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A punto, el Carnaval de Basilea

Color y alegría en las fiestas de Basilea. (www.fasnacht.ch)

Todo está listo para la festividad que cada año reúne a miles de visitantes y que se ha convertido en la más célebre de Suiza.

En efecto, una fiebre benévola ataca a la población de Basilea: la fiebre del carnaval. No discrimina estratos sociales ni edades: contagia a todos.

Para los habitantes de Basilea, este lunes (18.02) empiezan los tres días más bonitos del año. Durante 72 horas el centro de la ciudad se llena de enmascarados, y el sonido de tambores y pífanos resuena en los callejones.

La vida comercial se paraliza por completo. Quien teme el trajín carnavalesco, mejor que busque exilio fuera de Basilea porque dentro no hay escape.

Tradición con raíces medievales

El carnaval de Basilea tal como lo conocemos hoy, nació en 1910, con la fundación del llamado Comité del Carnaval. Sin embargo, existen crónicas antiguas que asientan que su origen es medieval.

Un documento de 1376 menciona la costumbre del 'carnaval malo', celebrado la víspera del miércoles de ceniza. Sin embargo, con la Reforma protestante esa costumbre católica que daba paso a la cuaresma desapareció de muchas regiones suizas.

En 1529 los habitantes de Basilea, ya entonces muy aficionados a las arlequinadas, retrasaron las festividades a la semana siguiente al miércoles de ceniza. De esta manera, el carnaval se deslizó de la vida religiosa y se convirtió en una tradición meramente profana.

Gracias al entusiasmo del régimen gremial, el carnaval sobrevivió durante el siglo XVIII. Si el gobierno no lo impedía, los gremios organizaban cortejos para celebrar la época de las bufonadas.

El 'Morgestraich', famosa e impresionante alborada del Carnaval de Basilea, se realizó por primera vez en 1835. Ya que estaba prohibido marchar con antorchas, los participantes comenzaron a usar linternas de varilla.

Al mismo tiempo surgió la tradición de los copleros. Las coplas burlescas sobre los eventos más destacados del año anterior juegan un papel importante en el Carnaval de Basilea. Sin embargo, hay que dominar bien el dialecto local para entender su agudeza.

Tambores y pífanos

Los aficionados al carnaval se reúnen periódicamente durante todo el año. Atienden, por ejemplo, clases semanales de tambor y pífano para aprender las 200 melodías de marchas carnavalescas.

En otoño, las pandillas escogen el tema que representarán con sus disfraces y máscaras. Aluden sobre todo a eventos locales y nacionales, este año, por ejemplo el fracaso de 'Swissair' y la creación de una nueva compañía aérea.

Empieza también la preparación de las linternas características del 'Morgestraich'. Después del desfile mañanero, las linternas se colocan en la Plaza de la Catedral. Se trata sin duda de la exposición de arte popular más grande de Suiza.

Creatividad sin límites

Las autoridades, aparte de unas pocas medidas policiales, no se involucran en el vaivén bufón. La organización de los cortejos y el financiamiento de las diversas actividades están en manos del comité del carnaval, una asociación independiente.

A diferencia de los carnavales católicos conocidos en el centro de Suiza, la tradición de Basilea se caracteriza por fuertes normas de conducta y una rígida organización.

El verdadero aficionado -el año pasado se contaron más de 12.000 personas disfrazadas- participa en una de las 470 pandillas registradas. Los grupos "salvajes" no son bien vistos en esta ciudad protestante y culta.

La fascinación del Carnaval de Basilea no procede de la locura descontrolada sino de la creatividad propia de los participantes.

Durante tres días, todos -tanto el director de banco como la ama de casa - se dedican a la música y disfrutan de la magia del disfraz.

Franziska Nyffenegger, Basilea


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