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Huida


Éxodo de Eritrea, sin nada que perder


Por Stefania Summermatter, de vuelta de Etiopía


En fuga del régimen de Isaias Afewerki, miles de jóvenes eritreos abandonan su país a través de la frontera con Etiopía. El viaje hacia Europa comienza aquí, en los campos de refugiados al norte etíope, mientras que otros, en la periferia de Adís Abeba, esperan desde hace años su boleto para alcanzar suelo helvético. Reportaje. 

Jóvenes eritreos en el campo de refugiados de Mai-Aini, en el norte de Etiopía. (Reuters)

Jóvenes eritreos en el campo de refugiados de Mai-Aini, en el norte de Etiopía.

(Reuters)

Mebrathon nos ha dado cita en un parque de la periferia de la ciudad. El taxi sigue su camino entre obreros que trabajan en la construcción de las calles y mendigos, que estiran la mano a la espera de recibir unas monedas.

Con sus tres millones de habitantes, Adís Abeba está inmersa en la fiebre de la construcción: los viejos barrios dejan lugar a hoteles,  inmuebles residenciales y grandes tiendas. El corazón de la capital etíope, a 2.330 metros de altura sobre el nivel del mar, encarna la ambición de desarrollo de un país entero, donde aún el 30% de sus habitantes vive en la pobreza.

Para los refugiados eritreos, la capital etíope es una ciudad extraña, a veces, hostil, un lugar de paso. El teléfono suena: es Membrathon. “Prefiero que nos encontremos en un estacionamiento. Aquí hay mucha gente, no me siento seguro”.

De origen eritreo, Mebrathon tiene 39 años y la mirada perdida. Habla en voz baja. “Llegamos a Etiopía hace un año y medio, pero pasado mañana parto. No puedo quedarme más sin hacer nada”. Ya preparó su bolsa: un par de pantalones y una playera, su biblia y algunas monedas.  Un pasador lo cruzará a Sudán; y otro, a Libia. Una vez allí, esperará un barco que lo llevará a Italia. El viaje toma meses. 

 (swissinfo.ch)
(swissinfo.ch)

Un pueblo entero a trabajos forzados

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 4.000 eritreos cruzan cada mes clandestinamente las fronteras etíopes hacia suelo sudanés, para huir del régimen totalitario de Isaias Afewerki. El primero y único presidente de la Eritrea independiente ha militarizado la sociedad, con la retórica de una situación de “ni de guerra ni de paz” con Etiopía. 

Las razones de la huida

Desde su independencia en 1993, el exlíder revolucionario Isaias Afewerki, de 59 años y formado en la China maoísta, gobierna Eritrea con mano de hierro. Su régimen es considerado uno de los más represivos y paranoico en el mundo. El país se encuentra entre los diez más pobres del globo. En junio de 2014, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU decidió abrir una investigación sobre la situación en Eritrea, una medida adoptada hasta ahora solo en otros dos casos: Siria y Corea del Norte.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 4.000 eritreos cruzan cada mes clandestinamente las fronteras etíopes hacia suelo sudanés, para huir del régimen totalitario de Isaias Afewerki. El primero y único presidente de la Eritrea independiente ha militarizado la sociedad, con la retórica de una situación de “ni de guerra ni de paz” con Etiopía.

Todos los ciudadanos, hombres y mujeres, deben servir en el ejército o en una empresa estatal durante un periodo indeterminado, como si fueran trabajadores forzados. Fugitivos y desertores son considerados enemigos del pueblo: pagan su pena con la prisión y, a veces, con su vida, según indica Amnistía Internacional.

Mebrathon fue enrolado en el ejército con 16 años de edad. “Al principio estaba de guardia en la frontera con Etiopía. Teníamos la orden de disparar a todo aquel que intentara cruzarla. Trabajaba día y noche por un salario de 450 nakfas, unos 30 dólares. La primera vez que intentó escapar tenía poco más de 30 años. Pero los otros soldados lo detuvieron, lo encerraron en una celda subterránea y lo torturaron. Mebrathon enciende un cigarrillo, Se ven aún las marcas de las esposas en sus muñecas. 

La segunda fuga lo lleva a Asmara, su ciudad natal, donde pasa tres años en la ilegalidad. “Jamás dormí dos veces en el mismo sitio. Trabajaba como sirviente, con papeles falsos. Pero cuando el ejército comenzó a interrogar a mi familia y la ciudad quedó completamente militarizada, se volvió demasiado peligroso esconderse. Busqué entonces un pasador que me condujera a Etiopía”. El cruce le costó 2.000 dólares. Su hermana le envió el dinero desde los Estados Unidos para pagar los gastos de 18 horas de marcha entre puestos de control y francotiradores. 

