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Charles Dutoit


“El mejor legado artístico es transmitir la experiencia"


Por Rodrigo Carrizo Couto, Morges


Desde 2009, Charles Dutoit es el director titular de la Royal Philharmonic Orchestra de Londres, una de las joyas de la música clásica. (Reuters)

Desde 2009, Charles Dutoit es el director titular de la Royal Philharmonic Orchestra de Londres, una de las joyas de la música clásica.

(Reuters)

El director de orquesta Charles Dutoit cumple 80 años. Considerado como el más internacional de los músicos suizos, rememora sus 55 años de carrera y algunas historias y personas que han marcado su vida en una entrevista exclusiva con swissinfo.ch.

Charles Dutoit, considerado una referencia en la música sinfónica francesa (Ravel, Debussy) y las obras del siglo XX, nace en Lausana el 7 de octubre de 1936.

Tras estudiar violín y viola en los Conservatorios de Lausana y Ginebra, se consagra a la dirección de orquesta. Su mentor fue Ernest Ansermet, histórico director de la Orchestre de la Suisse Romande.

En Lucerna y Viena trabaja con Herbert von Karajan. Posteriormente, asume el cargo de director en la Orquesta Sinfónica de Berna, puesto que ocupa de 1967 a 1977. También dirige la Tonhalle de Zúrich.

En 1969 se casa con la pianista argentina Martha Argerich, con la que desarrolla una intensa colaboración artística que llega hasta nuestros días.

Entre 1977 y 2002 es director titular de la Orquesta Sinfónica de Montreal, en Canadá. Ha dirigido regularmente en México, Japón, Francia, Argentina y Suecia.

Actualmente dirige la Royal Philharmonic Orchestra de Londres y la Orquesta del Festival de Verbier (Suiza), donde desarrolla una importante labor educativa y de formación de las nuevas generaciones de músicos orquestales.

Charles Dutoit ha estado casado cuatro veces y tiene dos hijos, Iván, de su primer matrimonio, y Annie, fruto de su unión con Martha Argerich. Su actual pareja es la concertista de violín canadiense Chantal Juillet.

swissinfo.ch: Hablemos de su infancia y su familia.

Charles Dutoit: Mi abuela materna era brasileña y mi padre de la Saboya. Mis padres se conocieron en el cantón de Vaud a principios de los años 30. Hoy cuesta creer lo difícil que era la vida en esos tiempos, entre dos guerras mundiales. Mi padre fue capitán instructor de caballería en el Ejército suizo, pero se dedicó a pequeños negocios para dar de comer a sus hijos. En la Gran Depresión de los años 30 lo perdió todo y su primera mujer le abandonó. Cuando estalla la II Guerra Mundial yo tenía dos años. En Suiza no vivimos los horrores que ocurrieron en el resto de Europa, pero sufrimos grandes racionamientos.

swissinfo.ch: Usted no ha nacido en una familia de artistas…

C.D.: Mi familia no era nada artística. Mi madre cantaba un poco, sin leer música ni tener mucha idea. Pero en Suiza teníamos un sistema escolar que era realmente formidable en mis tiempos. Comenzábamos a estudiar canto coral a los seis años y a los ocho sabíamos leer partituras. Se daba una enorme importancia a la formación integral y la cultura general.

swissinfo.ch: ¿Cuándo nace su interés por la música?

C.D.: De pequeño quería formar parte de la fanfarria del colegio. Me gustaban los uniformes y las marchas militares, que eran la norma en tiempo de guerra. Los niños teníamos una gorrita tipo militar con el escudo del cantón de Vaud y un pequeño galón que me recordaba las fotos de mi padre en el Ejército. Pero mi familia no quería que tocara el trombón en casa, pues era demasiado ruido. Entonces mi padre descubrió que podía tomar clases de violín subvencionadas por el Estado. Así comienza mi formación musical.

swissinfo.ch: ¿Y en qué momento decide ser director de orquesta?

C.D.: Vi una película donde un joven dirigía una orquesta. Debía tener mi edad, doce o trece años. Eso me despertó la curiosidad por la dirección de orquesta y así un amigo y yo nos hicimos acomodadores de los conciertos sinfónicos en la catedral de Lausana. Luego me integré en una pequeña orquesta de cámara en Renens. Un día el director no llegó a tiempo y mis compañeros me preguntaron si me atrevía a dirigir dado que era el mejor del conjunto. Les ayudé con los ensayos y en agradecimiento, el director titular me permitió dirigir en concierto ‘Eine kleine Nachtmusik’ de Mozart. Yo tenía entonces 14 años y puede decirse que fue mi debut.

swissinfo.ch: Después de Lausana, llega usted a Ginebra.

C.D.: Así es. Allí me pongo a tocar la viola, pues había una gran necesidad de violistas y eso me permitía ganar un poco de dinero para mantenerme. Es en Ginebra donde comienzo a estudiar seriamente dirección de orquesta y conozco a Ernest Ansermet, el legendario director de la Orchestre de la Suisse Romande, que se convertiría en mi mentor, aunque nunca fue mi profesor. A los 21 años gané mi primer premio como director, lo que no está tan mal si pensamos que a los doce años apenas tenía conocimientos musicales.

swissinfo.ch: ¿La vida para un joven aspirante a director es más dura hoy que en sus tiempos?

