Suiza: el punto de vista de una expatriada

Men and children run out of starting line

Una imagen de la edición decimoséptima de la carrera en contra del racismo organizada anualmente por Zúrich.

(Keystone)

Christine Worrell, es una inmigrante afroamericana, vive en Suiza desde hace cinco años con su familia. La exabogada empresarial habla fluidamente el italiano y aprende el alemán. Valora a Suiza como país, pero reconoce haberse visto confrontada a distintas experiencias racistas en su vida cotidiana, como lo narra de viva voz.

Mi hija y mi hijo preadolescentes asisten a una escuela internacional. Toman el transporte público, viajan a otras regiones del país para tomar parte de torneos deportivos y socializan con niños suizos. Están mucho más integrados a la sociedad helvética que yo. Pese a ello, han sido víctimas de experiencias incómodas por su raza.

Christine Worrell, de origen estadounidense, es abogada y madre de dos hijos. Actualmente participa en los consejos de administración de tres organizaciones caritativas helvéticas. (Christine Worrell)

(Christine Worrell)

Los ataques racistas siempre toman por sorpresa, aun cuando una persona de color está acostumbrada, en general, a mantenerse vigilante. Me reproché el no haber sostenido con él “la conversación” que todos los padres negros deben tener con sus hijos para prepararlos para la primera vez en las que serán percibidos negativamente, o tratados de forma diferente, por el color de su piel. Pensé que aún tenía tiempo para ello, o que el mundo percibiría a mi hermoso hijo como lo que es. un chico formidable. Ese día le expliqué que la persona que comete un acto racista es quien debe sentir vergüenza y no quien es víctima del mismo. Le dije también que el racismo proviene del odio o de la ignorancia, y que éramos nosotros quienes debíamos tener piedad de las personas cuyo corazón está lleno de odio o que poseen un espíritu ignorante.

Incidente con un chofer de autobús

Cuando mi hijo sufrió un nuevo acto racista, aún más grave, fui capaz de reaccionar apropiadamente al incidente. Esperaba el autobús en una estación situada cerca de su escuela, que también es aledaña a un centro de refugiados. Le hizo una señal al autobús para pararse, pero el chofer no solo no se detuvo, sino que además hizo un gesto obsceno a mi hijo con el dedo medio cuando pasaba a su lado, conduciendo y riendo. Impulsada por la rabia y el deseo de enseñar al conductor que en esta vida es importante pelear contra los comportamientos inaceptables, decidí contactar a la escuela y a la compañía de transporte para interponer una denuncia.

 Afortunadamente, mi queja fue tomada con toda seriedad por las dos organizaciones. Ambas nos recibieron, se abrió una investigación y el chofer del autobús fue despedido. Luego supimos que ésta fue la última de una serie de faltas que había cometido esta persona. Era totalmente deplorable que un conductor de autobús, que además transportaba niños, pudiera seguir desempeñando este cargo cuando era autor de acciones tan inapropiadas, así que me sentí satisfecha con el desenlace que tuvo el problema. Pero si mi niño, de piel oscura, hubiera sido el hijo de una pareja de refugiados -como seguramente lo pensó el conductor- y una escuela internacional no hubiera estado a su lado apoyándolo, me pregunto si el incidente habría sido tomado con la misma seriedad, y si el resultado habría sido el mismo. Jamás lo sabré.

Mi hija tampoco ha escapado a las experiencias negativas, aunque sea niña. Un día, cuando viajaba de pie en un autobús, un chico suizo la empujó y la hizo caer, al tiempo que la llamaba despectivamente “negra”. Ella no había interactuado en absoluto con este niño antes de que él la agrediera, ella solo iba charlando con un amigo. Felizmente, su amigo hablaba fluidamente alemán así que, mientras mi hija le recriminaba en inglés, su amigo hacía lo mismo en alemán. Me sentí orgullosa de que ella hubiera enfrentado así este racismo brutal, pero también sentí miedo de que en la siguiente ocasión (porque seguramente la habrá) ella esté sola y su agresor no retroceda.

Sin igualdad de oportunidades

Con la inmigración, la diversidad racial de Suiza aumenta. Actualmente, hay aproximadamente, 100 000 personas de color en territorio helvético. Y Suiza tiene una posibilidad única de aprender de los errores de Estados Unidos y su tóxica historia racial, y de los vecinos de Europa, región en donde muchos países no han lograr una integración exitosa de la población migrante de origen africano o árabe, y tampoco han sido capaces de enseñarle la tolerancia y la aceptación a su propia población.

El gobierno suizo toma las medidas necesarias para entender el problema del racismo en este país, lo que es un primer paso para luchar contra este flagelo. Un estudio realizado por la Comisión Federal contra el Racismo reveló que la población negra en Suiza no tiene el mismo acceso a servicios públicos, vivienda, empleo y protección jurídica que tiene el resto de la población. Y frecuentemente este grupo es víctima de una categorización racial por parte de las autoridades. Pese a estos resultados, una investigación realizada en 2017 concluyó que 51% de los suizos considera el racismo contra las personas de raza negra como un problema menor.


"Hay que impedir al racismo echar raíces porque, como la mala hierba, crece en detrimento de la sociedad”

Fin de la cita

El racismo existe en numerosos lugares, entre ellos, en Estados Unidos, mi país de origen; pero sin importar donde se presente, es un mal para la sociedad que debe erradicarse. Hay que impedirle echar raíces porque, como la mala hierba, crece en detrimento de la sociedad. Una de las recomendaciones de la Comisión Europea contra el Racismo y la IntoleranciaEnlace externo (ECRI) del Consejo de Europa, del que Suiza es mimbro, refiere que el racismo no puede combatirse sin el compromiso de la “sociedad civil”. Un enfoque vertical tiene pocas probabilidades de éxito, es crucial el compromiso de los ciudadanos. También es esencial, para entender y combatir el problema, examinar las experiencias discriminatorias que pueden sufrir las víctimas potenciales. Es en este contexto que comparto mi experiencia. Estimo importante compartir la historia, las perspectivas y las experiencias de mi familia para favorecer la comprensión de lo que significa ser una persona de color en Suiza.

Mi hija acaba de regresar a Suiza tras un viaje escolar a Tanzania. Cuando mi esposo le preguntó qué le había impresionado más durante el viaje, su respuesta fue sorprendente. Dijo que lo que más le movió fue la alegría de la gente. Tenían muy pocas cosas, pero eran amables, generosos y calurosos con los alumnos extranjeros que iban a visitarlos y aprendían de su cultura. ¿No sería maravilloso que Suiza tratara a los recién llegados de todas las razas con el mismo espíritu de apertura y aceptación?


(Traducción del francés: Andrea Ornelas)

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