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Escultura Robert Walser Un monumento para vivirlo

La escultura en madera instalada frente a la estación de tren de Biel con gente pasando por debajo de la instalación

Los usuarios de la estación de Biel se mezclan, consciente o inconscientemente, con la “Escultura Robert Walser”.

(Enrique Muñoz García)

La ‘Escultura Robert Walser’ de Thomas Hirschhorn, instalada en Biel, cantón de Berna, es una polémica microciudad hecha de materiales pobres, pero en la que es agradable demorarse. Su objetivo es invitar a la población a conocer mejor la obra y la vida del escritor Robert Walser, nacido en esta ciudad en 1878.

“Entonces, ¿pasa aquí todo el día?” Con las mangas de su camisa blanca remangadas y la nariz enrojecida por el sol, el artista suizo Thomas Hirschhorn prepara el programa del día para su ‘Escultura Robert Walser’, instalada frente a la estación de tren de Biel. Pasan unos minutos de las 10 de la mañana de un viernes de principios de julio, y el monumento de tablas unidas por clavos, paredes de conglomerado, cinta adhesiva y grandes pancartas da la bienvenida a los primeros visitantes.

“En cualquier caso, estaré aquí hasta las 10 de la noche, como todos los días”. Un total de ochenta y seis días, desde el 15 de junio hasta el 9 de septiembre, o lo que es lo mismo, 1 032 horas que el artista ha decidido consagrar a Robert Walser (1878-1956), escritor nacido en Biel al que está dedicada esta desbordante escultura.

La “escultura Robert Walser”

La instalación artísticaEnlace externo de Thomas HirschhornEnlace externo rinde homenaje al escritor Robert WalserEnlace externo. Erigida frente a la estación de tren de Biel, está abierta gratuitamente al público hasta el 8 de septiembre, todos los días sin interrupción, desde las 10:00 hasta las 22:00 horas. La escultura cubre una superficie de 1 300 metros cuadrados y se alza como una imponente construcción de madera apoyada sobre palés. Su objetivo es invitar a la población a conocer mejor la vida y obra de Robert Walser, nacido en Biel en 1878. Cada día tienen lugar en la instalación más de 30 actos culturales.

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Biblioteca, guardería, estudio de televisión, lugar de residencia para escritores y cantina: la gigantesca instalación tiene tendencia a la autarquía. Además, esta enorme estructura, de entrada libre, se complementa con una amplia oferta de servicios también gratuitos, como clases de árabe o esperanto, propuestas de paseos urbanos, teatro, conferencias o la inauguración de la escultura repetida cada día. Hoy tendrá lugar en el pabellón de Local Int, un espacio de arte fruto de la tendencia local a lo cultural-asociativo, como el resto de la obra.

Sencilla y excepcional

“La atmósfera de aquí se ajusta bastante bien a los escritos de Walser”, dice sonriendo Julien, quien se encarga de elaborar cada día el “Periódico Robert Walser”, un diario que se distribuye en la propia instalación. Escritos en Berlín, Berna o Biel, los cuentos y novelas de Walser -Los hermanos Tanner (1907), El bandido (1925), El paseo (1917), Seeland (1920), etc.- contienen numerosas descripciones, tan exquisitas como precisas, de hechos sin importancia de la vida cotidiana.

La analogía establecida por Julien se basa, por lo tanto, en esa ausencia de lo espectacular o grandioso pero que de ningún modo impide el placer, sino todo lo contrario. Y de hecho, la jornada en Biel, salpicada de innumerables y pequeños desajustes, no solo transcurre deprisa sino que se revela excepcional en todos los sentidos del término.

(Enrique Muñoz García)

“Esta es mi cuarta visita a la escultura”, dice Simone, una joven de treinta años. “La primera vez me quedé una hora y media, luego hice visitas más breves, mientras esperaba el autobús ahí en frente”.

Sentado en una mesa de la “Cantina”, en la que todos los días se sirven deliciosos platos originarios del Cuerno de África, Manfred dice que viene casi todos los días. Trabaja de conserje en el Centro Autónomo de Biel, tiene unos cincuenta años y asegura que desde el primer momento se sintió muy a gusto en esta microciudad construida sobre una enorme base de palés. “No es como un museo, donde hay mucha gente que es reacia a entrar”.

Además, gracias a Hirschhorn, Manfred leyó su primer libro de Walser, “hace dos años, al oír hablar del proyecto”. Este escritor “obliga a uno a plantearse la cuestión del destinatario, es decir, a quién están dirigidos sus textos. La escultura nos permite encontrar respuestas juntos”, dirá por la noche la escritora austriaco-norteamericana Ann Cotten, que ha residido aquí hasta finales de julio.

Hablar de Walser

Thomas Hirschhorn, sentado en las gradas, escucha hablar de Walser. 

(Enrique Muñoz García)

Malick, con sus viejos auriculares puestos en la cabeza, nos muestra algunas pinturas recientes hechas en papel A4. “Han pasado ya algunas semanas desde que empecé a pintar; surgió así, de repente”. De origen senegalés y residente en Biel, Malick se ha convertido en una de las figuras clave del monumento. Al igual que los taxistas, ha tenido que adaptarse a la instalación, ya que anteriormente pasaba buena parte del día en la plaza de la estación.

Malick no duda en tomar la palabra e intervenir en el Foro, del mismo modo que lo hacen los especialistas invitados cada día para recordar a Walser. “No tenemos mediadores, puede hablar todo el mundo”, dice Hirschhorn. “Malick tiene cosas que contar y le gusta estar en contacto con el micrófono, por lo que, automáticamente, tiene también la palabra”.