 (swissinfo.ch)
(swissinfo.ch)

Refugiados en la frontera con Etiopía

Desde Adís Abeba avanzamos hacia el norte, en la región histórica de Tigray. Estamos a solo unos pocos kilómetros de la frontera, que desde 1998 ha sido el escenario del conflicto entre Etiopía y Eritrea. En esta tierra semiárida donde el sol no deja escapatoria, los refugiados encuentran un primer abrigo temporal. Una vez que han cruzado la frontera son acompañados por las tropas etíopes al centro de registro de Endabaguna.

Primera etapa: Etiopía

La elección de Etiopía o de Sudán como el primer destino para escapar depende de la proximidad geográfica y de los lazos culturales y familiares del emigrante. En los últimos años, sin embargo, la frontera con Sudán se ha vuelto cada vez más peligrosa: los eritreos corren el riesgo de ser repatriados por la fuerza o secuestrados en los campamentos y vendidos a los beduinos. Por ello, muchos eligen el camino hacia Etiopía, incluso si esto significa una etapa más en su viaje hacia Europa. 

Desde Adís Abeba avanzamos hacia el norte, en la región histórica de Tigray. Estamos a solo unos pocos kilómetros de la frontera, que desde 1998 ha sido el escenario del conflicto entre Etiopía y Eritrea. En esta tierra semiárida donde el sol no deja escapatoria, los refugiados encuentran un primer abrigo temporal. Una vez que han cruzado la frontera son acompañados por las tropas etíopes al centro de registro de Endabaguna.

Con más de 620.000 refugiados registrados, de los cuales 100.000 son de Eritrea, Etiopía sigue una política migratoria de "puertas abiertas", explica Michael Owor, responsable de la sección de ACNUR en Tigray. "Nadie es enviado de vuelta." Una política sin duda generosa, pero que se confronta con la maquinaria policial y burocrática del Estado etíope. A esto se suma la falta de fondos financieros y las restricciones impuestas a las organizaciones no gubernamentales, que prácticamente están ausentes en los campos del norte del país.

Llegamos a Endabaguna a la hora de la comida. Apenas entramos, somos puestos bajo custodia de las autoridades que se ocupan de gestionar los campos: nada de fotografías, nada de entrevistas a los refugiados. Nuestra presencia no es especialmente bienvenida. Varios cientos de eritreos están sentados a la sombra, a la espera de su comida. No hay instalaciones propiamente dichas, en realidad: los refugiados deben quedarse aquí solo por un par de horas, el tiempo de la primera audiencia. Pero los campos donde deben pernoctar están llenos y a veces este centro hace las veces de su “hogar” por varias semanas.

Un poco más adelante, un niño duerme en el suelo, bajo un techo sostenido por ladrillos. Cruzó la frontera solo hace unos días. El suyo no es un caso aislado: desde el comienzo del año, ACNUR ha registrado un fuerte aumento en el número de menores no acompañados, tanto en Etiopía, como en Sudán.

En los campos, entre sed de agua y de vida

Siguiendo la ruta de los emigrantes, nos movemos hacia el campo de Hitsats, que abrió sus puertas el año pasado. Es aquí donde normalmente se traen a los recién llegados. El camino de tierra sube por las montañas y luego desciende a través de las aldeas rurales, donde las casas aún están construidas con troncos de madera. 

El costo del viaje

Eritrea-Etiopía (Sudán): 1.500-2.000 dólares

Etiopía-Sudán: 1.500 dólares

Sudán-Libia: 1.500 dólares

Libia-Italia: 2.000-2.500 dólares

Para pagar a sus pasantes, los emigrantes eritreos recurren a la familia y a los amigos residentes en el extranjero. Muchos piden prestado o trabajan en obras de construcción en Libia o Sudán, a fin de poder costearse el viaje.

Con una población de alrededor de 20.000 refugiados, Hitsats podría considerarse una pequeña ciudad. Pero si en los otros campos hay, al menos, ciertas estructuras, como una clínica, una escuela o una tienda - aquí se carece de lo esencial. "A veces no hay suficiente agua potable y energía para todos. La región es pobre en recursos naturales y estos deben ser compartidos entre los refugiados y los miembros de las comunidades locales. Se carece de los recursos financieros necesarios para dar una respuesta adecuada", dice Michel Owor, jefe de ACNUR en Tigray. 

