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Espacios de recreación y jolgorio

Huerto de Hörli, en Basilea, donde flamea bandera chilena.

(swissinfo.ch)

Los huertos familiares ya no cumplen la función económica para la que fueron creados y no compensan desde el punto de vista costo-producción-beneficio.

Hortelanos de diferentes regiones de Suiza cuentan su experiencia, que va desde el esparcimiento a lo puramente espiritual.

En Ginebra, uno de los cantones más pequeños, la cantidad de tierra disponible para los huertos familiares es escasa. La urbanización creciente ha hecho que varios espacios existentes en la ciudad misma hayan sido requisados para construir edificios de departamentos. No obstante es el cantón con más huertos, 64, en relación con la superficie agrícola disponible.

Robert Cramer, titular de la cartera de Medio Ambiente, Agricultura y Energía, del cantón, explica que en sus comienzos los huertos familiares tenían como finalidad principal aportar una ayuda económica a familias con ingresos modestos.

“Progresivamente, el aspecto social, yo diría fraternal, ha desplazado la función económica sin que ésta se pierda del todo, pues para algunas familias, los cultivos representan un aporte económico considerable”, señala.

“Los huertos crean lazos entre el hombre y la naturaleza y favorecen el consumo de legumbres locales producidas con métodos naturales”, precisa Robert Cramer.

“Este tipo de actividades forma parte de la política de desarrollo durable del cantón, pues permiten el consumo de productos locales de temporada, ayudan a la gestión de los desechos orgánicos, y sensibilizan al público con el medio ambiente”, agrega.

Lugares de esparcimiento

Pero más allá de la funcionalidad socio-económica, es una realidad que los huertos familiares sirven más que nada como especie de válvulas de escape para los trabajadores fatigados, como lugares de reposo y descanso, pero también centros de reuniones familiares y sociales, donde el aspecto festivo está siempre presente.

“Es cierto que la finalidad económica ya no existe, porque sale más caro producir sus propias hortalizas que comprarlas en el mercado. Para mantener un huerto como este se requiere de mucho trabajo y cuidados, de mucho tiempo, y si uno sumara lo que cuesta una hora de trabajo acá, no compensa,” señala Giovanni Mella, un italiano, que ha transformado su huerto de Puplinge, (en las afueras de Ginebra) en un verdadero paraíso natural.

“Pero compensa en un sentido más emocional, en un sentido más amplio de la vida, ya que estar aquí no es la misma cosa que estar encerrado en un departamento entre cuatro paredes, sentado frente a la televisión,” agrega.

Idéntica constatación expresada por la mayoría de los “propietarios” de los huertos que valoran antes que nada el aspecto social por encima de las ventajas económicas y el sacrificio que impone mantener desmalezadas, limpias y florecientes estas granjas en miniatura.

Anselmo, portugués vecino de chilenos y colombianos en los huertos de LoryPlatz en Berna, lleva dos años cultivando el jardín: “Aquí es donde encuentro un refugio espiritual, el momento de hacer descansar la mente, de pasar el tiempo y cosechar hortalizas y verduras”.

“Hay una buena convivencia aquí entre nosotros, hay buena amistad entre los latinos. Para mí es un sitio muy adecuado para relajarme después del trabajo. Se relaja la mente y se hace algo por la agricultura, donde se cultiva un poco de todo”, precisa.

Productos sanos y amistad

“Nosotros cultivamos y sabemos lo que cosechamos. En cambio si vamos a un supermercado no sabemos lo que traemos. No sabemos si es biológico y aquí cultivamos sin pesticidas, sabemos lo que vamos a comer, todo es natural aquí”, añade Anselmo mostrando orgulloso su cosecha de morrones portugueses.

“Busco aquí tranquilidad, un poco de amistad, para mí es un lugar muy acogedor. Nadie cosecha lo que no le corresponde y nadie cosecha algo prohibido. Hay buena convivencia entre españoles, portugueses, suizos, italianos y yugoslavos”, agrega por su parte, Miguel, el vecino español de Giovanni Mella, de los huertos de Puplinge.

