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Punto de vista


Los diques frente a la hegemonía



Por Pablo Simón




Por Pablo Simón

No se puede negar que el marco de acción y pensamiento de Podemos viene muy influido por la experiencia latinoamericana. Sus líderes han estado muy ligados a la asesoría y participación política en los gobiernos de Ecuador o Venezuela. Pero ¿con qué facilidad podemos trasladar marcos de pensamiento y acción política de otros contextos a España?

Esta duda tiene cierto sentido en un momento de especial ebullición política como el actual. Por ejemplo, es indudable que durante esta crisis sectores de la izquierda española han buscado inspiración en las políticas de ciertos gobiernos de América Latina. Esto no tiene por qué extrañarnos tanto si al fin y al cabo tenemos un espacio comunicativo común y, ante nuestra profunda crisis económica, mucho dinero ha fluido desde el otro lado del Atlántico. No olvidemos que incluso los indignados importaron parte del repertorio participativo de ámbitos de protesta en el Cono Sur.

En este sentido, no se puede negar que el marco de acción y pensamiento de Podemos viene muy influido por la experiencia latinoamericana. Sus líderes han estado muy ligados a la asesoría y participación política en los gobiernos de Ecuador o Venezuela. (Ernesto) Laclau y todo su aparato conceptual, que ahora tiene tantas legiones de adeptos en España, también vienen de ese marco. Una acción política que habla de la construcción de hegemonías basadas en la antítesis entre Pueblo y casta como sus promotores nos han explicado tantas veces. En suma, que el partido que ha sacudido la política española es muy deudor de un contexto concreto en el cual se ha inspirado su praxis.

Dándole vueltas, sin embargo, me voy a atrever a defender una hipótesis: el discurso de la hegemonía lo tiene extremadamente difícil para conseguir su objetivo final, que es el poder irrestricto, en entornos complejos como el nuestro. O dicho de otra forma, que el populismo necesariamente fracasará en su fin último dado los contrapesos que acabarán ejerciendo nuestras instituciones.

Como sabéis, Guillem Vidal ya ha hablado aquí sobre el populismo y su difícil conceptualización. No quiero entrar por lo tanto en el fondo, del que no soy experto, como en el entorno en el que se ha desarrollado el populismo de América Latina. Como es conocido, este movimiento aparece en aquellos países por una serie de razones ligadas a la descomposición y falta de inclusión del sistema anterior. No quiero detenerme en sus causas pero sí subrayar que germina en sistemas presidenciales.

La literatura especializada señala muy bien que en contextos de gran volatilidad o (des) institucionalización de sistemas de partidos, es relativamente sencillo que un candidato nuevo llegue a la presidencia del país viniendo de fuera del sistema. Veo claramente aplicación práctica del discurso a la Laclau; un líder fuerte que haga baypass a los poderes establecidos para apostar por redistribución, la incorporación de los excluidos y/o barrer a los dirigentes anteriores.

Este líder, en muchos casos, se convierte por su identidad con el Pueblo en un padre de la patria que empuja a un nuevo momento fundante básico. De hecho, en algunos casos estos liderazgos carismáticos se tradujeron en procesos constituyentes por los que la autoridad del Congreso anterior fue anulada desde la Presidencia y que llevó a la emergencia de un régimen político nuevo. En algunos casos hacia la derecha, en otros hacia la izquierda. Sin embargo, y este es el argumento que trataré de defender, esta empresa dista muchísimo de ser inmediatamente trasplantable a un contexto como el nuestro.

Es indudable que en España hay menos división de poderes que un sistema presidencial cuando existe mayoría absoluta, pero se da la casualidad de que, al mismo tiempo, es complicadísimo para un partido nuevo pasar de 0 a más de 176 escaños. Dicho de otra manera, que nuestro sistema le da un enorme margen de poder a quien dispone de mayoría absoluta en el Congreso, pero resulta muy difícil obtenerlo a la primera dado el carácter proporcional (con pegas) de nuestro sistema. No es una elección a una bala como la presidencial, sino que requiere una batalla que por necesidad se debe prolongar en el tiempo.

