Universidades para adultos mayores, espacios de igualdad

Los programas de las U3 comprenden conferencias, talleres, excursiones, visitas a museos o lugares históricos. Seniorenuniversität Bern

Aunque en Suiza la esperanza de vida es de las más altas del mundo, persisten desigualdades con respecto a las personas mayores, en particular en lo que atañe a la formación. Las nueve universidades helvéticas para la tercera edad buscan subsanar ese y otros déficits, pero carecen del apoyo suficiente.

Este contenido fue publicado el 15 julio 2020 - 11:50

“Se da por hecho que cuando una persona llega a la edad de la jubilación ha recibido toda la formación que requiere”, lamenta Pasqualina Perrig-Chiello, presidenta de la Federación Suiza de Universidades de la Tercera Edad (U3). Sin embargo, el aprendizaje es un proceso necesario a lo largo de toda la vida.

“La formación no es solamente una ventaja para disminuir las desigualdades, sino una necesidad para afrontar la vida y mejorar la calidad de vida”, anota.

La irrupción del coronavirus en marzo pasado, por ejemplo, evidenció la importancia de conocer las nuevas tecnologías. Como el resto de las instituciones educativas, las U3 difundieron conferencias por la red, “pero aquellos que no utilizan internet quedaron más solos, más aislados”.

Ahora mismo, las U3 analizan cómo organizar sus programas para el ciclo 2020-2021 sin detrimento de lo que es uno de sus pilares: acceso para todos.

“Regularmente tenemos unos 500 auditores. Con la distancia social tendremos que reducir a 200”, precisa la también directora de la Seniorenuniversität de Berna. “Podemos grabar las conferencias y difundirlas por internet, pero me pesa que los mayores de 75 años, ‘los no digitales’, no puedan verlas”.

Le entristece igualmente la falta de ese espacio de convivencia tan apreciado por sus estudiantes. “La mayoría vienen, sí, porque el tema es interesante, pero también por el contacto, por la participación social”. Además del ejercicio mental: “reflexionan, plantean preguntas, ofrecen su feedback. Por internet no es lo mismo”.

Acceso para todos

La divisa de las universidades suizas para adultos mayores (en Basilea, Berna -con una sección en francés y otra en alemán-, Ginebra, Lucerna, Neuchâtel, Tesino, Vaud y Zúrich) es proporcionar una formación de alta calidad accesible para todo mundo. “No solamente para aquellos que tienen dinero o para los que cuentan con estudios superiores”, puntualiza nuestra interlocutora.

“Instamos a los profesores a que hablen de forma que todos entiendan, sin entrar en detalles que comprendan solamente los que tienen un máster, y pedimos a las personas del público que no teman hacer preguntas. Aquí todo mundo puede participar. No hay élites”.

Los conferencistas son profesores universitarios o figuras públicas y los temas no solamente conciernen asuntos vinculados con la tercera edad, sino también con la cultura en general y la actualidad. “Por ejemplo, para el próximo semestre, en Berna tenemos prevista una charla con el Dr. Daniel Koch”. Cada institución tiene su propio programa, pero entre las nueve hay sinergias.

Las universidades de la tercera edad existen desde hace poco más de cuarenta años en Suiza. La idea era “atender a ese grupo de personas olvidadas con respecto a la formación”, pero aún no cuentan con el apoyo necesario. La errónea consideración de que a los 65 años las personas ya aprendieron todo lo que les es menester se traduce también en la falta de subsidios para las U3, que funcionan solo con el apoyo de las universidades cantonales de las que forman parte, y de las inscripciones.

Un total de 7 805 personas asisten regularmente a los programas de las universidades de séniors en Suiza (que comprenden conferencias, talleres, excursiones, visitas a museos o lugares históricos, pero también pueden participar auditores libres mediante una cuota por evento. En 2019 hubo 21 269. “Sin embargo, con la crisis del coronavirus dejamos de percibir esas entradas”.

Para la profesora Perrig-Chiello, esa falta de reconocimiento a las U3 en el plano político refleja también la falta de un reconocimiento cabal y general de las personas mayores. De entrada, explica, no se trata de un grupo homogéneo del que se pueda hablar como “aquellos de 65 a 95 años”.

“Durante la pandemia, las personas realmente en riesgo eran las de 80 años o más, pero los excluyeron a todos y la sociedad echó en falta a los sexagenarios, que son los que más aportan al trabajo informal”, concluye la especialista.

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