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Histórico, ecológico y único


El “funi que apesta”, un orgullo de Friburgo


Por Ester Unterfinger (fotos), Islah Bakhat (texto y sonido)


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En 116 años, no ha perdido nada de su juventud ni de su encanto. El funicular de Friburgo, clasificado como monumento histórico, carbura con las aguas residuales de la ciudad. Su olor no hace escapar. Por el contrario, despierta la curiosidad de los visitantes y pone de relieve la preocupación ambiental de la ciudadanía local. swissinfo.ch acompañó a un apasionado conductor.

8:45 horas en la estación superior del funicular de Friburgo, que conecta el casco antiguo de la ciudad con la parte baja. Una joya de estilo retro clasificada monumento histórico, de la que los friburgueses se sienten orgullosos. Y tienen de qué, “Es único en Europa… es uno de los pocos que carbura con las aguas residuales gracias a un sistema de contrapesos”, como lo explica en su sitio web la Oficina de Turismo local.

Una ligera niebla oculta apenas el encanto del casco antiguo de la ciudad en esa mañana de verano. Los pasajeros llegan, charlan un poco con el conductor y se instalan en la cabina 1 para iniciar un viaje rápido ciertamente, pero pintoresco.

Abordamos también esta máquina centenaria completamente renovada en 2014. Haremos varios viajes redondos de dos minutos cada uno para saber más acerca de este medio de transporte que fue encargado por la cervecería Cardinal (ahora desaparecida) en 1899. La empresa lo había diseñado para facilitar el ascenso de sus trabajadores, que vivían entonces en la parte baja de la ciudad.

A lo largo de la conversación, la timidez de nuestro piloto, Laurent Verdon desaparece. Con pasión, amabilidad y humor, nos habla de la profesión que ejerce en los Transportes Públicos Friburgueses (TPF) desde 2004. Once años llenos de encuentros y anécdotas. Una pasajera le preguntó una vez si podía cambiarse en su “vestidor”.

E incluso si solamente se requieren tres días de entrenamiento para conducir este funicular, se advierte rápidamente, junto con nuestro conductor, que la experiencia es vertiginosa y el frenado necesita brazos fuertes.

Los intercambios cordiales y amistosos con los viajeros se producen naturalmente. Hay un buen ambiente. Verdon vende billetes, sube las carriolas acompaña hasta el ascensor a los pasajeros en silla de ruedas, saluda al conductor de la cabina de enfrente, conversa con el responsable del pasaje, siempre amble y sonriente. Aquí, la vida es más bien ‘cool’. ¡Huele a vacaciones, más que a aguas residuales!

Fotografía: Ester Unterfinger; texto y sonido Islah Bakhat