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Punto de vista


La lucha de la democracia directa y el libre comercio



Por Bruno Kaufmann




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Por Bruno Kaufmann

¿Cómo conciliar el poder popular con las políticas comerciales? Esta cuestión puede ser resuelta, a escala transnacional, por la democracia directa moderna.

3 263 920 firmas en 28 Estados miembros de la Unión Europea (UE). Este impresionante conjunto de declaraciones de apoyo de ciudadanos europeos fue depositado, el 7 de octubre, ante la Comisión Europea.

La demanda era doble: por un lado, no firmar el denominado Acuerdo Económico y Comercial Global (AECG) con Canadá y, por otro, paralizar las negociaciones entre la Unión Europea y Estados Unidos sobre la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés).

En ambos casos, los defensores de la iniciativa consideran estos acuerdos de libre comercio (ALC) como “una amenaza a la democracia, el medio ambiente, los consumidores y los derechos laborales”.

No es la primera vez en la historia que los acuerdos de libre comercio transnacionales han generado una gran oposición y un debate considerable. Y no es tampoco una sorpresa que las políticas de comercio internacional y el poder popular genuino tengan dificultades para ir de la mano. Y esto además por varias razones.

Las políticas comerciales están a punto de crear un entorno económico que desborda las fronteras nacionales e incluso los continentes, y que ofrece, en primer lugar, beneficios y protección a las grandes compañías e inversores, mientras que el objetivo de la democracia moderna es proteger a los ciudadanos y empoderarles para que hagan oír sus voces y sean tenidos en cuenta sus votos.

El modelo secretista y opaco en que han sido –y siguen siendo– negociados los acuerdos de libre comercio da una idea de la gran distancia que hay entre estos dos mundos: por un lado, la economía global, con pocos límites y fronteras; por otro, el poder popular, mucho más limitado.

Innovación suiza

Como ha ocurrido ya otras veces en el pasado, fue en Suiza donde tuvo lugar la primera votación popular de ámbito nacional sobre un acuerdo de libre comercio. El 3 de diciembre de 1972, el electorado suizo aprobó, con casi el 75% de los votos, el acuerdo de libre comercio entre Suiza y la Comunidad Económica Europea (CEE, predecesora de la actual UE).

Este voto fue importante por varias razones: fue una de las primeras votaciones populares que tuvo lugar tras la aprobación del sufragio universal en Suiza (las mujeres estuvieron excluidas de las urnas hasta 1970); la consulta no fue resultado de una acción popular ni venía exigida por la Constitución, sino que fue presentada al electorado por el propio Gobierno; y, finalmente, la complejidad del acuerdo propuesto (que tenía más de 1 500 páginas) llevó a las autoridades a desarrollar, por primera vez, un panfleto de campaña. Conocido hoy como el ‘Abstimmungsbüchlein’ [folleto explicativo] y utilizado actualmente por la mayor parte de los suizos como una fuente primaria de información, esta innovación se convirtió desde entonces en modelo de buena práctica de referéndum en el todo el planeta.

No es casualidad que a la primera “votación popular sobre libre comercio” siguieran inmediatamente otras consultas ciudadanas en Europa –en Francia, Irlanda, Noruega y Dinamarca– sobre temas relacionados con la CEE y relativos a la ampliación y admisión de nuevos Estados miembros. Desde entonces el proceso de integración europea, que desde luego tuvo –y tiene todavía– bastante que ver con el libre comercio, se convirtió en uno de los temas más consultados en la historia de la moderna democracia directa, alcanzando más de 60 votaciones nacionales en 28 países en apenas medio siglo.

Pero el debate sobre cómo lograr un equilibrio entre la libertad de la economía internacional y los derechos y prácticas democráticas nacionales no se ha limitado exclusivamente a Europa. En otros países democráticos, la intención de sus gobiernos de negociar e implementar acuerdos comerciales de largo alcance ha sido también sometida a votación, como en el caso del Acuerdo de Libre Comercio entre Corea del Sur y EE.UU., en el que millones de coreanos firmaron peticiones en contra y se manifestaron masivamente en la calle.

