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Punto de vista Diez mitos sobre Suiza

Clare O’Dea, periodista irlandesa afincada en Suiza desde hace más de una década, relata por qué ha escrito el libro ‘The Naked Swiss: A Nation Behind 10 Myths’ (Suiza al desnudo: un país escondido detrás de 10 mitos)

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Por Clare O’Dea

Siempre ha habido ese pique entre nacionalidades, especialmente en Europa, que hace que los unos se crean mejores que los otros. Cuando los británicos dicen que los suizos son aburridos, dan por hecho que los divertidos son ellos, los británicos. Achacarle a Suiza haberse enriquecido con dinero ilícito no hace sino desviar la atención de la dudosa procedencia de la riqueza de las antiguas potencias coloniales. Cuando los franceses acusan a los helvéticos de xenofobia, ¿debemos creer que los inmigrantes lo pasan bien en Francia? La crítica va más allá de bromas más o menos graciosas; tiene un punto de desprecio y disminuye los logros de Suiza.

La irlandesa Clare O'Dea ha trabajado como periodista durante dos décadas en tres países. Trabajó en swissinfo.ch durante nueve años, habla cinco idiomas, es madre de tres hijos (suizos) y tiene la nacionalidad suiza desde 2015. 

(Cortesía C. O'Dea)

¿A qué éxitos me refiero? Me refiero a resultados que empiezan en la persona. Porque la población suiza, además de disfrutar de la mayor riqueza media por adulto (567 100 dólares según el último informe sobre Riqueza Global, del banco Credit Suisse), goza de felicidad y salud. Y es que los habitantes de Suiza tienen las tasas más bajas de obesidad en Europa y en el ranking de esperanza de vida mundial ocupan el segundo lugar: de media las mujeres viven 85 años y 80 años los hombres. Además, en el informe de las Naciones Unidas sobre felicidad en el mundo, los suizos son los primeros. De hecho, Suiza lidera las clasificaciones en todo tipo de categorías: desde innovación, hasta calidad de vida, pasando por desarrollo del talento.

Los suizos también disfrutan de una democracia participativa (de abajo hacia arriba) que deja la decisión de cuestiones importantes al pueblo. Y, por si esto fuera poco, su economía ha crecido una media anual del 2,5 % entre 2005 y 2015, superando al resto de economías occidentales.

Intentar responder a la preocupante cuestión de por qué, a pesar de estos éxitos, sus habitantes no son vistos con buenos ojos me motivó a escribir el libro ‘The Naked Swiss: A Nation Behind 10 MythsEnlace externo’ (Suiza al desnudo: un país escondido detrás de 10 mitos). Quería enfrentarme al reto de responder a algunas ideas preconcebidas. Y qué mejor manera de hacerlo que comprobar los hechos. Examinando sus trapos sucios y analizando al milímetro sus éxitos como nación, esperaba poder ofrecer una visión más justa y equilibrada de la población suiza. Tras más de una década cubriendo la información del país e iniciando una nueva vida entre los suizos (justo en la frontera imaginaria en la que la cultura francesa y alemana se encuentran) sentí que estaba en condiciones de evaluar los estereotipos.

Los trapos sucios. En términos de reputación su próspero sector financiero es una de sus mayores fortalezas y, al mismo tiempo, una de sus mayores debilidades. Porque Suiza es líder mundial en gestión de patrimonios ‘offshore’ con una cuota de mercado estimada entre un 20 y un 25%. Esto quiere decir que las personas más ricas del mundo –un triste 1%– eligen Suiza para gestionar sus activos en el extranjero. Entre ellos hay ciudadanos respetables que pagan sus impuestos religiosamente y no han amasado sus fortunas explotando, corrompiendo, destruyendo el medioambiente, manteniendo conexiones con regímenes opresores o estando dispuestos a aplastar a sus semejantes. Luego están el resto, cuya riqueza es terriblemente sucia. Y siempre lo será.

A los bancos suizos se les acusa reiteradamente de no esforzarse lo suficiente por diferenciar entre buenos y malos clientes. Peor que eso todavía, se ha descubierto que continuamente buscan y favorecen 'malos clientes', como en el caso de UBS, denunciado por Bradley Birkenfeld en los Estados Unidos. En las listas de clientes de los bancos suizos, además de vulgares defraudadores fiscales, también hay blanqueadores de capitales. Y cada vez que sale a la luz un nuevo caso de fondos ilícitos en bancos suizos, ya sea un escándalo malasio, brasileño, panameño o ruso, los suizos son vistos como el origen de todo lo que está corrompido en el mundo.

Hay mucho que decir sobre Suiza. Se podrían llenar páginas de innumerables libros, pero ¿qué he querido contar en ‘The Naked Swiss’? A la hora de abordar un tema tan amplio como es una nación, la estructura es muy importante. Para limitar las cosas, decidí tomar como punto de partida los 10 supuestos más generalizados sobre los suizos: muchos negativos, otos positivos. Y desmontarlos. El lector podrá decidir cuáles de estos mitos son solo un gran malentendido y cuáles se mantienen.