“Es una experiencia de la tierra, conocer la magia de la tierra, el saber como sembramos una semilla y que después de un tiempo vamos a tener frutos”, agrega.

“En este sistema de vida que tenemos en Suiza uno puede pasar 5 años sin conocer a los vecinos; eso no es vida. Uno necesita hacer otras actividades, encontrarse con la gente, y en este aspecto, los huertos son el medio que uno encuentra para realizar este tipo de integración”, recuerda Pedro Peñaloza.

Los reglamentados huertos de Riehen

En la comuna de Riehen, en el cantón de Basilea, encontramos a unos de los pocos suizos que cultiva un huerto familiar en todo el sentido de la palabra, pues como vecinos tiene a sus padres, que han hecho de los pocos metros cuadrados de tierra de que disponen, un verdadero paraíso. Martin Kaufmann es mini hortelano desde hace dos años.

El centro Hörli, de Riehen está integrado por 300 huertos, con familias esencialmente extranjeras. La familia Kaufmann forma parte del 10% de arrendatarios suizos que velan porque el lugar mantenga la función agrícola que le fue asignada. Aunque a veces rompen también las reglas...

swissinfo: ¿Cómo explica usted el desinterés de los suizos por ocuparse de los huertos familiares?

Martin Kaufmann: “Pienso que, al menos en lo que respecta a los suizos de la región de Basilea, ya no quieren darse el tiempo para este tipo de actividades que demandan mucha dedicación, mucho trabajo, cuidados. En cierta medida la vida citadina los ha vuelto cómodos”.

“Quizás por esto se ha cambiado el reglamento, ahora se permite sembrar pasto en una proporción del 60% y se permite que las cabañas sean utilizadas con fines sociales, sobre todo los fines de semana. Antes había que ocupar todo el terreno con hortalizas, flores y árboles frutales, ahora se promueve esto como un lugar de esparcimiento,” agrega.

Martín Kaufman está casado con una chilena y bajo su influencia transformó el huerto en un terreno que huele a nostalgia por todos lados. “Aquí los tomates, los ajíes, los porotos, son semillas traídas de Chile, por eso las hortalizas son olorosas, y al comerlas se siente la diferencia de gusto,” se apura en explicar Soledad Huenchullán, su esposa.

Ambos admiten que en la Suiza de expresión alemana el reglamento es más rígido y todo está regulado y organizado con una mentalidad semejante. “Aquí las actividades deben cesar cuando cae la noche, pero como hay tantos extranjeros, convivimos igual hasta tarde, pero sin hacer mucho ruido”, precisa Martin Kaufmann.

“Son los fines de semana que estos lugares se transforman en espacios de convivencia multiculturales. Son los días de las carnes asadas en las parrillas, de copas y de música. Cierto, los extranjeros son más ruidosos, porque son más alegres y hay vecinos que reclaman, pero no pasa más allá de eso”, agrega.

En su caso, los olores a empanadas chilenas, que aprendió a cocinar con su mujer, se superponen a los de las salchichas asadas de sus vecinos suizos, a los de las sardinas que asan los portugueses, a los de las paellas españolas y otros olores exóticos que testimonian el microcosmo reinante, en este mundo de flores y hortalizas.

Al caer la noche de un día sábado, en los huertos de Hörli, de la opulenta comuna de Riehen, todos los hortelanos se olvidan del reglamento y la música y las risas dan paso a horas de esparcimiento y de alegría.

Y si bien está prohibido quedarse a dormir en las cabañas (previstas inicialmente sólo para guardar las herramientas) hay quienes osan pasar la noche, ya sea para recuperarse de las copas tomadas de más, o para vivir una romántica historia de amor, aquellas que nacen de un encuentro ocasional inesperado.

Esta es quizás, la función social más imprevisible que presta un lugar dedicado al amor de la naturaleza.

swissinfo, Alberto Dufey


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