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A 20 años del primer descubrimiento


Existen planetas por millares, pero ¿hay vida?




Tal vez hay vida terrestre no tan lejos de nosotros. Europa, uno de los satélites de Júpiter, esconde inmensos océanos bajo una espesa capa de hielo como muestra esta imagen de un artista. Y el agua es el elemento fundamental para que pueda haber vida. (NASA)

Tal vez hay vida terrestre no tan lejos de nosotros. Europa, uno de los satélites de Júpiter, esconde inmensos océanos bajo una espesa capa de hielo como muestra esta imagen de un artista. Y el agua es el elemento fundamental para que pueda haber vida.

(NASA)

El 6 de octubre de 1995, Michel Mayor y Didier Quéloz, del Observatorio de Ginebra, anunciaron el descubrimiento del primer planeta que giraba alrededor de una estrella que no era el Sol. Dos décadas después, la lista de exoplanetas (planetas extrasolares) no ha cesado de aumentar (se tienen documentados más de 2 000), pero no hay rastro de vida. Qué se busca exactamente: ¿marcianos o bacterias?

Algunos han comparado el descubrimiento de los dos suizos con el que hizo Cristóbal Colón, pero en el primer caso nadie –al menos del género humano – está dispuesto a poner un pie en esos exóticos mundos. De hecho, la mayoría de ellos se asemejan más al infierno de Dante que a una tierra prometida.

Pero confirmar que el universo está lleno de planetas (y no solo las estrellas en las que el desarrollo de la vida es imposible) abrió a la ciencia un campo de investigación fenomenal. Hoy, los medios que los observatorios y las agencias espaciales destinan a estas investigaciones confirman que existe un creciente interés por la exploración de los exoplanetas en el ámbito de la astrofísica, pero también de la química, la biología e, incluso, en el mundo de la filosofía. En todos los casos, el Santo Grial sería, sin duda, demostrar que no estamos solos en esta inmensidad.

La misma materia

Las leyes de la física son universales. Las doce partículas fundamentales y las cuatro fuerzas que componen la materia y que gobiernan sus interacciones son las mismas que en la Tierra que en cualquier otro sitio del cosmos. Todas las observaciones hechas con telescopio y los experimentos de laboratorio realizados durante poco más de un siglo lo confirman.

Si estudiamos los átomos y las moléculas, materia básica de la química y la biología, también tenemos poderosas razones para creer que su comportamiento y tendencia a asociarse son universales. Y tampoco puede olvidarse que el hidrógeno, el carbono, el oxígeno, el nitrógeno, el silicio y el hierro –que forman la mayor parte de nuestro cuerpo–, así como el agua que bebemos, el aire que respiramos y el suelo que pisamos, también son parte de los diez elementos más abundantes del universo.

Si todos estos ingredientes supieron combinarse para crearnos, ¿por qué no habría sucedido lo mismo en otros lugares, en alguno de los miles de planetas que tiene nuestra galaxia –que a su vez es parte de otros miles de millones de galaxias?

El agua es primordial

Sin ir más lejos, el reciente anuncio de la NASA sobre la existencia de agua en Marte reavivó la inquietud de una posible vida extraterrestre. En nuestro sistema solar, Europa y Ganímedes (satélites de Júpiter), y quizás también Encélado (satélite de Saturno), esconden inmensos océanos bajo una espesa capa de hielo. Pero todo mundo considera que la vida –al menos como la conocemos nosotros– no puede tener lugar si no hay agua.

“La molécula del agua es única. Permite transportar numerosas sustancias orgánicas e ingredientes inorgánicos indispensables para la vida, como lo son el fósforo o el nitrógeno”, explica Beda Hofmann, de la Universidad de Berna. “Se ha especulado mucho sobre la existencia de otros medios líquidos potencialmente propicios para la vida, pero hasta ahora nadie ha podido probar que una variedad bioquímica como la que se observa en el agua exista en otras materias líquidas”, añade el geólogo, que busca moléculas prebióticas en meteritos hallados en los desiertos árabes.

¿Qué son las moléculas prebióticas? Son los ‘ladrillos’ más elementales de la materia viva; son grandes moléculas constituidas por carbono e hidrógeno. Su presencia en los meteoritos prueba que son capaces de formarse también ambientes fríos y vacíos como el que posee el espacio. Pero aún no es posible hablar de vida. “Existe un abismo entre la molécula prebiótica más elaborada y la célula viva más simple. Todo lo que podemos observar en los meteoritos son meros intentos de la naturaleza de reunir cinco o seis de estos ladrillos, pero estamos lejos de ver una casa construida”, metaforiza Hofmann.

