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Los trabajadores temporeros solían trabajar, sobre todo, en el sector de la construcción. (Keystone)

Los trabajadores temporeros solían trabajar, sobre todo, en el sector de la construcción.

(Keystone)

La iniciativa ‘Contra la inmigración masiva’ quiere reintroducir el estatuto del temporero para controlar mejor la inmigración y facilitar a los sectores económicos la mano de obra que necesitan. La perspectiva estremece a los inmigrantes de la primera generación.

“Para sectores como el de la construcción o la agricultura deberíamos volver a adoptar el estatuto del temporero, que fue un sistema muy bueno. Desafortunadamente, los políticos lo flexibilizaron y terminaron por abolirlo”.

“Nuestra iniciativa no garantiza el derecho de establecimiento, de reagrupación familiar ni tampoco de cobrar el desempleo”.

Un estatuto abolido en 2002

El estatuto del temporero, que establecía la ley de extranjería de 1931, es parte de una política para asegurar una inmigración flexible en función de las necesidades del sector económico y luchar contra la denominada extranjerización de Suiza.

Los trabajadores temporeros eran contratados, sobre todo, en la construcción, la hostelería y la agricultura.

En 1963, para limitar la afluencia de mano de obra extranjera, las autoridades suizas decretaron un tope máximo de temporeros por cantón.

La cuota de temporeros entre los trabajadores extranjeros disminuyó: 26,5% en 1957; 19,7% en 1967; 10,3% en 1977; 13,9 en 1987.

En 1967 eran 153.510 (de los cuales un 83,3% italianos), en 1977 su número se redujo a 67.280 (37% italianos, 26,8% yugoslavos, 23,3% españoles) para volver a aumentar en 1987 hasta 114.640 (30,3% yugoslavos, 28,1 portugueses). En 1997 había aún 28.000 temporeros.

La abolición de este estatuto tardó en encontrar defensores, incluso en la izquierda. En 1981, el 83,8% de los votantes rechazaron la iniciativa popular Ser solidarios, por una nueva política de extranjería que proponía invalidarlo.

El estatuto se suprimió en 2002, con la entrada en vigor del acuerdo sobre la libre circulación de personas entre Suiza y la Unión Europea.

Fuente: Diccionario Histórico de Suiza

Las recientes declaraciones del presidente de la Unión Democrática del Centro (UDC, derecha conservadora), Toni Brunner, al dominical NZZ am Sonntag y el diario Le Temps han recuperado un vestigio que parecía enterrado en el pasado.

Creado al inicio de los años 1930, el estatuto preveía –como indica su nombre– un permiso de estancia limitado a la vigencia del contrato laboral. Pero el denominado permiso A tenía otras particularidades: las prestaciones de la seguridad social eran reducidas, los trabajadores no podían cambiar de empleo ni lugar de domicilio durante su estancia laboral en el país ni traer a sus familias

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En pleno boom económico de la postguerra, Suiza aprovechó al máximo esta mano de obra: entre 1945 y 2002, cuando se abolió el estatuto del temporero y entró en vigor el acuerdo de libre circulación de personas con la Unión Europea, la Confederación concedió más de 6 millones de permisos estacionales.

Nos citamos con Luciano Turla, de 69 años, en la Casa d’Italia de Biel. Este albañil y jefe de obra jubilado frunce el cenó cuando mencionamos las propuestas de Toni Brunner. Nacido en la provincia de Brescia (norte de Italia), llegó a Suiza en 1960, con apenas 16 años. Como temporero, precisamente.

Lumpemproletariado de los años 1930

Ser temporero, recuerda Luciano Turla, significaba carecer prácticamente de protección social. “Mientras necesitaban mano de obra contaban contigo, y cuando sobraba te daban una patada en el trasero y fuera. Si te despedían, no te quedaba más remedio que volver a Italia, donde no tenías derecho a cobrar el desempleo ni nada”.

Cuando se avecinaba el fin de la temporada –que en la construcción solía terminar a principios de diciembre–, no era inhabitual que los obreros fueran despedidos con pocos días de preaviso, porque las condiciones meteorológicas impedían seguir trabajando. A inicios de la temporada, a veces los patrones no reanudaban las obras por las mismas razones y tardaban varias semanas en enviar los contratos de trabajo, sin los cuales era imposible entrar en Suiza.

“Los primeros años como temporero fueron duros. Los primeros dos trabajé en La Neuveville [a pocos kilómetros de Biel, en el cantón de Berna] y vivía en un cuarto en una casa vieja. En invierno, hacía un frío de perros, y en verano, la humedad era insoportable…”.

Contrariamente a muchos de sus compatriotas, Luciano Turla fue afortunado y no tuvo que alojarse en las barracas donde se amontonaban los obreros extranjeros. “La temporada de 1963 me contrató una empresa de Nidau que acababa de construir un albergue para los trabajadores. Era un lujo. Disponíamos de habitaciones para tres personas, duchas y un comedor”.

