Your browser is out of date. It has known security flaws and may not display all features of this websites. Learn how to update your browser[Cerrar]

Política de inmigración


Suiza y sus extranjeros: pragmatismo ante todo




Más de dos años después del referéndum del 9 de febrero de 2014, Suiza se pregunta todavía cómo va a conciliar las cuotas requeridas con la libre circulación. Mientras las negociaciones con la UE están en punto muerto, veamos qué ha pasado en un siglo de inmigración en un país donde el buen extranjero es ante todo el extranjero útil.

Trabajadores temporeros italianos en los andenes del tren en 1956. Durante décadas fueron y vinieron de su país (donde pasaban tres meses) a Suiza (donde trabajaban el resto del año). (RDB)

Trabajadores temporeros italianos en los andenes del tren en 1956. Durante décadas fueron y vinieron de su país (donde pasaban tres meses) a Suiza (donde trabajaban el resto del año).

(RDB)

Los inmigrantes han contribuido ampliamente a la construcción de la Suiza moderna. En 1914 constituyen el 15% de la población. Llegan principalmente de Francia, Alemania e Italia. Algunos son banqueros o dirigentes empresariales, pero la mayoría trabaja en el campo, en fábricas o en la construcción de la red ferroviaria. Durante la Primera Guerra Mundial, las tensiones internas son fuertes entre los que apoyan a Alemania y aquellos cuyo corazón se inclina hacia Francia. Con la crisis económica que sobreviene surge el miedo a la ‘Überfremdung’, el desbordamiento de esos extranjeros vistos como una amenaza a la cohesión nacional.

En ese clima el Consejo Federal (Gobierno) elabora en 1931 la primera Ley de Extranjería. “Contiene la idea de que Suiza no es un país de inmigración y que los extranjeros solamente pueden realizar estancias temporales. Ahí está el origen del famoso estatuto de temporero”, señala Etienne Piguet, profesor de Geografía Humana de la Universidad de Neuchâtel y autor en 2013 de ‘La inmigración en Suiza, 60 años de entreapertura’.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Suiza necesita brazos. Abre las puertas a la inmigración, y cuando la economía se desacelera y sus necesidades disminuyen, las cierra un poco. Es el caso en 1963, cuando el Consejo Federal introduce por primera vez una cuota máxima de temporeros por cantón. “En esos tiempos, la preferencia nacional es vista como algo completamente normal”, precisa Etienne Piguet. “La idea que prevalece es que Suiza ofrece trabajo, y aquellos que quieren tomarlo solamente pueden sentirse felices. Luego pueden volver a su casa con sus ahorros y reasentarse en su país”.

El largo camino hacia la integración

‘Gastarbeiter’ (trabajadores invitados), ‘Fremdarbeiter’ (trabajadores extranjeros): la terminología es clara. El extranjero -sobre todo el italiano en ese momento- es bienvenido para trabajar, pero no más. En Roma, sin embargo, no lo ven de esa manera. En 1964, cediendo a la presión constante de Italia, Suiza concede finalmente la posibilidad de transformar, al cabo de cinco años, el permiso de temporero en permiso anual. Les concede también el derecho que hasta entonces se les había negado de reagrupar a la familia.   

El mismo año lanzan en Zúrich la primera iniciativa popular “contra el control extranjero”, que será retirada antes de ser sometida a votación. La segunda llega en 1970, en la mano del diputado de Acción Nacional, James Schwarzenbach. Busca limitar el número de extranjeros en 10%. Será rechazada con 54% de los votos. Y las siguientes (1974 y 1977) lo serán de manera aún más contundente. Mientras tanto, el Gobierno establece una Comisión Federal para los Extranjeros que promueve la integración y la naturalización aceleradas.

“Empezamos a reconocer que esas personas forman parte de nuestra sociedad, que no se van y que está naciendo una segunda generación. Es realmente el punto de partida de la política de integración”, señala Sandro Cattacin, sociólogo de la Universidad de Ginebra especializado en la temática de la migración.

Después de la ola xenófoba de los años 70, la izquierda contraataca con una propuesta para suprimir el estatuto de temporero, que considera inhumano. Pero su iniciativa, denominada ‘Ser solidarios’, es rechazada en 1981 por casi el 84% de los votantes. Hay que esperar hasta 2002 y la entrada en vigor del acuerdo de libre circulación de personas entre Suiza y la UE para ver desaparecer el permiso de trabajo de temporada. En 1985, 1993 y 1995, los suizos rechazan aún tres iniciativas destinadas directamente a limitar la inmigración.

Liberalismo y fronteras

Defender la economía y pretender limitar la inmigración cuando la economía la necesita: ¿no es contradictoria la política de la derecha conservadora? No para el diputado de la Unión Democrática de Centro (UDC/derecha conservadora) Yves Nidegger, quien recuerda que “entre los adeptos a la economía liberal, en este país ha habido siempre dos derechas, una que ama a los campesinos y a las fronteras, y otra que ama a la industria de la exportación y no a las  fronteras. Desde hace 100 años están en el punto de ruptura cuando se habla de las fronteras, pero se entienden muy bien cuando se trata de contrarrestar la sovietización de la legislación suiza deseada por la izquierda. Entonces se puede muy bien ser adepto al liberalismo y amar las fronteras”.

