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Arquitecta


"Suiza era un país muy cerrado"


Por Igor Petrov


 (swissinfo.ch)
(swissinfo.ch)

Tatiana Decoppet es una arquitecta que ha diseñado muchos edificios en Berna y en otras partes del país. Guarda claros recuerdos de la preguerra, de las tarjetas de racionamiento de víveres y de cómo era la vida antes.

En Wabern, un barrio verde de Berna a los pies de la colina del Gurten, me dirijo a una de las calles más angostas para llegar a una típica casa bernesa de dos pisos, con una pequeña terraza frontal tras un seto. Veo una figura pequeña y frágil. Es Tatiana Decoppet.

Me invita a entrar al salón. Me siento en casa de inmediato. La habitación está repleta de libros y algunos de ellos están escritos en ruso, incluidas obras de Chingiz Aitmatov, León Tolstói, Anatoly Rybakov…

Todo sobre mi padre…

Sus movimientos son suaves y su paso aún firme. Para sus 86 años, se conserva muy bien. Le preguntó de dónde viene su apellido. Me explica que perteneció a su esposo, nieto del ministro suizo Camille Decoppet (1862-1925).

Al inicio de nuestra conversación, habla poco de sí misma, ocupándose más de la figura de su padre, Viktor Schütz (1886-1958), graduado en Zoología por el departamento de Ciencias Naturales de la Facultad de Física y Matemáticas de la Universidad de San Petersburgo. Se dirige a mí en alemán, coloreado un poco por su dialecto bernés nativo.

La Revolución de 1917 sorprendió a su padre en París. La convulsión en Rusia significó para él tener que abandonar su hogar. Debía iniciar una nueva vida, y gran parte de ella la pasó en Berna, Suiza. “Aquí tengo algunas cartas escritas por mi padre”, indica Decoppet, al mostrarme algunas hojas amarillentas. Están dirigidas a Mijaíl Rimsky-Korsakov (1873-1951), hijo del compositor ruso, cuya profesión era la entomología.

Avergonzada por el apellido

Schütz escribe a Rimsky-Korsakov el 19 de junio de 1923: “La vida no es particularmente buena aquí [en Berna]... Parecen no tener mucho tiempo para el trabajo científico, pero yo no tengo otra cosa más que hacer que cuadros de microbiología y parasitología; y de esto vivo.”

“La vida no era sencilla en esos tiempos en Suiza”, me indica Decoppet. “Recuerdo a la madre de una de mis amistades decir un día que solo tenía 50 centavos en su monedero para toda una semana”.

De niña, “cuando inicié la secundaria, me avergonzaba de mi nombre”, confiesa. “Suiza era muy cerrada entonces, y los extranjeros eran bichos raros. Por mucho tiempo no nos sentimos en casa. Una vez, en una fiesta de cumpleaños, la mamá de una de las niñas invitadas al saber que yo también estaba acudió rápido para controlar que todo estuviera en orden, pues temía que algo inapropiado pudiera ocurrir”.

Después de 1933 [cuando los Nazis volvieron al poder en Alemania], muchos rusos emigrados en Suiza mostraron su apoyo a Hitler. Pensaban que así podrían terminar con el bolchevismo. “Mi padre de inmediato rompió contacto con esa gente. También se interesaba por la política, pero siempre quiso que yo fuera arquitecta.”

Escape a través de Rin

“Había muchas tropas”, recuerda. “Los soldados no estaban recluidos en un campamento, se movían libremente. Mi hermana Katharina era muy popular entre ellos en los bailes, en cambio, yo era un poco el patito feo, pero no estaba celosa por ello…”, sonríe. Me percato de que para ella todo este recuerdo lejano pareciera haber ocurrido ayer.

Me muestra una foto de Katharina, que murió muy joven. Era maestra y redactora radiofónica, y escribió una disertación sobre el impacto de Goethe en el trabajo de Ivan Turgenev. La imagen, de 1942, muestra a tres personas: Tatiana, Katharina y, entre ellas, un joven de sonrisa intensa.

“Era ucraniano. Ceo que su nombre era Boris. Fue herido seriamente en el frente en Rusia y capturado por los alemanes. Trataron exitosamente sus heridas, no porque fueran unas almas caritativas, sino porque quería descubrir el mejor modo de atender a los soldados heridos que sufrían de hipotermia. Finalmente logró escapar de Alemania a Suiza cruzando el Rin”.

Sonrisa quebrada

“Durante la Guerra había un enorme interés de Rusia en Suiza. Pero después decreció: había un gran malestar a causa de la represión del levantamiento en Hungría [en 1956].”

“La Comisión de Reparación Soviética concluyó su trabajo en Suiza a finales de 1945. Hubo una recepción para marcar la ocasión en la misión rusa, en la calle Brunnadernrain de Berna. Fui con mi padre, a pesar de que al principio él no quería ir. Fue una verdadera celebración. Asistieron también muchos suizos. Se arrojaban a la mesa, era realmente vergonzoso, pero creo que estaban hambrientos, ya que Suiza también vivió racionamientos durante la guerra…”

Sonríe, pero de pronto desaparece esa expresión de su rostro. “Casi todos los soldados volvieron a casa, incluido Boris. Por supuesto, todos ellos terminaron en Siberia, en los campos…” Guarda silencio.

Le pregunto sobre su trabajo como arquitecta. Contenta, toma algunos planos y comienza a mostrármelos.

Su pasión profesional

“Ahora es la embajada del Principado de Liechtenstein en Berna. Era la villa del industrial alemán Sulzer.” Cuidadosamente pasa la página, y yo lanzó una mirada a los títulos: “Embajada de Liechtenstein, Piso 1… Piso 2…” Para un espía durante la Guerra Fría hubiera sido un material muy valioso.

Otro edificio: Un restaurante en Spiez, a orillas del lago de Thun. Decoppet habla gustosa de sus planos: villas, complejos de oficinas, restaurantes… Todos combinan elegancia con funcionalismo y han contribuido a construir el rostro de Berna en el último cuarto del siglo XX. Las obras de Tatiana han dejado huella también en otros sitios del país.

Me muestra una foto de una ciudad y una tienda a orillas del lago de Ginebra. “Un contrato que me encomendó un hombre de negocios británico. Cuando todo estaba listo, le pregunté si le gustaba. Recibí una respuesta muy británica: ‘¡Mi arquitecto personal estaría satisfecho!”

¿Y cuál fue realmente su último proyecto?

Sugiere que yo mismo lo mire y nos dirigimos a la cocina. “Hace dos años reconstruí completamente este sitio. Antes el muro estaba aquí”, y me señala exactamente dónde se encontraba, con un profesional movimiento de su mano. “Lo suprimí, lo que me ha dado mucho más espacio”.

Cuando me despido, me muestra un cuadro en la pared. Bajo el vidrio, como se acostumbraba hace un siglo, hay fotos desteñidas que muestran personas y edificios, colocadas a modo de collage. Los muros están llenos de las voces de esas fotografías, y esto convierte esta casa en un hogar.


(Traducción del inglés: Patricia Islas), swissinfo.ch

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