C.D.: No se puede comparar. Nosotros teníamos un enorme respeto por las tradiciones. No teníamos mucho acceso a la información. Había que investigar, escuchar la radio, buscar los raros discos que eran carísimos. Tener una discoteca personal era impensable para un estudiante. Furtwängler y Karajan en Berlín, o Toscanini en Estados Unidos, por ejemplo, eran para nosotros verdaderos mitos. Los jóvenes ni nos atrevíamos a acercarnos a su repertorio.

swissinfo.ch: ¿Y qué ocurre ahora?

C.D.: Hoy, ya no hay mitos y los jóvenes tienen un acceso excesivo a la información. Gracias a YouTube y los DVD pueden estudiar dirección ellos solos delante de un espejo. Tengo la impresión de que nosotros aprendíamos con más esfuerzo, lentamente, nuestro aprendizaje tenía raíces. Hoy trabajan a toda velocidad, por eso se ven tantos fallos a veces, porque vivimos en una sociedad de información, en vez de vivir en una sociedad de cultura. Y eso hace que la gente esté informada, pero no cultivada.

swissinfo.ch: Herbert von Karajan, el mítico maestro austriaco, es una figura clave en su trayectoria…

C.D.: Me ha marcado mucho y tuve el privilegio de trabajar bajo su dirección. La primera vez, en unas clases magistrales de dirección que dio en Lucerna, a las que pude asistir como violinista. Una experiencia inolvidable, sus cursos eran extraordinarios. Su manera de entender la dirección incluía elementos extramusicales que tomaban mucho del yoga. Karajan nos explicaba cómo construir el gesto, trabajar la concentración de energías, hacer que todo fluya.

El 27 de enero de 1964, ya al frente de la Sinfónica de Berna, dirigí ‘La Consagración de la Primavera’, de Stravinski, que entonces muy pocos se atrevían a dirigir, salvo Markevitch, Ansermet, Monteux y pocos más. El concierto fue un verdadero hito del que se habló mucho y el ruido llegó a oídos de von Karajan, que estaba preparando su primer concierto de la ‘Consagración’ ese año. Y expresó su deseo de reunirse conmigo. Yo pensé que en algún momento se acercaría para tomar un café en Zúrich, y lo que ocurrió es que me hizo llegar una invitación para dirigir en la Ópera de Viena. Von Karajan quería verme trabajar de cerca, y me propuso dirigir ‘El Sombrero de Tres Picos’, de Manuel de Falla, con los mismos decorados y vestuarios históricos realizados por Picasso en 1919. A partir de ese momento Karajan y yo nos vimos muy a menudo. Yo estaba fascinado por su sonoridad.

swissinfo.ch: De joven soñaba usted con visitar todos los países del mundo. ¿Lo ha conseguido?

C.D.: En más de 50 años he visitado 196 países. Piense que hay más de 55 naciones africanas y las he visitado todas, sistemáticamente. Hay un solo país en el que no me he atrevido a quedarme: Somalia. Cuando visité Mogadiscio me vi obligado a retirarme por prudencia. El grado de violencia que he visto me dio miedo.

swissinfo.ch: Es inevitable hablar de su relación de décadas con Martha Argerich.

C.D.: Conocí a Martha en 1958, cuando ella tenía 17 años. Puede decirse que los estudiantes sudamericanos que la rodeaban me ‘adoptaron’, pues les caí gracioso. Eran personas muy simpáticas y encantadoras.

Charles Dutoit y la pianista Martha Argerich se divorciaron en 1974, pero conservan una gran amistad. Concierto en el mítico Carnegie Hall de Nueva York en 2002. (Getty images)

Charles Dutoit y la pianista Martha Argerich se divorciaron en 1974, pero conservan una gran amistad. Concierto en el mítico Carnegie Hall de Nueva York en 2002.

(Getty images)

swissinfo.ch: La complicidad artística y personal entre ustedes es evidente.

C.D.: Martha y yo seguimos siendo grandes amigos. Nos casamos en 1969. Fue una historia graciosa: ambos estábamos casados y la ley argentina de la época no reconocía el divorcio. Por eso decidimos ir Paraguay. Pero en pleno vuelo nos pilló una tormenta tan tremenda que pensamos que no íbamos a contar el cuento. El avión tuvo que volver a Buenos Aires y no pudimos casarnos. Luego nuestros amigos nos arreglaron una boda en Montevideo. Y en octubre de 1970 nació nuestra hija, Annie.

swissinfo.ch: ¿Y cómo sigue la historia?

C.D.: Nos divorciamos en 1974 a pesar de llevarnos de maravilla. Nuestros estilos de vida eran totalmente incompatibles. Ella se acostaba de madrugada, charlaba con sus amigos hasta las cinco de la mañana y yo a las 9 trabajaba. Llegó un momento en que la situación era insostenible. El juez decretó el divorcio a las 11 horas, y para celebrarlo, nos fuimos juntos al cine y a cenar. Sin duda, fue una relación muy simpática y lo sigue siendo.

swissinfo.ch: ¿Qué anécdota recuerda de sus viajes con Martha?