El artista afirma que su intención era construir, con ayuda de los habitantes locales, “un proyecto difícil, enrevesado y complejo. Cada día viene más gente de aquí y, sobre todo, viene más gente que repite”.

Hirschhorn nació en Berna en 1957, creció en Davos y estudió luego artes decorativas en Zúrich. Reside en París desde 1984 y en 2001 abrió un taller en Aubersvilliers, una pequeña localidad situada en los suburbios del norte de París. Ha desarrollado un arte falsamente antiestético cuya faceta plástica proclama su dimensión “artesanal”.

Le gusta trabajar en grupo, por ejemplo, con los jóvenes de su barrio cuando organizó en 2004 el “Museo Precario Albinet”, que llevaría obras maestras del Centro Pompidou al departamento 93; o en 2013, cuando construyó un “Monumento a Gramsci” con los residentes del Bronx neoyorquino.

Arte, colectivos y democracia

“Thomas tiene una gran generosidad: mental, sentimental y de ideas. Escucha, no impone nada, hace preguntas. Y siempre lo ves trabajando”, dice Mamadou, otra de las figuras clave de la escultura. Sin embargo, Hirschhorn, que representó a Suiza en la Bienal de Venecia de 2012, no deja nunca de precisar que “soy un artista, no un trabajador social”. Él se dedica a hacer arte, y nada más.

Thomas Hirschhorn es el enfant terrible del mundo del arte suizo. En 2004, su exposición en el Centro Cultural Suizo de París, titulada ‘Suiza-Democracia Suiza’ y financiada por la fundación suiza para la cultura Pro Helvetia, generó revuelo. En ella se observaba a un hombre orinando sobe un retrato del entonces ministro suizo de Justicia, Christoph Blocher, y papeletas de voto con iraquíes torturados. Tras esta polémica el Parlamento suizo recortó el presupuesto de Pro Helvetia,    

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El 10 de diciembre de 2003 el artista anunció que no volvería a exponer en Suiza mientras Christoph Blocher fuera consejero federal [ministro]. Luego, a finales de 2004 organizó un gran debate sobre la democracia helvética en el Centro Cultural Suizo de París con el título “Swiss, Swiss Democracy”. Un intercambio de ideas que rápidamente se transformó en un combate de boxeo, con golpes lanzados en su mayoría a distancia por personas que ni siquiera se tomaron la molestia de ir a expresar su opinión al centro cultural.

El monumento conforma la 13ª edición de la “Exposición Suiza de Escultura 2019” de Biel. Kathleen Bühler, curadora de esta edición que se organiza desde 1954 a intervalos irregulares, propuso invitar solo a un artista en lugar de llenar la ciudad con obras al aire libre. “Hay que comprender la obra como una escultura y no como una exposición”, precisa Bühler, que además es conservadora del Kunstmuseum (Museo de Arte) de Berna. Un trabajo que ha dejado temporalmente, pues, al igual que Hirschhorn, decidió pasar en Biel los 86 días que estará el monumento abierto al público.

Una escultura polémica

El presupuesto de la escultura está claramente indicado a la entrada de la instalación. La construcción y animación de la obra durante los tres meses costará 1,6 millones de francos, de los que 735 000 son salarios y honorarios de los trabajadores.  Thomas Hirschhorn ganará solo 30 000 francos, una suma que cubre la totalidad de su trabajo desde 2016.

La estación de tren de Biel
(Enrique Muñoz García)

Precisamente, desde el comienzo del proyecto en 2016 se han registrado varias polémicas, amplificadas por una atención de los medios locales que Thomas Hirschhorn califica de “no muy benevolente” y realzada por cartas de lectores indignados. Los vecinos de la zona afectada, así como algunos taxistas y ciclistas, se opusieron al proyecto manifestando su desacuerdo con la ubicación elegida, ya que invadía los espacios reservados para aparcar.

El periodista Samuel Schellenberg, nacido en Zúrich en 1971, vive en Lausana y trabaja en Ginebra como responsable de la sección cultural del diario Le CourrierEnlace externo. Samuel SchellenbergEnlace externo ha ganado el Gran Premio suizo de Arte / Premio Meret OppenheimEnlace externo, concedido por la Oficina Federal de Cultura (OFC). Escribe principalmente sobre exposiciones, la remuneración de los artistas y la igualdad de género en los ambientes culturales. Ha realizado numerosos reportajes en el extranjero (en El Cairo, Hong Kong, Estambul, Ereván y Venecia). La OFC le galardonó por su dedicación e independencia.

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Después de distintas mediaciones y debates públicos, el artista y la fundación organizadora decidieron posponer un año la construcción de la escultura, prevista inicialmente para el verano de 2018. Hubo también algún trago amargo, como la dimisión esta primavera de dos miembros del consejo de dirección de la Fundación de la Exposición, debido a graves desacuerdos con Hirschhorn.

“La polémica forma parte integral del arte en el espacio público”, afirma Kathleen Bühler. Además, todas las ediciones anteriores de la Exposición estuvieron también salpicadas de polémicas, recordó en junio la historiadora Margrit Wick, una de las oradoras que interviene regularmente en el Foro.

“Sorprende más aún si pensamos en las esculturas formales exhibidas en las primeras ediciones”, señala Kathleen Bühler, “en las que se daban comentarios idénticos a los de hoy: no es hermoso, no es arte, cuesta demasiado caro, no vale para nada...”. Sin embargo, por primera vez desde 1954 el artista está ahí cada día para discutirlo.


Traducción del francés: José M. Wolff

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