Estos ladrillos que la naturaliza fabrica en casi todos lados, el agua –que es posible encontrar en numerosos planetas–, y la energía que emana generosamente de numerosos estrellas, son los ingredientes básicos de la vida y resultan bastante comunes.

Una supernova y los volcanes

La búsqueda continúa

Desde que Michel Mayor y Didier Quéloz descubrieron el 51 Pegasi b en 1995 se han encontrado cerca de 2 000 exoplanetas. Figuran en los catálogos europeos o americanos y son cada vez más numerosos. En 2015, se descubrió uno nuevo cada tres días.

¿Cómo? Hay dos métodos principales de detección: las velocidades radiales y los tránsitos. La primera utiliza telescopios fijos en la Tierra y conectados a espectrómetros que diseccionan la luz estelar. Junto con los dos HARPS en Chile y las Islas Canarias, el Observatorio de Ginebra es uno de los mejor equipados para este tipo de detecciones. En los últimos 20 años, los equipos de Michel Mayor, y de sus sucesores, han sido punteros en la investigación de exoplanetas. El segundo método (tránsitos) es el resultado de dos telescopios espaciales: el europeo Corot y el estadounidense Kepler.

En 2017, la Agencia Espacial Europea lanzará el CHEOPS, un pequeño telescopio suizo que intentará seguir el tránsito de los planetas identificados gracias a velocidades radiales. En el futuro inmediato, la ESA –que renunció al ambicioso proyecto Darwin – colabora con EEUU y Canadá en la creación del futuro telescopio espacial James-Webb, el sucesor del Hubble a partir de 2018. No se dedicará exclusivamente a los exoplanetas. Analizará también la atmósfera en busca de elementos que puedan dar indicios de vida en mundos lejanos.

Beda Hofmann afirma que considerando que la química progresa cada vez más en el estudio de moléculas orgánicas cada vez más complejas, “me sorprendería mucho que la Tierra sea el único sitio del universo en donde exista vida. Aunque sea de tipo microbiano, debe haberla en otros lugares. Pero la vida inteligente, esa es otra historia...”.

André Maeder, del Observatorio de Ginebra, comparte la visión de Hofmann. Bajo el provocador título de ¿La única Tierra habitada?, el astrofísico publicó en 2012 un libro en el que cita las condiciones indispensables para el surgimiento y el desarrollo de la vida hasta el estado en el que la conocemos en la Tierra.

Con frecuencia se habla de que se requiere una distancia óptima con respecto a su estrella, que permite a un planeta disponer de una temperatura propicia para que el agua se mantenga líquida. Pero esta es solo una de las alrededor de 80 condiciones que enumera el autor. Y algunas de ellas son sorprendentes.

Un ejemplo, “todo el mundo conoce el riesgo que suponen los volcanes. Por tanto, son indispensables para que haya vida en la Tierra. Sin los volcanes no habría suficiente CO2 en la atmósfera, y al haber menos gases de efecto invernadero nuestro planeta sería una bola de hielo”, detalla André Maeder.

Vida y muerte de las civilizaciones

El astrofísico se niega a ser considerado “pesimista”. Para él existen más probabilidades de encontrar bacterias que civilizaciones como tal. Entre otras causas, porque una civilización requiere tiempo y un ambiente estable para desarrollarse. Un privilegio que posee la Tierra.

La presencia en el sistema solar de un coloso como Júpiter protege a la Tierra del impacto de los asteroides. Sin el planeta gigante para capturar esa “piedras”, nuestro mundo ya habría sido víctima desde hace siglos de algún exterminador (como el que terminó con los dinosaurios).

Está también la cuestión de las distancias: mirar lejos en el espacio implica también mirar lejos en la línea del tiempo. Una estrella situada a 2 000 años luz se ve idéntica hoy a como se veía cuando Jesucristo vivía. Si acaso ha existido alguna civilización en otro planeta, ¿no será que estamos demasiados años antes o después de lo necesario para detectarla?

“Nadie sabe cuánto tiempo puede durar una civilización tecnológica como la nuestra”, explica André Maeder. Una cuestión que nos conduce a reflexionar sobre el tema ecológico. Es evidente que el crecimiento del mundo actual no puede sostenerse de forma indefinida. Sería imposible seguir adelante con el mismo ritmo de crecimiento durante los próximos 100 000 años sin agotar todo.

Beda Hofmann, incluso más radical, pregunta sin rodeos si la vida inteligente es realmente la culminación de la evolución. “Quizás después de algún tiempo va a desaparecer, esto dependerá de si dicha inteligencia es una historia de éxito, o no. Solo la evolución lo dirá”, aventura el geólogo, convencido de que en un millón de años la Tierra se habrá liberado del hombre, pero no de la vida.


Traducción del francés: Andrea Ornelas, swissinfo.ch

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