COVID-19: las farmacéuticas se debaten entre la esperanza y la ciencia

La Sociedad Suiza de Enfermedades Infecciosas ha incluido la hidroxicloroquina como uno de los tratamientos a considerar en los pacientes hospitalizados por COVID-19. Keystone / Xu Congjun

La controversia en torno a la hidroxicloroquina (fármaco utilizado contra la malaria) es un ejemplo de los retos a los que las farmacéuticas se enfrentan para encontrar el equilibrio entre los deseos de los políticos por ofrecer esperanza y las realidades científicas.  

El director general de Novartis, Vas Narasimhan, ha declarado recientemente al dominical SonntagsZeitung que de todos los fármacos que tienen en cartera el que mayor esperanza ofrece en la lucha contra la COVID-19 es la hidroxicloroquina, utilizada contra la malaria.   

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“Los estudios preclínicos en animales así como los primeros datos de los estudios clínicos demuestran que la hidroxicloroquina mata el coronavirus”, dice Narasimhan.

Estas declaraciones, realizadas en medio de esa búsqueda frenética de un tratamiento para este virus que ya ha infectado a más de un millón de personas en todo el mundo, han levantado cierto revuelo, puesto que uno de los mayores fabricantes de este fármaco es Sandoz (división de Novartis). 

Las grandes farmacéuticas intentan encontrar ese delicado equilibrio entre ofrecer esperanzas y garantizar la seguridad, reconociendo que, en tiempos normales, antes de sacar un producto al mercado se requiere una prueba científica mucho más rigurosa.

Pero estos que vivimos son cualquier otra cosa menos tiempos normales. A medida que los pacientes se quedan sin opciones, algunos médicos recurren a la hidroxicloroquina y a la cloroquina (un medicamento similar) e informan de algunos resultados positivos. Esto ha llevado a comentarios entusiastas del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que han inquietado a algunos epidemiólogos.

La Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) ha autorizado que el fármaco se utilice en caso de emergencia en los pacientes con COVID-19, pero las autoridades europeas son mucho más reticentes a fomentar el uso de este medicamento.

La hidroxicloroquina está entre los tratamientos antivirales que la Sociedad Suiza de Enfermedades Infecciosas ha aprobado para tratar a los pacientes hospitalizados por COVID-19.

Y esto ha allanado el camino para que Suiza sea el segundo país, después de Estados Unidos, en recibir parte de las 130 millones de dosis que Sandoz, la filial de Novartis, se ha comprometido a donar como parte de su respuesta al coronavirus. Otra farmacéutica con sede en Suiza, Mepha (la rama de los fármacos genéricos de Teva), también ha anunciado que va a donar 90 000 dosis a los hospitales suizos para “pacientes gravemente enfermos y hospitalizados”.  

El movimiento se demuestra andando

La hidroxicloroquina (junto con la cloroquina) es uno de los cuatro medicamentos que están testando en los ensayos clínicos internacionales “Solidarity” [Solidaridad] de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este fármaco tiene las ventajas de ser barato, fácilmente disponible y familiar. La FDA de los Estados Unidos aprobó el uso de la hidroxicloroquina en 1955 y se ha venido utilizando para tratar la malaria y las enfermedades autoinmunes como el lupus y la artritis reumatoide.

El problema es que la evidencia de sus beneficios contra la COVID-19 todavía no es clara.  

Citando un estudio realizado en China desde principios de febrero, un portavoz de Novartis ha señalado a swissinfo.ch que “aunque todavía no se ha aprobado un tratamiento para la COVID-19, en los primeros estudios in vitro, la hidroxicloroquina se ha mostrado prometedora”. Pero el éxito en una placa de Petri [instrumento de laboratorio], no necesariamente significa que tenga éxito en los seres humanos. Algo que los investigadores vieron cuando probaron la cloroquina con el brote de SARS de 2002-2003 y con otros virus como el dengue.

En esta ocasión, gran parte de la emoción y la esperanza en el fármaco proviene de estudios limitados y pruebas circunstanciales de médicos y pacientes.

En Francia y China, sobre todo, se están llevando a cabo pequeños estudios clínicos (algunos con grupos de control aleatorios) con resultados variados en cuanto a la rapidez con la que los pacientes se recuperan y la forma en la que la enfermedad progresa.

David Reddy, director general de Medicines for Malaria Venture (fundación de investigación con sede en Ginebra que hasta la fecha ha desarrollado más de diez medicamentos contra la malaria), dice que hay mucho que no sabemos aún. “Todavía tenemos más preguntas que respuestas sobre la eficacia del medicamento contra el virus”, declara a swissinfo.ch Reddy, el antiguo hombre fuerte del grupo de trabajo sobre la gripe pandémica de la compañía farmacéutica suiza Roche.

“Las medidas que está tomando la gente son pragmáticas. Tenemos que aprender sobre la marcha. No tenemos todavía un panorama completo”, explica Reddy.  

El Hospital Universitario de Ginebra ha empezado a utilizar hidroxicloroquina con algunos pacientes.

El Lejano Oeste

La cloroquina tiene riesgos bien conocidos, sobre todo para cualquiera que sufra afecciones cardíacas. Lo que más le preocupa a Reddy es que esto se convierta en el Lejano Oeste y el medicamento se utilice para usos distintos a los indicados, sin evidencia científica de su seguridad y eficacia. Es importante entender la dosis en la que el fármaco podría ser efectivo y seguro y reducir la posibilidad de resistencia al mismo.  


La resistencia a la cloroquina ha disminuido su uso a la hora de tratar algunos tipos de malaria como la provocada por Plasmodium falciparum. Sin embargo, el fármaco sigue siendo decisivo para el tratamiento de la malaria por Plasmodium vivax, la malaria recidivante y para la prevención de la malaria.

Hay otros efectos en cadena que preocupan a Reddy. Se ha informado de personas que se automedican y luego sufren sobredosis. Y en algunos lugares también han empezado a aparecer ofertas falsas del fármaco.

Ya hay noticias de más solicitudes de hospitales y acaparamiento por parte de los médicos, creando así escasez para los pacientes que de forma regular toman el medicamento. Las ligas de lupus y de artritis reumatoide de Suiza han informado de que existen cuellos de botella en el abastecimiento de Plaquenil (nombre de marca del medicamento). Y dicen que están trabajando con los servicios médicos cantonales para asegurar un suministro adecuado.  

Reddy advierte que aunque este fármaco se muestre prometedor sigue siendo un medicamento con receta que debe utilizarse bajo control médico. La automedicación con cloroquina puede resultar más perjudicial que beneficiosa. Además, indica que hay pacientes que toman estos medicamentos todos los días para enfermedades crónicas autoinmunes como el lupus o la artritis reumatoide, y necesitan su tratamiento.

“Es inapropiado quitar este medicamento vital a la gente que lo necesita”, añade.

Malabarismo

La comunicación es el verdadero malabarismo de las empresas. Los gobiernos están tan desesperados por encontrar una solución milagrosa que si las farmacéuticas insinúan que van por el buen camino, los gobiernos van a aceptar que eso es verdad y lo pondrán en práctica. Las empresas saben que en esta pandemia tienen un papel y una responsabilidad importantes, dice Reddy.  

“El mayor enemigo en este momento es la exageración”, concluye.

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