Para evitar las miradas indiscretas, la joven Danait nos lleva a su tienda, que comparte con una docena de refugiados, incluidos hombres. Sentada en el colchón, mueve una de sus piernas sin cesar, está nerviosa. Tiene 23 años y el físico de una chica mucho más joven. Inicia su relato: "En los campamentos somos como las plantas. Nos despertamos tan pronto como sale el sol. Desayunamos y nos sentamos a hablar de nuestro futuro. Siempre las mismas preguntas, las mismas historias. Por la tarde vamos a dar un paseo por el pueblo hasta la hora de la cena. Luego esperar poder dormir, con un ojo siempre abierto."

Con un ligero acento lombardo, Danait nos dice que estudió italiano en la escuela de Asmara y que había recibido una beca de estudios de la Universidad de Roma. Pero obtener un visado de salida de Eritrea es imposible para los jóvenes con buena salud y aptos para el servicio militar en Eritrea. También ella vistió el uniforme. Como todos los adolescentes eritreos, Danait siguió el último año de la escuela en el centro de instrucción militar de Sawa, entre lápices y rifles. Luego fue contratada como empleada doméstica: "El sargento quería algo más que una simple cena ... así que me escapé." Danait está en el campo desde hace solo unos meses; su amigo Teddy, desde hace años. "Traté de llegar a Israel, pero fuimos secuestrados en el Sinaí y traídos aquí”.

Un rostro con el ceño fruncido aparece en la tienda de campaña. Es el director del campamento que nos invita a seguirlo a su oficina, "Podemos hablar con más confianza", dice. Y tomar así el control de la situación.

Los refugiados con los que nos encontramos no confían en las autoridades, acusadas de recibir sobornos, y no se sienten seguros en los campos. “Circulan historias de mujeres violadas y de refugiados secuestrados. Por la noche, nunca salgo sola”, afirma Danait. El ACNUR tiene conocimiento de estos relatos, pero los relativiza. Más tarde, el responsable regional de las autoridades nacionales de migración (ARRA) desmentirá la acusación de corrupción, al tiempo de reconocer que garantizar la seguridad en los campamentos es particularmente difícil. "Dada la fuerte presencia de los jóvenes varones solos, los casos de violencia son más altos que en los campos donde se encuentran principalmente familias con niños”.

Quedarse en Etiopía no es una opción

Para la mayoría de los refugiados eritreos, Etiopía no es un destino privilegiado, sino un paso obligado en espera de ir más lejos. Por un lado, porque la crisis en Eritrea dura ya décadas y la falta de perspectivas de cambio excluye la posibilidad de un retorno. Por otro, porque en Etiopía las opciones son muchísimo menos atractivas que las que se imaginan que podrán obtener si llegan a Europa. 

Destino: Europa

Desde que Israel construyó un muro de 230 km de largo en sus confines con Egipto, hizo prácticamente intransitable su frontera. Por ello los eritreos optan por la ruta del Mediterráneo. El número de barcas interceptadas a largo de las costas italianas ha aumentado de manera significativa, a causa de la inestabilidad en Libia y del operativo ‘Mare Nostrum’, que Italia inició en octubre de 2013 para rescatar a los emigrantes.

"Los jóvenes de veinte años sueñan con  tener una familia, un trabajo, un diploma de estudios. Es comprensible que traten de salir de los campos, porque aquí no tenemos futuro. Por otro lado, el papel de ACNUR en los campamentos es ofrecer una respuesta puntual a una emergencia humanitaria. Nada más", indica Bryant Ramsey, a cargo de la sección de protección en ACNUR Tigray.

En Etiopía, los refugiados no tienen libertad de movimiento. El Estado autoriza a aquellos que tienen problemas de salud graves a vivir en la ciudad y da la oportunidad de que un puñado de jóvenes puedan continuar sus estudios aquí, a través de un programa reservado solo para ellos, en virtud de la cultura semejante que comparten con sus vecinos etíopes. Los beneficiarios son 300 chicos, el 0,3% de los 100.000 refugiados registrados.

Quien no entra en estas dos categorías, debe demostrar que cuenta con los medios financieros para mantenerse fuera del refugio.Por lo general, esta tercera opción es posible solo para aquellos que reciben dinero enviado por sus familiares en el extranjero. Es el caso de Jamila* y Sophia*, que huyeron de Eritrea para reunirse con su hermano Asmaron en Suiza. Las encontramos a nuestro regreso a la capital etíope. Dos chicas perdidas en una ciudad demasiado grande.

