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Lausana, trampolín para las promesas de la danza

Las semifinalistas se preparan para salir a escena e intentar pasar a la fase final del concurso.

(Keystone)

Es conocida como sede del Ballet Béjart, pero pocos saben que esta ciudad suiza acoge uno de los concursos de danza más prestigiosos del mundo.

El pasado domingo concluyó la 34 edición del Prix de Lausanne, que año tras año reúne a lo más selecto de la profesión y brinda una oportunidad única a los jóvenes talentos.

Lausana, con sus 120.000 habitantes, nada tiene de metrópoli y, sin embargo, cada año, durante la última semana de enero, se convierte en la meca de la danza.

Esta apacible ciudad suiza, bañada por las aguas del Lago Leman, donde hace 18 años se estableció Maurice Béjart con su ballet, da nombre a uno de los concursos más codiciados del mundo: el Prix de Lausanne.

A la caza de talentos

Fundado en 1973 por el suizo Philippe Braunschweig – antiguo industrial y físico de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich - y su esposa Elvire - una bailarina rusa –, este certamen internacional, destinado a jóvenes bailarines no profesionales, es único en su género.

Los laureados reciben una beca para completar su formación durante un año en una de las mejores escuelas de ballet (concursantes de 15 y 16 años) o realizar prácticas (concursantes de 17 años) en una de las más célebres compañías del mundo.

La misión del Prix de Lausanne es descubrir y servir de trampolín a las jóvenes promesas que quieran labrarse una carrera en el mundo de la danza.

Varias figuras del ballet clásico, a las que el certamen catapultó a lo más alto del éxito, nos deleitan hoy con su arte en los más renombrados escenarios del mundo:

El cubano Carlos Acosta (premiado en 1990) y la rumana Alina Cojocaru (1997), en el Royal Ballet de Londres; el español José Martínez (1987) y la francesa Laetitia Pujol (1992), en el Ballet de la Ópera de París.

El Prix de Lausanne debe su notoriedad también a los grandes protagonistas de la danza que acuden a la cita anual, como miembros del jurado o para asesorar a los concursantes durante la semana del certamen.

En la reciente edición, los jóvenes tuvieron el privilegio de recibir los valiosos consejos de Paola Cantalupo (Ballet de Montecarlo), Megumi Nakamura (ex solista del Nederlands Dans Theater) – ambas ganadoras del Prix en 1977 y 1988, respectivamente - o Monique Loudières (Ópera de París), estrellas que acompañaron a los bailarines durante los ensayos.

Un trampolín a Europa

Desde 1993, el Prix de Lausanne dispone de una representación en Argentina – la cuarta después de Corea, Japón y Rusia – creada para que los bailarines latinoamericanos no queden excluidos de la competición por falta de recursos económicos.

Los candidatos seleccionados en América Latina acuden a la competición "totalmente libres de gastos", explica Cristina Sánchez, responsable del nuevo ente regional del Prix. "De lo contrario, es muy difícil que un joven pueda costear todo lo que significa venir a Lausanne".

Este año, los afortunados fueron la argentina Naike Agostina Oneglia (15 años) y el brasileño Junor de Oliveira Souza (16 años), seleccionados entre un grupo de 19 bailarines del Cono Sur.

"La oportunidad que nos brinda el Prix de Lausanne, a través de la representación en Latinoamérica, es muy, muy importante". Significa que "los jóvenes latinos tengan una puerta abierta en una compañía o una gran escuela internacional, ya sea en América (Estados Unidos) o en Europa".

Cristina Sánchez, coordinadora y presidenta de Danzamérica sabe de lo que habla. Las posibilidades laborales en América Latina son escasas, "hay muy pocas compañías oficiales, en muchas de ellas los bailarines no cobran" y buscan una salida para poder dar el salto a una "compañía en el mundo".

"Y sabemos que en Europa gustan mucho los bailarines latinos, porque tienen mucha apertura en la parte expresiva, son muy apasionados, muy espontáneos y, físicamente, son bailarines muy fuertes".

Sólo que para mejorar sus perspectivas laborales y convertir en realidad el sueño de ingresar algún día en una compañía de renombre, necesitan consolidar y ampliar su formación y ésta "es superior en Europa respecto a América Latina".

Artistas de élite

La carrera de un profesional de la danza es extremadamente dura y requiere muchos sacrificios. El bailarín – hay que decirlo – es un deportista de élite y su cuerpo, al que tanto esfuerzo exige, un instrumento de trabajo que debe cuidar.

