“El color de la piel pesa” incluso en Suiza

Manifestación 'Black Live Matters' contra el racismo en el centro de Zúrich, el 13 de junio de 2020. Según las cifras oficiales, participaron unas 10 000 personas. Keystone/Pascal Mora

Las masivas movilizaciones antirracistas en distintas ciudades helvéticas revelan también una realidad que padecen muchas de las 100 000 personas de raza negra que viven en Suiza. Análisis y testimonio de activista brasilera.

Sergio Ferrari

“Esas reacciones no me sorprenden para nada ya que el movimiento de denuncia no es nuevo, existe desde hace varios años”, subraya Izabel Barros, una de las fundadoras de la organización antirracista Berner Rassismus Stammtisch.

La dinámica actual tiene un doble significado: la denuncia de una realidad casi cotidiana que padecen también en Suiza muchas personas negras, y la solidaridad con lo que está sucediendo en otras partes del mundo, explica. Esta brasilera, afrodescendiente y de raíces indígenas, según su propia descripción, llegó a Suiza hace 15 años en el marco de un intercambio universitario.

“Mi objetivo entonces era realizar estudios en la Universidad de Friburgo sobre la guerra de las religiones en Suiza, pero mis profesores me señalaron en ese momento que no era adecuado que como extranjera me lanzara a investigar una temática tan específica de la historia nacional”, recuerda con cierta ironía.

Izabel Barros: "El racismo es la continuidad de la esclavitud" Rafael Ruest

Fue así como, para la entonces joven estudiante, la temática del colonialismo y el esclavismo, incluyendo la responsabilidad helvética, se convirtió en tema central de análisis y guía rector de su dedicación profesional y asociativa.

Paradójicamente, esa vivencia inicial en Suiza, “con condimentos un tanto discriminatorios a nivel académico”, la reorientaron a la problemática del colonialismo-racismo, que constituye hoy, para ella, una prioridad cotidiana.

Concluida su maestría en Historia y Sociología en la Universidad de Neuchâtel, Barros y sus colegas de la Fundación suiza Cooperaxion lanzaron un programa de visitas guiadas a través de los “vestigios del colonialismo y la esclavitud”. Las realizan en las ciudades de Berna, Friburgo y Neuchâtel con sólidas bases históricas y pedagógicas. Centenares de personas, especialmente estudiantes, han participado en esos recorridos en los últimos 7 años.

Racismo a la “helvética”

“El racismo es la continuidad de la esclavitud. Es una construcción histórica y social, en la cual Suiza, como la gran mayoría de las naciones europeas, participaron activamente, de una u otra manera”, indica Izabel Barros.

Entre el pasado colonial y la realidad actual hay un puente repleto de historia, de sacrificios y de sufrimientos humanos, reflexiona. “El racismo golpea hoy a muchas personas en su día a día. Les complica la búsqueda de un empleo, su desarrollo profesional, el contar con una vivienda digna, el ejercicio de las relaciones sociales. Les hace sufrir controles de las autoridades policiales por el solo hecho de su identidad, fenómenos conocido como perfil racial”.

Según la Comisión Federal contra el Racismo, principal entidad oficial helvética dedicada a esta temática, hay unas 100 000 personas negras en Suiza susceptibles de “vivir una situación particular” con ataques físicos y verbales, carentes de instrumentos de apoyo y con el sentimiento de ser desvalorizados en la propia sociedad suiza.

En su estudio de referencia sobre la problemática, publicado a fines del 2017, donde presenta Recomendaciones sobre el tema del racismo antinegro en Suiza, la Comisión afirma que las personas de color pueden confrontarse cotidianamente “a la discriminación sistemática y a las estigmatizaciones”. Y padecen “numerosos prejuicios … en el sentido de que serían irracionales, emotivas, perezosas, sin pudor, violentas y tendrían comportamientos criminales”.