El sueño de volar en Suiza

Jamila acababa de obtener la mayoría de edad cuando cruzó la frontera, hace un año. Desde entonces, no deja ni un solo momento a su hermana Sophia, quien conduce la conversación con swissinfo.ch, a la defensiva, con un ceño dibujado en su rostro. “¿Cómo podemos tener la seguridad de que usted no viene de la Embajada?" Bebemos café y el ambiente se relaja. En una estufa de carbón, Jamila calienta las verduras preparadas el día anterior y una mazorca. Toma un pedazo de injera, el pan tradicional etíope, y en este envuelve un poco de la verdura para ofrecérnosla. Un gesto de bienvenida que se repite dos veces, como lo marca la tradición.

Pocos objetos, pero un gran deseo de normalidad. (swissinfo.ch)

Pocos objetos, pero un gran deseo de normalidad.

(swissinfo.ch)

Esta habitación de tres metros por cuatro contiene todo el presente de Jamila y Sophia, que viven con cien dólares al mes. “Es poco, pero tratamos de hacer que sea mucho”. En la capital no conocen casi a nadie, no hablan ni inglés ni amárico, la lengua oficial de Etiopía. "Al principio teníamos miedo de salir, pero al menos ahora empezamos a orientarnos en el barrio y a decir algunas palabras" 

El peso de la diáspora

La población de Eritrea se estima en cinco millones: por lo menos una quinta parte ha encontrado refugio en el extranjero, especialmente en Sudán, Etiopía, Israel y Europa.

Suiza, junto con Suecia, Noruega, Alemania y los Países Bajos, se encuentra entre los destinos preferidos por los eritreos en el Viejo Continente. En los primeros siete meses del 2014, 4.043 personas han presentado una solicitud de asilo. Durante los últimos 5 años, el 65% de los solicitantes obtuvieron el estatuto de refugiado, pese a la supresión de la deserción y la objeción de conciencia de la lista de motivos para obtener el asilo. El pueblo suizo decidió eliminar estos dos criterios a través de su voto el 9 de junio de 2013.

Huyeron de Eritrea en agosto de 2013. Esperan desde hace meses una respuesta de la Oficina Federal de Migración de Suiza. Su hermano ha presentado una solicitud de reagrupación familiar. "Soñamos con poder estudiar y ser capaces de ayudar a nuestros padres en Eritrea."

Las chicas no saben en qué estado se encuentra el proceso de su solicitud. Están nerviosas y tienen miedo. No saben que Asmaron, su hermano, deberá demostrar a las autoridades que tiene un empleo y un apartamento adecuado para poder acogerlas y mantenerlas, condiciones no siempre fáciles de cumplir para aquel que vive en Suiza con el estatus de refugiado o con un permiso de admisión provisional.

A pocas cuadras de distancia nos encontramos con Senait, de 26 años. Hace unas semanas recibió una llamada de la embajada helvética: su solicitud de asilo fue rechazada. El marido, que se encuentra desde hace varios años en Suiza, intentó tranquilizarla. "Me dijo que apelará. Él no quiere que yo parta para Libia, porque es demasiado peligroso. Pero, ¿qué hago aquí sola? Si me las arreglo para cruzar el mar y llegar a Suiza, no me enviarán de vuelta ... ¿cierto?”

Los que regresan y los que se van

Los emigrantes saben lo que les espera en el camino a Libia. Saben de los naufragios, del desierto, de las cárceles libias y del riesgo de ser secuestrados en Sudán y vendidos a los beduinos del Sinaí. Como le sucedió a Milena y a sus cuatro amigos. "Hemos pasado más de un año encerrados en una prisión. Me golpearon y violaron". Lo dice, mirándonos directamente a los ojos. 

Este reportaje fue realizado en el marco de eqda.ch, un proyecto de intercambio entre periodistas suizos y de países en vías de desarrollo.

Según las organizaciones de defensa de los derechos humanos, desde el año 2009 decenas de miles de migrantes, principalmente eritreos, han sido secuestrados. La práctica es siempre la misma: "Mientras nos torturaban, llamaban a nuestra familia para pedirles un rescate". La cifra exigida varía entre 30 a 40.000 dólares, que la gente busca obtener entre amigos, familiares y prestamistas. Los que sobreviven a menudo terminan en las cárceles egipcias en espera de ser expulsados, de nuevo, a Etiopía. Senait ha oído hablar muchas veces de este tipo de extorsiones. Sin embargo, su decisión ya fue tomada. Dos días después de nuestra partida, también ella ha abandonado Etiopía. La primera etapa de su periplo es Sudán. Una vez allí organizará el resto del viaje. "Lo más difícil es encontrar un pasador de confianza. Pero he preguntado por ahí y ya tengo un nombre ". ¿No tiene miedo? "Claro, pero no tengo nada que perder. Mi vida está ahora en las manos de Dios".

* Nombres ficticios 


Traducido del italiano por Patricia Islas, swissinfo.ch

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