“En Nidau, el patrón nos trataba bien”, prosigue Luciano Turla. “De hecho, trabajé 25 años en esa empresa. Otro cantar era la gente del lugar. En la época de las iniciativas Schwarzenbach [contra la denominada extranjerización] nos llamaban de todo. Cuando salíamos, solo podíamos ir a restaurantes que frecuentaban los italianos. En los restaurantes suizos no se podía prácticamente poner el pie. Te fulminaban solo con la mirada”.

Administración kafkiana

Lo que marcó a generaciones de trabajadores temporeros fueron, sobre todo, las trabas burocráticas. “En 1965 volví a Italia para hacer el servicio militar y regresé a Suiza en abril de 1966, como temporero. En 1968 me casé con una italiana que tenía el permiso de estancia. En octubre, nació nuestro hijo. Mi suegra quería que me quedara por lo menos durante las vacaciones de Navidad y escribió a las autoridades. Nos respondieron que me podía quedar solamente hasta el 23 de diciembre. Así, tuve que regresar a Italia para volver en enero, primero como turista, luego como temporero”, relata Luciano Turla.

En 1970 obtiene el ansiado permiso B, la estancia anual que le da derecho, entre otras cosas, a la seguridad social y la reagrupación familiar. “A partir de ese momento, las cosas mejoraron, todo fue más fácil”, subraya.

Cristina Inácio Dentri, de origen portugués, vivió hasta los nueve años separada de su padre. Al ser temporero, su progenitor no podía traer a su familia a Suiza. “Llegó a Ginebra en 1970. Tenía 35 años y una amplia experiencia como albañil, aunque aquí empezó como mano de obra no cualificada. Para acceder a un permiso B se necesitaba trabajar cuatro temporadas consecutivas [cinco hasta el inicio de los años 1970]. Era muy complicado. Si perdías unos días, porque la empresa te despedía antes de concluir la temporada, todo el cómputo se iba al garete. Mi padre tenía tal miedo a perder un solo día que iba a trabajar incluso enfermo. En una ocasión ingresó en el hospital con una pulmonía”.

Vida clandestina

En 1982, finalmente cumple las cuatro temporadas consecutivas. “Nosotros nos reunimos con él en octubre. Pensaba que iba a ser fácil al tener un permiso B. Pero no fue así. Había toda una serie de condiciones, entre ellas disponer de un hogar adecuado con un máximo de dos hijos del mismo sexo por habitación. Éramos seis hermanos y hermanas y la vivienda de mi padre era pequeña. Encontrar en Ginebra un alojamiento lo suficientemente grande para una familia ya era difícil entonces”.

De hecho, Cristina y su familia viven durante un año en la clandestinidad. “Para evitar los controles, salíamos por la mañana y nos refugiábamos en casa de amigos. Debíamos llamar lo menos posible la atención, jugar en silencio. Recuerdo aún que mi padre nos reñía si hacíamos el mínimo ruido”.

En noviembre de 1983, sus padres encuentran una vivienda más grande, aunque no lo suficiente para declarar a todos los miembros de la familia a las autoridades. “Uno de mis hermanos solo pudo regularizar su situación más tarde”, explica.

Este periodo difícil ha hecho mella en Cristina Inácio Dentri, que hoy tiene 40 años. Es maestra de enseñanza primaria en Ginebra y dedicó su tesina universitaria a la inmigración portuguesa. “Cuando era joven siempre intentaba ser discreta, callarme. Es un rasgo común a muchísimas personas que vivieron lo mismo. Esto demuestra hasta qué punto hemos integrado esta experiencia. Cuando observo a los hijos de mi hermana, me doy cuenta de que ellos sí comienzan a sentirse parte integrante de la sociedad suiza. Hemos necesitado tres generaciones para lograrlo”.

Al recordarle que hay gente que quiere reintroducir el estatuto del temporero se le pone la piel de gallina. “Si es en las mismas condiciones, creo que va en contra de los derechos humanos y los derechos del niño. Significaría devolver a algunas categorías de trabajadores a una precariedad terrible”.

Inmigración en el resto de Europa

Otros países europeos, como Alemania Occidental y Oriental, Países Bajos y Bélgica, contrataron a mano de obra extranjera no cualificada porque escaseaba la oferta nacional.

Los denominados programas de trabajadores extranjeros eran acuerdos bilaterales que suscribían el país de origen y el de acogida entre las décadas de 1950 y 1970.

La mano de obra extranjera recibía un contrato temporal para un periodo de uno hasta dos o tres años, tras el cual tenía que volver a su país.

La Alemania Federal reclutó a trabajadores en los países del sur de Europa, los Balcanes y el norte de África. Los turcos se convirtieron en la colonia extranjera más numerosa.

Los inmigrantes de Alemania del Este procedían principalmente de países comunistas en Asia y África, como Vietnam, Corea del Norte, Angola y Mozambique. Y también algunos cubanos.

Países Bajos recurrió, sobre todo, a trabajadores de Marruecos y Turquía.

No deben confundirse estos programas con el estatuto del trabajador temporero, un de permiso de trabajo temporal muy frecuente en Suiza en la construcción y la agricultura hasta 2002.


Traducción del italiano: Belén Couceiro, swissinfo.ch



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