“El color de la piel pesa”, sentencia Izabel Barros. Cita, por ejemplo, los controles sistemáticos y especiales de documentación en la vía pública que no sufren las personas blancas.

El pasado 11 de junio, en el marco de las movilizaciones de solidaridad por el asesinato en Estados Unidos de George Floyd, una quincena de asociaciones hizo público un comunicado que enfatiza “que la violencia policial racista también es una realidad mortífera en Suiza”.

El texto proporciona los nombres de 23 personas muertas en el país, en los últimos 20 años, en hechos ligados a la intervención de fuerzas policiales o de seguridad. Se trata de casos debidamente registrados.

Sin llegar a la muerte han sido conocidos en los últimos años procesos jurídicos resultantes de la identificación pública exigida por policías a gente de color. Entre ellos, el de Mohamed Wa Baile, negro de nacionalidad suiza, que fuera ampliamente mediatizado en 2018.

Flagelo global

La salida de tanta gente a las calles para protestar “es el resultado de la comprensión del racismo como un sistema global y estructural, que excede las fronteras nacionales de un país en concreto”, subraya Barros.

Muchas de las protestas en Suiza no fueron convocadas por las organizaciones que desde años trabajan en esta temática. “Tuvieron y tienen un condimento altamente espontáneo, integrando a nuevos participantes, muchos de ellos jóvenes”.

Para ella, esa situación refleja la amplitud del problema subyacente, y “comprueba lo fructífero del esfuerzo de concientización que sobre el tema se viene haciendo desde hace mucho tiempo”. Un resultado que a nivel internacional implica la participación de millones de personas en Europa, Estados Unidos, América Latina y en tantas otras regiones, puntualiza.

¿El racismo es igual en todas partes?, preguntamos a la también militante feminista. “Hay particularidades específicas”, subraya y señala que en Brasil, por ejemplo, se trató de “vender” el mito de una democracia racial, argumentando que todos somos iguales ante la ley. “En realidad se trata de un modelo impuesto por una élite blanca a la mayoría de la población que es afrodescendiente, con casi cinco siglos de esclavismo detrás. En América latina, completa, “nuestra identidad es de asimilación, pero al mismo tiempo de mucha revuelta y violencia explosiva”.

También existe una diferencia significativa entre la mirada latinoamericana, vivencial, que parte de ser “víctimas directas del racismo y la segregación” y la percepción de ciertos intelectuales -incluyendo algunos de la autodenominada izquierda europea-, que “priorizan el análisis de clases por sobre los de raza y de género, y posponen así la solución de estos temas que para nosotros son esenciales y prioritarios, al cambio de sistema estructural futuro”, afirma.

Del dicho al hecho

La preocupación de la Suiza oficial ante el racismo constituye una realidad concreta en los últimos años. El estudio que mandató la Oficina Federal contra el Racismo -dependiente del Ministerio del Interior- y que realizaron investigadores de la Universidad de Zúrich ofrece múltiples recomendaciones.

Entre ellas, la necesidad de una mayor apertura de la administración pública a las minorías; evitar estigmatizaciones y excesos verbales de parte de los responsables políticos; promover que los medios de comunicación traten de forma correcta este delicado tema.

Además, urge “a la Conferencia de Comandantes de las Policías Cantonales y a la Conferencia de directoras y directores de los Departamentos Cantonales de Justicia y Policía, a asumirse garantes, incluso públicamente, del respeto a las minorías, y a reforzar las medidas necesarias”. Exhorta también a crear instancias de apoyo y sugiere al mundo académico promover la investigación necesaria en cuanto a protección contra la discriminación y el racismo”.

Aunque el estudio tiene lagunas, sus propuestas son buenas, pero insuficientes, estima la joven activista. Advierte que “todo será limitado e incompleto mientras el Estado no reconozca la existencia de un racismo estructural”. En su opinión, esa situación explica que, a pesar de una relativa buena voluntad oficial, “muchas de estas recomendaciones hayan quedado como simples deseos, pero no sean aplicadas debidamente”.

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