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Metalmecánico, sindicalista y ciudadano del mundo


"Quien no sueña, no realiza jamás nada"




 (swissinfo.ch)
(swissinfo.ch)

Giovanni Giarrana formó parte de la mano de obra italiana que llegó a Suiza en la década de 1960. Hoy, jubilado, este siciliano con residencia en Horgen, en Zúrich, no ha perdido la fuerza de luchar contra las injusticias.

“Mis amigos me dicen aún ‘Giovanni, sueñas siempre”. Pero lanzar al mundo una mirada desilusionada no es, seguramente, la máxima en la vida de este hombre nacido en Ravanusa, en la provincia italiana de Agrigento, en Sicilia, el 8 de enero de 1944.

La vista del lago de Zúrich desde la terraza de su departamento de Horgen en una espléndida jornada de abril incita, sin duda, a soñar. Soñar, primero que nada, con otros horizontes.

A pie, de Suiza a Italia

“Yo siempre he querido ver el mundo y fue así que en 1960 decidí emigrar por primera vez, cuando me encontré con mi tío y dos de mis cinco hermanos en Francia, en Lorena”, recuerda Giovanni Giarrana, quien se presenta gustoso como “ciudadano del mundo”. Un deseo que seis años después lo conducirá a Suiza y que jamás se ha adormecido. Junto con su mujer, Heidi, ha recorrido el mundo de cabo a rabo: Asia, en particular, como testimonian los numerosos objetos que conserva en casa.

Para este jubilado de cuerpo esbelto y siempre de buen humor, los viajes son un poco como sus libros. Su insaciable sed de caminar al encuentro de los otros lo llevó en 2009 a realizar en sentido contrario el trayecto que hace 43 años lo condujo de su Ravanusa natal a suelo helvético.

¿Y esto qué tendría de extraordinario? Nada, cierto, si no fuese porque Giovanni retornó a su amada Sicilia a pie. “En 2006, mi hijo vino en bicicleta. Un poco para desafiarlo, le dije entonces que yo haría el mismo trayecto a pie. Y lo hice. El 29 de mayo de 2009 me jubilé y, a la mañana siguiente, partí. Recorrí 2.200 kilómetros en 58 días, con tres de pausa, advierte. Un viaje que le permitió “desempolvar tantos recuerdos” y “madurar más que en todo el transcurso de mi vida”. Un modo muy personal de emitir un mensaje claro “a favor del medio ambiente, contra el racismo y la guerra”.

Emigrar, una necesidad

Volvamos entonces a la Sicilia de su infancia, aquella región de la Italia Insular pobre y casi feudal de la posguerra. “Éramos una familia humilde, con poca tierra. Mi padre me había siempre estimulado a estudiar, pero a veces no podía ir a la escuela, pues debía recoger las espigas de trigo que quedaban en el campo tras la siega, para después venderlas. Lo mismo hacíamos con las verduras”.

Con cierta vergüenza, Giovanni se ve aún a la edad de siete años, apoyado en el muro del edifico que albergaba al “circolo dei galantuomini”, la alta sociedad local. “Me puse allí como para decirle a esa gente rica que me viera, que tuviese compasión de mí. No sé qué me pasó por la mente”.

Después, al darse cuenta de cuánto servilismo se hallaba inmerso en ese gesto infantil, decidió de una vez y para siempre que la sumisión no era para él.

Su educación política inicia durante los largos trayectos andando junto a su padre –“dos horas para ir, dos para volver”- a su pequeño dominio familiar. “Cuando estábamos solos me hablaba de política, odiaba las injusticias sociales. En la noche, me llevaba con él a las reuniones locales del Partido Socialista donde escuchábamos el noticiero radiofónico y comentábamos las noticias juntos”.

En 1962, dos años después de haber emigrado por primera vez a Francia, volvió a casa a causa de la enfermedad de su progenitor. “Cayó de un olivo y comenzó a tener graves problemas psíquicos. Se salvó solo gracias a los cuidados de mi madre, que le asistió hasta su muerte, en 1991”.

Aunque en su juventud hizo un poco de todo  –“costurero, peluquero, carpintero, zapatero, molinero…”– Giovanni comprende pronto que debe aprender una profesión.

“Me inscribí a la Escuela Profesional de Gela. Dos años más tarde obtuve el diploma de mecánico genérico”. Y justo en ese municipio siciliano organiza su primera huelga.

“Teníamos tornos y fresas mecánicas, pero no las herramientas necesarias para aprender adecuadamente. Durante tres días montamos guardia frente a la escuela, sin entrar en ella. Al cuarto, los utensilios llegaron y, finalmente,  pudimos comenzar a practicar”, recuerda sonriente. Al terminar sus estudios, el director me lo hizo pagar. Me convocó a su oficina para decirme que mi calificación final era un nueve, pero que me daba solo un siete”.

Giovanni Giarrana

Quien no sueña, no realiza jamás nada. Y no tengo intención de renunciar a ello. Uno de mis mejores lemas es: ‘Mejor morir al frente que dentro de tu cama’

Desnudos, para la inspección

La vida del joven giró 360 grados durante las vacaciones escolares. “Fuimos a trabajar 40 días a Francia y al cruzar Suiza conocí a Heidi, una chica de Wädenswil que, por error, subió a nuestro tren”. Este encuentro con esta joven de un poblado zuriqués desencadenó un intercambio intenso de correspondencia con la que se convirtió en su mujer, en 1981, y madre de sus dos hijos.

