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El lenguaje de las perlas

Un elegante gorro confeccionado con perlas de cristal. stadt-zürich.ch

Durante siglos las perlas de cristal fueron un valioso objeto de intercambio. Para los indígenas nativos de Norteamérica representaban una extraordinaria riqueza, cuyo brillo poseía una fuerza sobrenatural. Era el regalo que los dioses habían ofrecido a los hombres.

Este contenido fue publicado el 31 mayo 2010 - 08:48

Una muestra en el Museo NONAM, de Zúrich, dedicado a difundir el arte y la cultura de los indígenas de Norteamérica, revela el valor histórico y social de este precioso material.

Desde el siglo XIV la manufactura de perlas había tenido un desarrollo considerable en el ducado de Venecia. Pero no fue sino hasta más tarde, en el siglo XVIII, que el impulso alcanzado en la región de Bohemia fue notable, gracias a la alta calidad de sus cristales y a la variedad de formas y colores con las que se producían estas maravillosas ‘lágrimas de los dioses’, como también las llamaban los indios de Norteamérica.

Por todas partes del mundo las perlas eran ampliamente solicitadas. Entre los cristianos eran indispensables para la creación de los rosarios, los musulmanes las requerían para hacer las bandas de cuentas que utilizaban en sus plegarias, y en los países africanos simplemente servían como joyas y adornos personales.

De este modo, los exploradores y comerciantes europeos que viajaban por las vastas praderas de los Grandes Lagos, llegando al norte de Canadá hasta la desembocadura del río Mackenzie en el océano Glacial Ártico, llevaban en su equipaje, al lado de herramientas, telas de lana, tabaco y armas de fuego, perlas de cristal que los indígenas intercambiaban por pieles de animales y caballos.

Vestidos, joyas e identidad

Entre los nativos de América del Norte la vestimenta y el calzado no sólo eran importantes para proteger al cuerpo de las inclemencias del tiempo, sino un elemento que identificaba a la persona.

El vestido y los zapatos, por ejemplo, eran como un libro abierto que indicaba la cultura y el estatus social al cual pertenecía el individuo, las actividades que desempeñaba e incluso se sabía a través de ellos el espíritu que lo protegía.

De la misma manera, mujeres adultas y jóvenes tomaban todo el tiempo necesario para adornarse con joyas y así afirmar su carácter y su personalidad. Era, en cierto modo, su tarjeta de presentación.

Originalmente, los indígenas confeccionaban su ropa -ya fuera hecha de tejido o de piel de animal-, pero para embellecer las prendas de vestir les añadían conchas de mar, pelo de alce, púas de puerco espín, caracoles o plumas y dientes de animales.

Más adelante, cuando los indígenas estrecharon sus relaciones con los
europeos, el diseño de vestidos y objetos de uso diario se vio enriquecido con bandas de seda y delicadas aplicaciones bordadas con perlillas de cristal.

Mensajes aún por descifrar

La indumentaria de los nativos norteamericanos que se presenta en esta muestra, es muy variada, pues aparecen desde elegantes gorros hasta mocasines de cuero flexible para bebés y adultos ricamente ornamentados con ‘lágrimas de cristal’.

Asimismo, se exhiben túnicas para hombres, guantes, chalecos, cinturones y vestidos largos para mujeres. Pero también bolsos, estuches para navajas y cuchillos, monederos e incluso portabebés.

La mayoría de los bordados llevan diseños geométricos: círculos, triángulos, rombos o líneas en zigzag. El simbolismo que pudieran guardar estos diseños permanece aún en el misterio, pues hay que entender primeramente el contexto en el que se desarrollaron esas culturas -indios siux, iroqueses, tlingit o cheyennes- para lanzarse a dar una interpretación más concreta.

“Lo que tú misma ves frente a ti, es la verdad”: así respondía una maestra indígena a la pregunta de una de sus discípulas, cuando la cuestionaba sobre el significado de los bordados hechos de perlillas.

El talento divino de las manos femeninas

Fueron las mujeres indias quienes llevaron el bordado a un alto grado de perfección. Se pensaba que este trabajo manual las hacía madurar y de algún modo las preparaba para el matrimonio. En el lenguaje de las perlas que ellas creaban, aparecen frecuentemente el triángulo, símbolo de la montaña, los colores de la tierra y del cielo, el rojo es la sangre, o bien, las líneas intrincadas de la telaraña.

Dentro del marco de la sociedad indígena, esta capacidad de las manos femeninas para hacer toda clase de aplicaciones sobre ropa finamente acabada, era considerada como un don sagrado. Los dioses habían ofrecido ese talento, mismo que se debía proteger y saber conservar.

Cuando los hombres pintaban la historia

En algunas culturas nativas de Norteamérica, pintar era una actividad reservada únicamente a los hombres. Las pinturas aparecían sobre las rocas, la madera, los cuernos o la piel de los animales en las cuales se registraba la historia social y religiosa de la comunidad.

Las escenas que ellos representaban se referían a mitos, leyendas, acontecimientos históricos, acciones heroicas, formas para cortejar a las mujeres, pero también figuraban sus sueños y visiones. En ocasiones, las pinturas cumplían con la misión de informar sobre la ruta de un camino, la cacería o quizás prevenir algún peligro.

La exhibición ‘Los pequeños espíritus - el lenguaje de las perlas’ en el Museo NONAM de Zúrich, termina el 14 de noviembre de 2010.

Araceli Rico, Zúrich, swissinfo.ch

Contexto

El Museo NONAM dedica una exhibición al intercambio de perlas de cristal, que los exploradores y comerciantes europeos hacían con los indígenas de Norteamérica.

Esos viajeros que recorrían las inconmensurables tierras de América del Norte, fueron el primer contacto que los indígenas tuvieron con hombres del Viejo Continente.

La organización social, política y religiosa de los nativos de Norteamérica, se centraba fundamentalmente en la caza del bisonte.

Este animal ofrecía a las comunidades casi todo lo necesario para poder vivir, puesto que de su cuerpo se aprovechaba la carne, la grasa, los dientes, los huesos y la piel indispensable para levantar las famosas tiendas de los indios.

Entre Alaska y Nuevo México vivían cerca de 60 millones de bisontes, considerados por los nativos como un animal sagrado por su extraordinaria fuerza.

Con la Conquista del Oeste, este animal fue prácticamente exterminado hacia 1870 y los indios fueron concentrados en reservas. Se acababa así un mundo sobrenatural, lleno de magia y de espíritus que protegían a los hombres. Hoy sólo subsisten en Norteamérica 350 mil bisontes.

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