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"Si me han de matar mañana...

Ofrenda de Muertos en homenaje a Amparo Ochoa.

(swissinfo.ch)

... que me maten de una vez". De "La Valentina", canto revolucionario, la frase encierra una historia de encuentros y desencuentros del mexicano con la muerte.

En Berna, este dos de noviembre, la comunidad mexicana asistió a su cita anual con una de las más arraigadas y profundas de sus tradiciones: la celebración del Día de Muertos.

Fiesta pagano-religiosa en la que perviven, en perfecta manifestación sincrética, siglo tras siglo, la riqueza indígena de esa nación latinoamericana con su legado hispánico.

La Asociación de Mexicanos (Amex) en Berna, junto con el Círculo de Amigos de España, Portugal e Iberoamérica, organizó el viernes pasado una "Celebración efímera para una realidad eterna", una tradición mexicana que, a decir de los anfitriones:

"(...) hace aflorar los más íntimos anhelos de volver a estar 'de nuevo' con quienes en vida fueron nuestros seres queridos y emprendieron el viaje a la eternidad".

El encuentro de Berna reunió a un amplio público entre sí y con sus nostalgias. Recuerdos que afloraron entre el aroma del zempasúchitl y de los tamalitos, entre el papel picado y las calaveritas de azúcar, en el deleite del pan muerto y del ponche de frutas.

La Ofrenda de Muertos, en el Kafigturm de Berna, estuvo dedicada a la cantante mexicana Amparo Ochoa (1946-1994). Explicó Julia Betschart, de la organización del evento, que el afán de la artista en difundir la música vernácula de su país, a despecho de intereses comerciales, merecía rescatar su recuerdo para mostrarlo a propios y ajenos.

Además del altar en memoria de la pregonera sinaloense, la Amex y el Círculo de iberoamericanos regalaron a sus convidados con la grata presencia musical de María Eugenia Huerta, y sus añoranzas hechas canción, y la expresión plástica de Ricardo Trigos.

Las obras de ese joven artista mexicano han viajado por la geografía de su país y por Alemania y Suiza.

En esta ocasión sus litografías se inspiraron en la obra del maestro Guadalupe Posadas, cuyas catrinas calaveras son indisociables de la representación mexicana de la muerte, esa dama huesuda a la que el mexicano sienta en su mesa y corteja en una mezcla milenaria de temor e irreverencia.


Marcela Aguila Rubín

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