En 1966, después del servicio militar, llega a Suiza. En la frontera de Chiasso es recibido con la consulta médica obligatoria para todos los italianos que entran al país. Una verdadera humillación: “Estábamos todos en fila india, desnudos”.

Nueve años en la barraca

Su trabajo en Escher Wyss, empresa retomada durante esos años por el grupo Sulzer, lo apasiona: Se vuelve tornero.

Poco a poco le confían tareas cada vez más importantes, explica Giovanni al mostrar la foto de una enorme turbina utilizada para uno de los mayores diques turcos y una pieza pulida a la perfección por un amigo. Esta imagen la conserva con orgullo sobre su mesita de noche.

Nueve años de vida en la barraca, en aquel llamado “pueblo italiano” que dirigía un compatriota de Trento, “un verdadero tirano”, recuerda. Sus colegas le dijeron que ya habían reclamado por el mal comportamiento de este hombre, sin éxito.

 

Su vena sindical –que lo llevó después a participar en numerosas luchas, a convertirse en presidente de la comisión interna y a ocupar diversos puestos sindicales– se revela inmediatamente:

“Visto que el gerente no quería saber del asunto, dije a mis compañeros: ‘Entonces, o él o nosotros’. Un miércoles [su memoria es aún infalible] sabíamos que se produciría la visita del director Schmidheiny. Éramos cerca de 150 y fuimos directamente a la oficina de personal para presentar nuestras renuncias. Al cruzarnos con el director, nos preguntó qué pasaba y le explicamos nuestra situación. Nos pidió volver a nuestros puestos y, desde entonces, no volvimos a ver a ese hombre de Trento”.

El ‘boom’ de la década de 1950

La primera ola importante de la inmigración en Suiza se produce a finales del siglo XIX.

Entre 1888 y 1910 llegaron al país cerca de 260.000 extranjeros, principalmente de las regiones vecinas.

Con el desarrollo económico tras la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de mano de obra aumenta exponencialmente.

Entre 1951 y 1970 arriban a Suiza 2.680.000 extranjeros (con el máximo repunte registrado entre 1961 y 1962).

Estos inmigrantes recibieron un permiso de estancia anual (B) o un permiso de residencia por un plazo mayor (C). Y en este mismo periodo, Suiza entregó tres millones de permisos de trabajo temporal (A, de hasta 8 meses de duración), dirigidos principalmente a trabajadores italianos.

Las autoridades suizas comienzan a limitar la inmigración en 1963. A partir de ese año y hasta 1971, el ingreso de trabajadores extranjeros se reduce hasta un 60%.

Durante la recesión de 1974 a 1976, otros 300.000 extranjeros debieron retornar a sus países de origen. En estos años volvieron a surgir las tesis sobre el sobrepoblación de extranjeros en Suiza, traducidas en varias iniciativas populares que buscaban el respaldo del voto ciudadano para frenar la inmigración.

El flujo inmigratorio solo volvió a incrementarse a partir de 1986, ante la buena coyuntura. De este modo, la población inmigrante se convirtió por primera vez en el componente principal del crecimiento demográfico suizo.

Tras una nueva inversión de la tendencia a partir de 1994 a causa de la desfavorable evolución, en 1998 el número de inmigrantes vuelve a registrar un incremento.

A partir de 2002, Suiza introduce gradualmente la libre circulación de personas procedentes de la Unión Europea. Esto ha traído por consecuencia un aumento sostenido de la población de origen extranjero.

Respeto conquistado en 50 años de trabajo

El trabajo bien hecho no era suficiente para que Giovanni se quitase la etiqueta de «Scheiss italiener», expresión en alemán que se traduce como “italiano de m…”. Pese a las discriminaciones, no guarda rencores. Sin embargo, cuando ve que los nuevos emigrantes aún son tratados del mismo modo, le hierbe la sangre.

“Nosotros, italianos, logramos conquistar el respeto aquí. Todos se han dado cuenta de que hemos contribuido a la prosperidad de este país. ¡Pero debimos esperar 50 años! Lucho y continuaré haciéndolo a fin de que en Suiza prevalezca la política de bienvenida y no la de marginación”.

Un empeño que traduce en hechos: por ejemplo, es delegado del sindicato Unia en el seno del Foro para la Integración de Inmigrantes y colabora en la organización de un curso contra el racismo.

A sus 60 años de edad, ¿tiene algún un sueño en el cajón? “Quería atravesar la Amazonia, de Belém (Brasil), a Lima (Perú), para protestar contra la deforestación. Me lo desaconsejaron, por el peligro de la mafia de la leña”. Y también por un problema cardiaco reciente. Todavía no se da por vencido. La tenacidad es, sin duda, una cualidad que no le falta. “Intento organizar una marcha internacional con el apoyo del Foro Mundial para la Naturaleza y de Greenpeace. Hacer un tipo de estafeta con voluntarios que provengan de naciones diversas”.

- Pero, entonces, Giovanni, ¿De verdad que sueña siempre?

- Cierto, pero quien no sueña, no realiza jamás nada. Y no tengo intención de renunciar a ello. Uno de mis mejores lemas es: ‘Mejor morir al frente que dentro de tu cama’.


Traducción: Patricia Islas, swissinfo.ch



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