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Alberto Giacometti o el empeño por reproducir la realidad

Alberto Giacometti fotografiado en Zúrich en el año 1962.

(Keystone)

"¿Cómo hablar de pintura hoy día? Sólo la vida me interesa." Lo escribía Alberto Giacometti, el escultor y pintor suizo nacido hace cien años en el Valle Bregaglia, en el cantón de los Grisones. Se convirtió en uno de los artistas más importantes del siglo XX por haber intentado representar únicamente lo que veía, sin prejuicios ni compromisos.

Alberto Giacometti nace el 10 de octubre de 1901 en Borgonovo, en el Valle Bregaglia, hijo del pintor Giovanni y de Annetta, nacida en Stampa. Desde una temprana edad comienza a dibujar, a esculpir, demostrando pronto su talento. Su familia lo apoya.

Después de algunos años en el Liceo evangélico de Schiers, en el cantón de los Grisones, decide cursar estudios de arte, primero en Ginebra, luego en París.

París: su segunda patria

La capital francesa se convierte en su patria de adopción, aunque Giacometti guarda unos estrechos vínculos con su familia - especialmente con su madre - y con su valle. Regresa regularmente a Stampa, el pueblo al que se trasladaron sus padres pocos años después de su nacimiento.

En París pronto establece contacto con los principales artistas e intelectuales de la época. Experimenta con el cubismo, se aproxima durante algunos años al surrealismo, hasta que en los años 30 vuelve a descubrir la figura, sobre todo la figura humana. En realidad nunca dejó completamente de interesarse por las personas y las cosas que lo rodeaban, buscando sin cese representar la realidad.

Siguen años de intensa búsqueda artística. Entre 1937 y 1947, hace esculturas cada vez más diminutas, tanto que algunas caben en una caja de cerillas. Luego sus esculturas vuelven a crecer, pero siguen siendo gráciles, filiformes, desencarnadas. De esa época datan las figuras más famosas de Giacometti, entre ellas "El hombre que marcha". Sucesivamente las figuras recobran volumen, materialidad. Y, paralelamente, nacen cuadros, dibujos, escritos.

A mediados de los años 50, Giacometti ya es un artista famoso. Sus obras se exponen en Europa y en Estados Unidos. El no le da importancia. Sigue viviendo y trabajando en su pequeño y polvoroso taller parisino de la Rue Hyppolite Maindron.

A principio de los años sesenta, su salud comienza a resentirse de la vida irregular, de los excesivos compromisos, tal vez de la excesiva celebridad. Y a fines de 1965 Giacometti es ingresado en el hospital de Coira, capital de los Grisones, donde muere el 11 de enero de 1966. Pocos días después es enterrado en Borgonovo, su pueblo natal.

"Lo que veo me preocupa"

"Mi deseo es reproducir con la mayor exactitud posible mi visión de las cosas", decía Alberto Giacometti ante los micrófonos de la radio suiza de expresión italiana en 1956. Ni más, ni menos.

"Giacometti trabaja sobre la figura y trata de poner en primer plano lo que ve, eliminando cada 'a priori', cada imagen preconstruida. Retoma en esencia la lección de Cézanne, quien decía que hay que reproducir lo que vemos y olvidando todo lo que se dijo o hizo antes de nosotros", explica el historiador del arte Jean Soldini.

Es una preocupación constante en la trayectoria artística de Giacometti, desde las esculturas minúsculas de los años treinta y cuarenta, hasta la fase de madurez. Y en algún modo se supedita ya a la fase surrealista, pese a la aparente ruptura formal que se produce en la obra del artista alrededor de 1934.

La vida en su apariencia, la vida por la que Giacometti siente una formidable pasión, es el motor de su trabajo, de su incesante lucha con la materia - creta, yeso o color - para extraer de ella una imagen próxima a la realidad que ve.

Andrea Tognina


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