Dado esto existe un primer elemento de control que obliga al aterrizaje de las políticas. Claro que nuestro Ejecutivo tiene mucho poder discrecional, pero cuando está en minoría en el Congreso emerge el primer contrapeso: el horizontal. Los partidos de la oposición tienen capacidad de fiscalizar y tumbar aquellas medidas extremas que quiera aplicar un gabinete. No se puede ir a barrer un sistema político entero porque te tienes que sentar en la misma mesa que otros partidos para aprobar leyes. Un elemento consociacional que aterriza las aspiraciones hegemónicas del recién llegado; el que dice representar a todos lo hace ni menos (ni más) que a la parte.

Pero además en países como el nuestro existe algo que no existe en marcos como los de América Latina, un estado descentralizado. Podemos discutir sobre el margen real de auto-gobierno de las comunidades autónomas, sobre el papel que partidos nacionalistas/regionalistas juegan en sus bastiones, pero es indudable que existen en mayor grado que en casi toda América Latina. Frente a países donde la descentralización es más administrativa que política, en España encapsula un conflicto existente, con un marco competencial variable pero amplio (como poco co-deciden sanidad y educación) y con escenarios mucho más plurales.

Punto de vista

swissinfo.ch reúne en esta columna una selección de textos escritos por personas ajenas a la redacción. En ella publicamos los puntos de vista de expertos, líderes de opinión y observadores sobre temas de interés en Suiza con el fin de alimentar el debate.

Todo esto hace que con ganar La Moncloa al modo más jacobino-hegemónico no sea suficiente. Existen contrapesos en el nivel autonómico que operan, del mismo modo que las comunidades autónomas contravienen decisiones políticas del gobierno de Rajoy. Por lo tanto, este segundo elemento lo que hace es levantar un freno, un mecanismo de control vertical. Emerge una nueva fuente de conflicto que no hace aplicable inmediatamente la identidad gobierno nacional-patria de más allá del Atlántico. Porque patrias tenemos muchas, y más en nuestro estado nacionalmente compuesto.

Creo que estos dos elementos señalan un problema casi fundacional en el intento de trasladar la hipótesis populista a España. Mucho cuidado, con esto no quiero decir que su práctica electoral no esté siendo exitosa, incluso aunque ahora se hable más de Ciudadanos. Cualquiera que haga de menos el mérito que tiene Podemos se equivoca de pleno. Al fin y al cabo, ha tenido una enorme capacidad de transformación de nuestro escenario político, de cambiar la estructura de nuestro sistema de partidos gracias a este discurso.

Eso sí, es muy probable que aplicar las mismas estrategias, los mismos marcos conceptuales, a entornos con contextos y ordenamientos diferentes tenga sus límites. Por eso es posible que la hipótesis populista vaya a colisionar con el dique de unas instituciones que, con muchísimos defectos, siguen pensadas para fragmentar el poder. Al menos en el corto plazo. Veremos qué pasa el mismo mayo, cuando se tengan que aterrizar muchos gobiernos sentándose a la misma mesa pueblo y casta. Ya se sabe, cuando los gobiernos se tengan que tomar por consenso y no por asalto.

(Este artículo se publicó primero en Politikon)

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente el punto de vista de swissinfo.ch.

Nota 1: Curiosamente creo que justamente el porcellum italiano es lo que ha colocado a ese país al borde del fin de su sistema de partidos. Si Beppe Grillo hubiera ganado en 2013 habría tenido inmediatamente la absoluta en el Congreso y cerca la del Senado. Un poder, con diferencia, mucho más irrestricto.

Nota 2: En Politikon hemos sacado un Ebook sobre Podemos por si queréis profundizar en esta y otras cuestiones sobre el tema.

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