Consciente de ello, el Prix de Lausanne otorga un espacio importante a los aspectos de salud y organiza seminarios, por ejemplo, en torno al riesgo de lesiones o la alimentación.

Aunque es obvio que el rendimiento físico depende de una buena dieta, muchos bailarines sufren desórdenes alimenticios y son, por desgracia, uno de los colectivos donde la anorexia es frecuente.

La fuente del problema "está a veces en la presión familiar, en los problemas psicológicos que un niño carga, ya sea desde la infancia o porque está rodeado de maestros y de padres que quizás no son los mejores", sostiene Cristina Sánchez. "Creo que somos los que tenemos que ayudar a que el niño no caiga en este tipo de cosas tan nocivas, como es la anorexia o incluso a veces la droga".

Y es que la trayectoria de un bailarín no es precisamente un camino de rosas. Los contratos en las compañías son pocos, la competencia – mucho más ardua en el caso de las mujeres – es enorme y la carrera muy corta, en una profesión que comienza a una temprana edad y que, en el mejor de los casos, finaliza rondando los cuarenta años.

Además de talento, las claves para triunfar son una disciplina férrea, dedicación absoluta y muchas horas de trabajo. Estos jóvenes necesitan estar arropados, pero no sobreprotegidos, subraya Cristina Sánchez, antigua bailarina del Ballet Oficial de la Provincia de Córdoba hoy volcada en la docencia.

Hay que "proveer al niño una independencia, una formación espiritual fuerte y sólida" para que aprenda a enfrentarse a los escollos que encontrará a lo largo del camino y sepa vencerlos.

"En Latinoamérica, a los 17 años, que es el tope de edad del Prix de Lausanne, los niños son muy de su casa, muy de sus padres", lo que hace que algunos "lleguen acá y se encuentren con la necesidad de ser muy protegidos, ya sea por su maestra o por su mamá", precisa.

"Vamos a tratar de trabajar con las escuelas de Latinoamérica para fortalecer la parte espiritual del niño, sobre todo, la fortaleza que debe tener durante esta semana del Prix".

Competencia oriental

De los seis finalistas premiados en la 34 edición del Prix de Lausanne, cuatro son asiáticos (China, Corea, Japón) y dos del este europeo (Rusia y Ucrania). Son bailarines "muy sólidos, muy trabajadores, con excelentes escuelas", reconoce Cristina Sánchez.

Además de notables aptitudes para el ballet clásico, los asiáticos poseen una capacidad de concentración y una fuerza de voluntad excepcionales, según los expertos, y fruto de ello son los buenos resultados que han obtenido en las últimas ediciones del Prix de Lausanne.

"Sabemos que tenemos una competencia oriental que es muy fuerte", coincide Cristina Sánchez. "Su trabajo es superior en cantidad de horas". Y es que el nivel de los laureados del Prix de Lausanne es asombrosamente alto.

"Ves a artistas increíbles, con técnicas increíbles, y apenas tienen 16 o 17 años", anota. En América Latina "creo que hay una idiosincrasia muy interesante, pero hay que trabajar mucho para poder llegar a un primer premio del Prix y para merecer una beca", concluye.

swissinfo, Belén Couceiro

Segunda parte del reportaje en 'Más sobre el tema': 'Nacidos para bailar' (véase arriba)

Datos clave

Prix de Lausanne 2006:

Los 66 concursantes (50 chicas y 16 varones), de 24 países, presentaron dos variaciones clásicas y una contemporánea.

De los 12 finalistas, 6 ganaron una beca para una de las 24 prestigiosas escuelas y 22 compañías asociadas con el Prix.

A diferencia de otros certámenes, el de Lausana evalúa a los bailarines durante 6 días.

Fundado en 1973, el Prix de Lausanne cuenta con un presupuesto de 2 millones de francos.

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Contexto

El ballet clásico, como manifestación artística, tiene sus orígenes en las cortes europeas. Su tradición es más reciente en Suiza, país de trayectoria republicana.

A diferencia de Rusia, Gran Bretaña y Francia, Suiza no tiene ni un ballet ni una academia de danza nacionales, como el Bolshoi, el Royal Ballet o la Ópera de París.

Sin embargo, hay grandes compañias en territorio helvético: el Ballet Béjart de Lausana, el Ballet de Zúrich, el Ballet de Basilea y el Ballet de Ginebra.

Este año no hubo concursantes helvéticos en el Prix de Lausanne. Dada su escasa población, Suiza produce un gran bailarín cada siete o diez años.

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