En cuanto al éxito de la iniciativa del 9 de febrero de 2014, el legislador explica que en las ocasiones anteriores el voto se produjo “en la época de los contingentes, mientras que ahora estamos en régimen de libre circulación, y la gente vio lo que nunca antes. Con los contingentes, la gente solamente venía a trabajar. Ahora vienen con su familia y esto hace dos veces más de gente”. 

 “Entreapertura”

“Podemos decir que en ese periodo ninguna iniciativa verdaderamente restrictiva fue aceptada”, resume Piguet. “Pero, simétricamente, ninguna iniciativa proinmigrantes fue aceptada”. Se quiso inmigración, se reclutó, en gran parte por razones económicas, pero al mismo tiempo, siempre se quiso frenarla. “Por eso hablo de ‘entreapertura’”.

Para Cattacin, si ahora la mayoría de la Suiza urbana parece vivir bien con la inmigración, hay todavía una franja poblacional que aún cultiva el reflejo de la cerrazón. Sin embargo, este último ha evolucionado a lo largo de las décadas: “Los discursos xenófobos de los años 60-70 no se apoyaban, como ahora, en las culturas, sino en el mantenimiento de lo que hace la belleza del país. Schwarzenbach era un romántico, un verde, muy orientado a la naturaleza. Y en su tiempo, Suiza experimentó un acelerado crecimiento de la mancha urbana, un poco como sucede hoy en los países del Este de Europa. Y cuando se va demasiado rápido, se crean problemas de orientación en la gente que despiertan los reflejos conservadores”.

Una primicia

Entonces, ¿cómo explicar el voto del 9 de febrero de 2014? Ese día, los suizos aceptan (por poco) la iniciativa de la UDC (derecha conservadora) contra la inmigración masiva, la cual prescribe introducir cuotas de inmigración, en detrimento de los acuerdos concluidos con la Unión Europea sobre la libre circulación.

“Un caso interesante”, analiza Cattacin. “La mayoría de las iniciativas precedentes, que eran abiertamente xenófobas, tuvieron más o menos el mismo marcador: 60-40 a favor del no. Pero hay un 20% del electorado que está dispuesto a orientarse a la xenofobia si eso no afecta su bienestar o su billetera. Lo vimos con la prohibición de los minaretes, y vamos a ver lo mismo con la prohibición de la burka”.

“De manera contraria, la iniciativa del 9 de febrero tiene importantes consecuencias económicas y, sin embargo, logró reunir a parte de ese 20%”, continúa el sociólogo. “Eso proviene de una confusión en la mente de las personas que no sabían bien qué se votaba realmente. Vimos, por ejemplo, a los Verdes del Tesino apoyar la iniciativa, animados por un reflejo ecológico antieuropeo. Y eso fue suficiente para inclinar la balanza hacia el sí y crear estos problemas, de los que no sabemos cómo salir”.

Tampoco Piguet tiene la solución milagrosa para resolver la contradicción entre las cuotas y la libre circulación. Pero para él, la limitación puede asumir “una forma extremadamente ligera, como una cláusula de salvaguardia, destinada a no ser activada”, en todo caso, para la inmigración europea. De manera contraria, prevé restricciones más severas para los ciudadanos del resto del mundo, y especialmente para los solicitantes de asilo.

“Así que, básicamente, Suiza tratará de conservar la mayor libertad posible con respecto a la UE, y fortalecer los otros canales de entrada”, advierte el geógrafo. Para él, el principio dominante de la política migratoria suiza es el mismo: “Permitir a la economía encontrar mano de obra lo más fácil posible”.

Campeón mundial de inmigración

Durante los últimos 60 años se estima en más de 6 millones el número de inmigrantes llegados a Suiza. Muchos se fueron pero, en relación con su tamaño, la Confederación ha tenido una inmigración duradera mucho más alta que la mayoría de los países del mundo. A finales de 2014, Suiza tenía casi 2 millones de extranjeros y 8,2 millones de habitantes.

La mayoría de la población extranjera residente en Suiza es de origen europeo y, en particular, está compuesta por ciudadanos italianos (15,3%), alemanes (14,9%), portugueses (13,1%) y franceses (5,8 %), de acuerdo con cifras de 2014 de la Oficina Federal de Estadística.

Más de la mitad de los europeos que emigraron a Suiza merced a la libre circulación de personas poseen una educación superior. Pero muchos trabajan también en empleos poco calificados en la construcción, el turismo y la salud.

A excepción de casos muy particulares, como las monarquías petroleras del Golfo, pequeños países de acogida masiva de refugiados (Jordania, Líbano) o ciudades-Estado como Singapur o Luxemburgo, Suiza encabeza, según cifras de la OCDE (2005-2009), a los países de inmigración, con 16,5 entradas anuales por cada 1 000 habitantes.

(Fuente: ‘Inmigración e integración en Suiza desde 1945: principales tendencias’, Etienne Piguet, Universidad de Neuchâtel / Oficina Federal de Estadística)


Traducido del francés por Marcela Águila Rubín, swissinfo.ch

×