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Editorial


El futuro es democrático







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Helvecia es tan bella y fuerte porque representa una democracia. Una cultura de conflicto en la que nos hemos formado en el corazón mismo de nuestros pueblos. La asamblea municipal constituye una microsociología de actuaciones, motivaciones y actores. A esta pequeña escala podemos percibir cuáles son las consecuencias de una acción política motivada por intereses particulares o la fuerza normativa de lo fáctico. Pero aquí también podemos descubrir un espíritu de grupo o de resistencia.

Helvecia es la personificación nacional femenina de Suiza y la protagonista de la plaza en Berna que lleva su nombre. (AFP)

Helvecia es la personificación nacional femenina de Suiza y la protagonista de la plaza en Berna que lleva su nombre.

(AFP)

Las disputas y emociones forman parte de la socialización política en Suiza. Las manos se alzan en las asambleas municipales, donde a veces se respira un ambiente tenso y hay miradas que cortan. Según el ambiente y la dinámica, uno percibe casi físicamente cómo está distribuido el poder. Y las relaciones de fuerza pueden cambiar de un momento a otro. No es la masa sino el individuo quien marca la diferencia. Y así uno aprende enseguida lo injusta y puñetera que puede ser esa política. A menudo el resultado de la democracia es un regañadientes.

Las asambleas suelen terminar con un animado debate en torno a una cerveza. Aceptar, pagar y asumir responsabilidad también son cosas que se aprenden. A ello hay que añadir no solo la ponderación y el buen criterio sino también la pasión. Antes se debatía entorno a las mesas de tertulia rodeados de una humareda de cigarros. Hoy, la cultura del libre debate se vive principalmente en los foros de la red y en las redes sociales. En Internet ha surgido una plétora de nuevos espacios públicos que demuestran una cosa: la gente sigue comprometida.

Pero la democracia hoy también provoca disgustos y adolece de desperfectos incuestionables, cuestiones pasadas que vuelven a salir a la superficie. ¿Quién decide, quién gobierna Suiza? ¿El pueblo, el sector empresarial, el mundo financiero, el Parlamento, la administración, los grupos de presión, los medios de comunicación o acaso el extranjero? ¿Existen quizás nuevos actores? ¿Y qué entiende la clase política por ‘Suiza’?

No es una novedad que pongamos nombre a los ‘síntomas’ de un desarrollo que las voces críticas llaman ‘malestar helvético’: una creciente aversión hacia las instituciones políticas, sobre todo hacia el Estado, pero también hacia la justicia, la disensión entre los partidos, la abstención, propaganda desproporcionada cuando se convocan votaciones –que atiza y alimenta los miedos–, una Constitución desafiada y una reflexión sobre el impacto y la aplicación de los derechos populares.

Los medios de comunicación deben seguir siendo el sustrato de la democracia. En medio de tanta confusión, desinformación y manipulación, los medios permiten generar una opinión política, articularla las opiniones, ejercen su función de control e información. Han sentado las bases constitutivas de la democracia y deben continuar haciéndolo. El margen de maniobra de los políticos es cada vez más reducido, debido a la creciente presión de los grupos de interés o su excesiva preocupación por detectar el sentir popular. Tanto la clase política como los medios de comunicación apuestan cada vez más por la emoción y se dejan provocar con demasiada facilidad. Y urge encontrar un contrapeso a esta ética de la conciencia.

Pues en lo pequeño es posible en Suiza poner tachas a los derechos fundamentales. Ello convierte la democracia en imprevisible y la pone en peligro; miedo, rabia, moral y el espíritu de la época que tiene a la polarización política protagonizan un papel importante y pueden causar una gran confusión en el debate. También en Suiza hay fuerzas que saben cómo sacar provecho del dramatismo.

Más que nunca necesitamos sobriedad intelectual y análisis ponderados, más allá de la brecha derecha-izquierda. La emocionalidad con que debatimos temas como la problemática de los refugiados debe ceder espacio a un enfoque más objetivo, amplio y exhaustivo –con independencia de los efectos narrativos, la moral, el número de clics o de cuotas de audiencia.

SWI swissinfo.ch –como su nombre indica– tiene un enfoque particular, el paisaje político y cultural de Suiza, sus valores, sobre todo, su democracia directa. Tenemos una gran responsabilidad. Pero la democracia requiere toda la atención y todos los esfuerzos. Es un proyecto de envergadura que exige el compromiso de todos los actores a cumplir con sus obligaciones.

Quienes residen en el extranjero y quieran comprender a Suiza y su actualidad –con su historia e historias– puede leer SWI. E invitamos a nuestros lectores a que compartan sus opiniones con nosotros. Los cerca de 750 000 suizos que viven fuera del país tienen un mayor peso electoral que algunos cantones suizos. Es justamente por ello que SWI necesita ser un medio independiente. Analizamos e informamos de forma exhaustiva la política, la economía, la cultura y la ciencia en Suiza. Ofrecemos una mirada dilucidada, crítica y a veces profunda sobre el carácter helvético, los valores suizos, así como sobre el sentir en nuestro país y el apego a la patria. La actualidad suiza en el corazón del mundo y en diez idiomas.

El futuro pasa por la democracia. Es la convicción que proyectamos fuera de nuestras fronteras. Y la política no es una disciplina aislada. Es posible estar a favor y en contra. La felicidad está estrechamente vinculada a las condiciones intrínsecas de la vida en los municipios descritas más arriba y a esos mecanismos democráticos. La participación tiene algo que aportar. Estas son nuestras raíces, esta es nuestra cultura política, y esta felicidad no debe ser efímera.

Suiza es un país con pujanza, una democracia arraigada en nuestra cultura, con reglas fundamentales y una Constitución justa – es lo que determina la belleza de Helvecia. Tiene adversarios, pero ninguno realmente peligroso. Aun así, Helvecia se enfrenta hoy a nuevas cuestiones, cuestiones relativas a la igualdad, que son también oportunidades, y necesita ahora armarse de valor y capacidad de reflexión. Se trata en cierta medida de cultivar el paisaje suizo, de labrar espiritualmente sus campos.


Traducción del alemán: Antonio Suárez Varela, swissinfo.ch

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