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Brexit


¿La democracia directa es peligrosa?



Por Bruno Kaufmann




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Decenas de miles de detractores del Brexit salieron a la calle en Londres, al conocerse el resultado del referéndum. (Reuters)

Decenas de miles de detractores del Brexit salieron a la calle en Londres, al conocerse el resultado del referéndum.

(Reuters)

La democracia directa es inadecuada y peligrosa. La indignación global tras el sí británico al Brexit es enorme. Pero las decisiones populares problemáticas no son el fin del mundo. Sirven más bien de advertencia cuando un sistema político necesita reformas democráticas.

Para millones de ciudadanas y ciudadanos británicos fue un brusco despertar: “Estamos fuera”, comentó el diario ‘Daily Mirror’ el 24 de junio. Este es el duro veredicto del plebiscito sobre el Brexit.

¿De qué hablamos? El Brexit ha sido una advertencia, ahora la UE debe fomentar la democracia directa entre sus ciudadanos, sostiene Bruno Kaufmann, experto en democracia.

Este artículo forma parte de #DearDemocracy, la plataforma sobre democracia directa de swissinfo.ch.

El día antes, con una afluencia récord a las urnas –al menos en el contexto británico (72% de más de 46 millones con derecho de voto)– el 52% se manifestó a favor de la salida de la Unión Europea. El voto mayoritario de Inglaterra (53,4%) y Gales (52,5%) derrotó a los partidarios de la UE en Escocia (62%), Irlanda del Norte (55,8%) y Gibraltar (96%). El no a Europa, por tanto, fue también un no al Reino Unido como lo conocemos hasta hoy.

El dramático resultado de la votación –Gran Bretaña es (con excepción de Groenlandia) el primer país que vota la salida de la UE– ha desencadenado en Europa una ola de escepticismo hacia la democracia. “Las votaciones y elecciones son perjudiciales para la democracia”, sentenció, por ejemplo, el periodista y escritor belga David Van Reybrouck en el diario ‘The Guardian’. Reybrouck propone que en el futuro todas las decisiones importantes las tomen personas seleccionadas al azar bajo criterios que garanticen la representatividad.

Kenneth Rogoff, profesor en Harvard, va incluso más lejos: “Cuando en una votación popular una mayoría simple puede adoptar una decisión similar, no se trata de una democracia, sino de una ruleta rusa”.

Rogoff, un antiguo economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), parece convencido de que las ciudadanas y los ciudadanos británicos no tenían la mínima idea sobre lo que estaban convocados votar el 23 de junio.

“Defender la democracia del pueblo”

En efecto, en la reacción virulenta y global al Brexit no se reflejan tanto las dudas sobre el contexto y el desarrollo del referéndum, sino más bien una crítica fundamental a la democracia. O como escribió el comentarista indio Rajeev Srinivasan en el diario digital ‘First-Post’: “La democracia es demasiado importante como para dejarla en manos del pueblo”.

Con el tenor de estos elitistas autores posdemocráticos contrastan abiertamente los populistas “cercanos a la gente” que se sitúan en los extremos del espectro político. Estos no tienen muy buena opinión de la separación de los poderes y quisieran poner todo el poder, sin mediaciones, en manos del pueblo soberano. Y así celebraron la victoria del Brexit –al igual que el populista de derecha holandés Geert Wilders– como un “acertado golpe de liberación de los ciudadanos”.

Puede que con la tormenta del Brexit los análisis sobre la dimensión y las consecuencias de la votación hayan pasado a un segundo plano. En el pasado también hubo encarnecidas discusiones que traspasaron las fronteras nacionales sobre el sentido y los límites de los mecanismos de la democracia directa. Basta recordar las numerosas votaciones sobre los tratados de la UE (Maastricht, Niza, Lisboa) o sobre la Constitución Europea. Pero también en Suiza –la comunidad política más activa del mundo en una democracia directa moderna– las votaciones sobre iniciativas polémicas como la prohibición de construir minaretes (2009) y la iniciativa ‘contra la inmigración en masa’ (2014) han desatado intensos debates en torno a quién, cuándo y sobre qué puede decidir.

Al igual que el profesor Rogoff de Harvard, se deplora que las ciudadanas y los ciudadanos británicos “estaban mal informados” y que “la prensa no hizo bien su trabajo”.

Cuando los mismos reformadores se ponen la zancadilla

Aunque es lógico que a la minoría le cueste aceptar la derrota, no tiene mucho sentido criticar con base en una única votación un sistema político que ha madurado a lo largo de siglos. En estos casos, la impaciencia se alimenta de emociones y se vuelve un escollo para quienes son partidarios de emprender reformas. Sería mejor tomar en serio la tendencia global hacia una mayor participación en forma de derechos ciudadanos y de votaciones sobre cuestiones determinadas e integrarla en el contexto más amplio de la democracia representativa: y ello incluye principios, procedimientos y aplicaciones.

Entre los principios hay que defender (como lo hacen también los posdemócratas) figura, ante todo, el Estado de derecho que protege al individuo, o sea a las minorías. Por el contrario, no se debe cuestionar el principio de la delegación y la participación.

Una democracia moderna necesita los tres elementos. Su interacción está regulada por varios procedimientos. Decisiva en este contexto es la separación de los poderes, o sea, el equilibrio entre ellos, los llamados ‘checks and balances’. Una soberanía popular absoluta, como reivindican tanto los populistas de derecha como de izquierda, es tan contraproducente como la exclusión de las ciudadanas y los ciudadanos del proceso de toma de decisión.

Para comprender esta relación, así como para efectuar los ajustes que siempre son necesarios se requiere práctica. “Mucha práctica”, como escribió el ‘Süddeutsche Zeitung’ en un editorial sobre el Brexit titulado ‘Lo que los británicos podrían aprender de los suizos a propósito de democracia directa’. “La consecuencia del Brexit no puede ser votar menos, sino votar mucho, mucho más”, sentencia el artículo.

Tiempo para aprender

Lo que vale para la votación sobre el Brexit (con efectos extraordinarios), es casi una obviedad en las comunidades políticas donde se vota (más) a menudo: cualquier decisión popular, por muy importante que sea, no deja de ser una decisión temporal. Como en el fútbol, después del partido es antes del siguiente partido. Un sí o un no salido de las urnas no es una cuestión de vida o muerte, como en un campo de batalla.

La parte derrotada tiene el derecho de seguir luchando por sus convicciones. Así como al presunto vencedor le queda el derecho de repensar su decisión. El alarmismo y la agitación que ha generado el referéndum sobre el Brexit son comprensibles, pero no por ello dejan de ser equivocados. Hasta que el titular del ‘Daily Mirror’ “We’re out” [Estamos fuera] se vuelva realidad, pueden pasar años. Y se necesitarán múltiples votaciones, pequeñas y grandes.

También en Suiza se requerirá mucho tiempo hasta que el 50,3% de síes a la iniciativa ‘contra la inmigración en masa’ votada el 9 de febrero de 2014 se pueda aplicar de una forma aceptable para la mayoría. El factor tiempo es importante. El tiempo deja espacio al diálogo, a la reflexión y al aprendizaje y sienta así las bases para las próximas decisiones.

¿Hay que someter a votación popular cuestiones decisivas como la permanencia o la salida de un país de la Unión Europea? Envíenos su opinión.

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Traducción del alemán: Belén Couceiro, swissinfo.ch

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