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Punto de vista


Se ha agotado el tiempo de la indiferencia


Por Jorge Castañeda, analista político


Por Jorge Castañeda

La confrontación entre Venezuela y Estados Unidos obligará a los países de América Latina a tomar partido a favor del uno o el otro, opina Jorge Castañeda, exministro mexicano de Exteriores.

Hasta ahora la crisis venezolana solo surtía efectos dentro del propio país. Salvo uno que otro exabrupto de Hugo Chávez antes de morir, una que otra expropiación de empresas extranjeras sin la adecuada compensación, y una que otra injerencia menor en las contiendas electorales de naciones vecinas, los estragos de 15 años de despilfarro, corrupción, desviación autoritaria y violaciones crecientes de los derechos humanos únicamente habían dañado a ... Venezuela. Ya no.

La decisión del presidente Barack Obama de calificar formalmente a Venezuela de “amenaza para la seguridad nacional” de Estados Unidos intensifica el enfrentamiento entre el Gobierno de Nicolás Maduro y el imperio. Los motivos de la decisión estadounidense permanecen en el misterio; asimismo, no se comprenden del todo las consecuencias jurídicas de esta “certificación”. Pero no es imposible que parte de la explicación radique en la pasividad latinoamericana ante los encarcelamientos o desafueros de dirigentes opositores, la represión contra manifestantes estudiantiles y empresariales, la censura a los medios de comunicación y el derrumbe de la economía venezolana.

Tal vez Obama intenta obligar a definirse a países como Brasil, México, Chile y Colombia, que, sin ser parte del ALBA –es decir, la coalición chavista de la región–, han mantenido un desconcertante silencio ante los atropellos recurrentes de Chávez y Maduro. Sobre todo, la operación norteamericana puede meter una cuña entre Caracas y La Habana justo cuando al régimen cubano le importa más que nunca acelerar las negociaciones con Washington. Conviene recordarlo: sin Venezuela, Cuba se hunde, a menos que encuentre una tabla de salvación sustitutiva. La única disponible es la normalización de relaciones con Estados Unidos, a mi juicio imposible a corto plazo, pero que en la opinión de muchos expertos está a la vuelta de la esquina.

Jorge G. Castañeda fue ministro de Asuntos Exteriores de 2000-2003 en el gobierno mexicano de Vicente Fox. Actualmente es profesor emérito de Política y Estudios Latinoamericanos y Caribeños en la Universidad de Nueva York. Ha publicado, entre otros, ‘La vida en rojo. Una biografía del Che Guevara’.

Maduro reaccionó de dos maneras a la afrenta de Obama. Primero, pidió poderes especiales a la Asamblea legislativa, expidió nuevas leyes rehabilitantes y movilizó al ejército y a las milicias en maniobras de guerra, como si la invasión estadounidense fuera inminente: el viejo argumento de la agresión externa que justifica la represión interna. Segundo, buscó y consiguió el apoyo de UNASUR, una de las nuevas organizaciones regionales cuyos pronunciamientos son tan frecuentes como inocuos, y solicitó una reunión del Consejo Permanente de la OEA el 18 de marzo, día en que fue elegido el nuevo secretario general, para vituperar la decisión de Obama y obtener respaldo latinoamericano. Más aún, se prepara para transformar la Cumbre de las Américas –a la que normalmente acuden Estados Unidos, Canadá y todos los países de la región, salvo Cuba– en un aquelarre retórico contra el “intervencionismo yanqui” en su país. 

Solo que esta vez, en principio, a la reunión de Panamá asistirán Obama y Raúl Castro; se darán la mano; se sentaran a la misma mesa y tal vez celebren una reunión bilateral, si logran destrabar las negociaciones sobre la apertura de embajadas en cada capital, y en particular tachar a Cuba de la lista de países que, según Washington, apoyan el “terrorismo internacional.” No se ve claramente cómo el deshielo de Estados Unidos con Cuba se puede compaginar con una virulenta confrontación verbal y política con Venezuela, en la que Cuba y sus aliados se verán obligados a tomar partido. Ya lo hizo el Gobierno isleño desde La Habana, manifestando su apoyo incondicional a Maduro, pero con Obama enfrente habrá de pensárselo dos veces.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

Pero tampoco se vislumbra una salida fácil para los países antiintervencionistas sin ser prochavistas. No parece sencillo esquivar los escollos de Panamá sin comprometerse con unos o con otros. ¿Qué harán los presidentes de Brasil, México, Chile y los demás países antiintervencionistas, pero no prochavistas, que han aplaudido –con toda razón– la distensión entre Cuba y Estados Unidos? ¿Se unirán al estridente coro de Maduro, Daniel Ortega, Evo Morales, Rafael Correa, Cristina Kirchner, acorralando a Obama en Panamá? ¿O repetirán la exhortación del rey Juan Carlos I a Chávez: “¿Por qué no te callas?”? ¿Tratarán de desactivar la trampa tendida por Maduro a Obama o se resignarán a la ausencia del estadounidense si la celada se confirma?

Solo es seguro un vaticinio: los grandes países de América Latina no podrán hacer la vista gorda ante la tragedia venezolana, como ha sucedido hasta ahora. Gracias al aparente exceso de Obama, a la desesperación cubana por atraer inversiones, turistas y comercio, y frente al descalabro económico venezolano, producto de la incompetencia y de la caída del precio del petróleo, se ha agotado el tiempo de la indiferencia. Enhorabuena.

(Este artículo se publicó primero en el portal Project Syndicate)

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