Sin embargo, y debido al sistema bipartidista de Corea del Sur, el gobierno conservador pudo finalmente sortear la fuerte oposición y firmar el acuerdo con Washington en 2011.

Votación popular en Costa Rica

De manera similar, sindicatos y defensores de la democracia de todo el continente americano se han opuesto a las sucesivas oleadas de acuerdos de libre comercio que tuvieron lugar en América del Norte y del Sur durante los años 90 y la primera década de este siglo.

Correspondió a Costa Rica, la democracia más desarrollada de la región, introducir la práctica de una consulta popular directa sobre un acuerdo de libre comercio en 2007. Las negociaciones para la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se remontan a principios de la década de 1990.

Mientras tenía lugar la creación de este espacio comercial –que se extiende desde Alaska hasta Tierra del Fuego y que se veía detenido en muchos países por una fuerte oposición – se negociaron acuerdos subregionales como el que unía a los estados centroamericanos de Guatemala, Nicaragua, Honduras, República Dominicana y Costa Rica.

En este último país, la nueva Constitución, aprobada en 2002, ofrecía a los ciudadanos la posibilidad de lanzar su propia iniciativa contra el Tratado de Libre Comercio entre la República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos (TLC).

En noviembre de 2006 habían firmado esa iniciativa más de 132 000 ciudadanos –poco más del 5% del electorado–, hecho que condujo a la primera consulta popular a escala nacional en Costa Rica el 7 de octubre de 2007.

El TLC fue aprobado por el 51,5% y rechazado por el 48,5% restante. Con una participación del 60% del electorado, la decisión se hizo vinculante, ya que la Constitución exigía un mínimo del 40% de participación ciudadana para ratificar una decisión en las urnas.

Curiosamente, tanto en Suiza como en Costa Rica, los acuerdos de libre comercio propuestos se validaron por referéndum. Sin embargo, ambos casos nos hablan de mejoras y reformas democráticas a través de la práctica y la implementación, así como de las lecciones que pueden extraerse de todo ello.

No obstante, y por lo que se refiere a este tipo de acuerdo, no parece lo bastante adecuado para el creciente número de adversarios, que prefieren ver proscritos este tipo de acuerdos comerciales complejos y poco transparentes. 

Pero a fin de cuentas, la lucha de la democracia directa contra el libre comercio está precisamente contribuyendo a esto: mejorar la transparencia y la responsabilidad y hacer más accesibles las herramientas democráticas. Estas son las lecciones que ahora se están poniendo a prueba por primera vez a nivel transnacional.

Iniciativa Europea Ciudadana auto-organizada

Utilizando el procedimiento de la relativamente nueva Iniciativa Europea Ciudadana (IEC), la campaña ‘Stop-TTIP’ (“Contra el TTIP”) ha desvelado la evidente debilidad de ambos; por un lado, de la propia Iniciativa y, por otro, del muy contestado acuerdo de libre comercio entre EE.UU. y la Unión Europea.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

Ambos han contribuido también a generar una mayor voluntad de revisar la propia IEC (de la que actualmente se discuten reformas importantes en el Parlamento Europeo) y a atraer una atención pública más amplia a las negociaciones del TTIP, haciendo que este tratado, al menos en su formato original, tenga cada día menos probabilidades de ser aprobado.

Las consecuencias de este creciente interés popular por los ALC pueden palparse en el actual proceso de ratificación del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, en el que participan Estados Unidos y 12 países de la cuenca del Pacífico, y que afecta al 40% de la economía mundial.

Al auto-organizar una exitosa IEC –que ha alcanzado los porcentajes mínimos de participación en casi todos los Estados miembros de la UE –, la campaña ha animado también a los activistas de otros muchos países a utilizar sus propias herramientas participativas para hacerse oír.

Así, y con independencia de lo que uno piense, sienta y entienda por Acuerdo de Libre Comercio, parece haber solo una única manera de reconciliarlo con el poder popular: practicar la democracia directa moderna a escala transnacional.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de swissinfo.ch. 


Traducción del inglés: José M. Wolff



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