Sobre la cuestión bancaria, por ejemplo, hay que mencionar que en Suiza la banca ni define ni domina la economía del país. Junto con el sector de seguros, la banca contribuye directa e indirectamente al 13% del total de la economía, incluyendo la demanda de bienes y servicios en otros sectores. El sector cuenta con 165 000 empleos, de los cuales 28 000 se dedican a la gestión de activos de clientes en el extranjero. Sorprende mucho saber qué pocas personas se necesitan para ocuparse de dos billones de dólares de capital extranjero. En los sectores energético, sanitario y manufacturero trabajan muchas más personas que esas 165 000 que hay en el sector bancario.

Mientras tanto, los vientos de cambio, en forma de nuevos sistemas de intercambio de información entre las autoridades fiscales suizas y sus homólogas extranjeras, soplan fuerte como para hacer desaparecer la evasión fiscal transfronteriza tal como la conocemos. Aunque pillar a los multimillonarios siempre resultará muy difícil.

El capítulo para el que he necesitado investigar con mayor profundidad es el relativo a la ayuda prestada por Suiza a los nazis. Hay dos versiones contrapuestas sobre el papel jugado por Suiza en la Segunda Guerra Mundial. Mientras para unos fueron héroes, para otros resultaron villanos. ¿Fueron los suizos los especuladores de Europa vendiendo su alma a cambio del oro nazi, cerraron sus fronteras a los desesperados refugiados judíos o fueron valientes e ingeniosos esquivando el peligro constante en ambos lados? Al igual que en muchos otros países neutrales, los resultados de la guerra fueron accidentados. Aunque en el ámbito anglosajón los fracasos de otros países europeos neutrales u ocupados no se percibieron de la misma manera.

El motivo de que se juzgue a la población suiza con criterios diferentes tal vez se deba a que se interpreta que sacaron mucho provecho de la guerra. Como me dijo el expresidente suizo Pascal Couchepin: "No pagaron su precio en sangre". Y eso es difícil de perdonar.

Buena parte del trabajo duro de este libro lo realicé antes incluso de comenzar a escribirlo, a medida que avanzaba por el largo y lento camino de la integración. En Suiza la palabra integración se utiliza mucho, ya que es una exigencia en el proceso de nacionalización que culminé en 2015, después de llevar 12 años viviendo en el país. Lograr una integración plena me ha permitido ver el país y a sus gentes desde dentro.

Ser inmigrante siempre es estar en desventaja. Incluso siendo privilegiado, con buena educación y perspectivas de trabajo. Empiezas siendo un extranjero, y existe la probabilidad de que siempre lo seas. Esta es una situación humillante. Mientras te instalas en tu nuevo hogar de adopción, es útil ser consciente de la psicología de la relación. Porque eso es lo que los inmigrantes están construyendo: una nueva relación con un nuevo lugar. Y un final feliz nunca está garantizado.

Porque en Suiza hay muchos inmigrantes (uno de cada cuatro), residentes de corta duración que van y vienen continuamente. Muchas personas se han embarcado en esa relación con Suiza. Con mayor y menor grado de éxito. Y todas han acabado con opiniones claras sobre el país, algunas de las cuales, desafortunadamente, pueden resumirse en: Suiza es genial; lástima de suizos.

Votaciones que imponen condiciones estrictas a los extranjeros, como la prohibición de construir minaretes (en 2009) o el referéndum para limitar la inmigración de la Unión Europea (en 2014) no construyen puentes entre los suizos y sus vecinos y compañeros de trabajo extranjeros. Sin embargo, con una proporción de extranjeros mucho mayor que en cualquier otro país europeo (a excepción de Luxemburgo), en Suiza hay muy pocos conflictos sociales.

En asuntos del corazón, los suizos están plenamente a favor de la integración. Uno de cada tres matrimonios es entre un ciudadano suizo y otro extranjero. ¡Si excluimos los matrimonios en los que ambos cónyuges son extranjeros, la mitad de los suizos que se casan lo hace con un extranjero! Esas parejas de fuera –yo incluida– tienen acceso a la vida suiza. Y cuando se trata del espíritu suizo, somos un grupo bien informado.

Para ser un lugar tan pequeño, los mitos y estereotipos sobre Suiza abundan. Pero detrás de esos mitos están sucediendo acontecimientos realmente interesantes: promesas sobre energía limpia, negociaciones sobre Oriente Medio, soluciones viables para el desempleo juvenil. El experimento suizo de la autodeterminación ha alcanzado un momento históricamente difícil, ya que el país está en la cuerda floja entre la cooperación política y la conformidad en un continente desunido. Espero poder ofrecer mi modesta contribución en pro de una mejor comprensión de la población suiza. Y es que un poco de comprensión se puede llegar lejos.

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Traducción del inglés: Lupe Calvo


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