C.D.: Estábamos en Japón en 1970 y Martha estaba embarazada de Annie. Debíamos ir a Taskent, en la URSS, para luego llegar a Moscú. Nos habían dado el visado y teníamos los hoteles y vuelos reservados. Pero en la frontera los aduaneros soviéticos dijeron que el visado no era válido. Yo estaba enloquecido porque Martha estaba embarazada y necesitaba cuidarse. Se negaron a ayudarnos y cuando pedí hablar con la embajada suiza, me dieron de mala gana la guía telefónica para que buscara el número… Y no sé ruso. Querían devolvernos a Occidente con el primer vuelo, pero yo dije “nyet”. Y cuando vi que había turistas de un vuelo de SAS en la sala de espera, me puse a golpear el cristal como un loco para llamar su atención hasta que vino un oficial con una gorra muy impresionante. Ante mi negativa a salir de la URSS terminamos en un calabozo con dos colchones mugrientos tirados en el suelo y una bombilla pelada. Ni siquiera nos dieron de comer. Al día siguiente, escucharon mis razones y nos dejaron embarcar en el vuelo a Moscú. Pero al llegar me volvieron a arrestar acusándome de no haber entregado los papeles correctos al hotel. Esa visita a Rusia fue una pesadilla.

swissinfo.ch: Usted dirige la Orquesta del Festival de Verbier, en Suiza.

C.D.: Sí, una semana al año. Pero la próxima edición será la última, pues tengo ya una edad respetable, y el trabajo diario con una orquesta de jóvenes me agota. Los he dirigido durante nueve años y considero que es suficiente. Verbier tiene mucha suerte de contar con el talento de un director, Martin Engstroem, que supo hacer este festival conocido mundialmente.

swissinfo.ch: ¿Qué directores de orquesta de la nueva generación le interesan?

C.D.: Hay uno que admiro y conozco desde que era un bebé: el suizo Philippe Jordan, hijo de mi amigo y director de orquesta Armin Jordan. Philippe tiene un talento extraordinario. Ahora mismo trabaja en París y Viena, pero me permito expresar en público mi deseo de que sea el nuevo titular de la Tonhalle de Zúrich, dado que el puesto estará vacante pronto. Sería maravilloso ver a un suizo brillante al frente de esa orquesta tan importante para nuestro país.

Le cuento una anécdota. Un día en Montreal, a la salida de un concierto, un niño de 10 años se me acerca y me pide tímidamente un autógrafo. Yo estaba asombrado. Su madre me explicó que el niño soñaba con ser director de orquesta. Le di el autógrafo y seguí en contacto con él. Es Yannick Nézet-Séguin, uno de los más grandes directores jóvenes, junto con el venezolano Gustavo Dudamel, que ha estudiado conmigo en Buenos Aires.

swissinfo.ch: En los últimos dos o tres años asistimos a un ‘boom’ de directoras de orquesta mujeres. ¿Es un acto de justicia o marketing?

C.D.: Nada de marketing. No existe ninguna razón lógica para que una mujer no dirija orquestas. El talento femenino no es distinto del talento masculino. De hecho, muy a menudo he visto directoras jóvenes con mucho más talento que sus colegas masculinos. Hasta ahora la sociedad no toleraba la igualdad en muchos campos, incluido este campo de la dirección, que era percibido como un privilegio masculino. Incluso en política. Los tiempos están cambiando. Piense que Hillary Clinton será casi con toda seguridad la futura presidenta de Estados Unidos. Si ella puede llegar a la Casa Blanca, ¿por qué las mujeres no pueden llegar al podio orquestal? Y no olvidemos que hasta hace muy poco no había ninguna mujer en la Orquesta Filarmónica de Viena. De hecho, Martha nunca quiso tocar con ellos por esta razón. Me decía: “No quiero tocar con esa orquesta sexista”. Debe ser una de las pocas orquestas importantes del mundo con las que Martha nunca ha tocado. Durante mucho tiempo todos los directores fueron centroeuropeos o judíos del Este, luego americanos, más tarde llegaron los asiáticos y latinoamericanos. Hoy es la hora de las mujeres. No es una moda. Es algo que ha llegado para quedarse.

swissinfo.ch: ¿Piensa usted en cómo quiere ser recordado? ¿En la herencia artística que va a dejar?

C.D.: Una vez muerto, me importa bastante poco lo que pase. No creo mucho en las herencias artísticas, sino en disfrutar de la vida. No me interesa que me dediquen una calle o pongan un busto en una plaza. Lo que sí me interesa es transmitir la experiencia. Cuando veo a todos estos nuevos directores que surgen me digo que 55 años de experiencia profesional no se pueden inventar. Se tienen o no se tienen. Creo que compartir con la nueva generación mis experiencias es la mejor herencia artística que puedo dejar.

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